DEPORTES › EL IDOLO FUTBOLISTICO QUE VOTO EN CONTRA DE DILMA

El doble discurso del senador Romario

Llegó a la política con una fuerte prédica contra la corrupción de la FIFA y los dirigentes brasileños. Pero su pasado de evasor deja en evidencia que los valores morales escasean en el Congreso.

 Por Gustavo Veiga

El senador Romario se tomó algo más de cinco minutos para justificar su voto a favor del impeachment de Dilma Rousseff. Tosió un par de veces, tomó agua, se mandó algún furcio. Se puso nervioso. Nada que ver con el infalible definidor que fue. Esta vez no estaba ante un arquero indefenso. Enfrente tenía al presidente del Senado Renan Calheiros. Leyó su breve discurso, como apagado y dijo: “Hay indicios de crímenes de responsabilidad cometidos por la presidenta de la República”. No se animó a enfatizarlo como cuando llamó ladrón a Joseph Blatter o a sus pares de la Confederación Brasileña de Fútbol. Detrás de sus conocidas arengas contra la corrupción en la FIFA y la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF) o su labor como congresista, hay un personaje que merece ser retratado. Adentro y afuera de las canchas. Con sus claroscuros y su popularidad intacta. Un goleador fenomenal que nunca se bañó en agua bendita. Ni cuando jugaba, ni desde que llegó a la política para quedarse.

O Baixinho tiene un obvio apodo que le pusieron por su baja estatura, ésa que nunca pareció pesarle a lo largo de 24 años de carrera. Quedó para siempre en la galería de los más grandes futbolistas de la historia. En su país, solo por debajo de Pelé y acaso Garrincha o Ronaldo. Diestro, habilidoso y goleador, en cada freno o quiebre de cintura despatarraba a cuanto defensor se le pusiera enfrente. Presumido como tantos petisos, siempre se ubicó un escalón por encima de Maradona. Aunque no le hacía falta, alimentó la polémica para establecer un ranking mundial o brasileño donde siempre se anotaba en el podio. Se destacó desde que asomó en el Vasco da Gama en 1985 –el club donde más tiempo jugó en cuatro etapas–, Flamengo, el PSV holandés, Barcelona, Valencia, Flamengo y Fluminense y se retiró en el América de Río de Janeiro en noviembre de 2009. Colgó los botines a los 43 años, pero solo para jugar unos pocos minutos en el club del que había sido hincha su padre.

Unos meses después, ya estaba en campaña como candidato a diputado federal. En octubre de 2010, consiguió una banca por el Partido Socialista Brasileño (PSB). Necesitaba 120 mil votos para entrar al parlamento estadual y cosechó 146 mil. Había dejado atrás un título mundial en 1994, más de mil goles de dudosa comprobación estadística –la revista brasileña Placar lo ubicaba en 2007 bastante lejos de aquella cifra–, un título de la Liga española con el Barca, un campeonato brasileño con el Vasco y excursiones furtivas por clubes de Qatar, Estados Unidos y Australia.

Romario también había acumulado en su extensa trayectoria más de una polémica por su escasa predisposición a los entrenamientos, su fama de mujeriego, ave nocturna y desordenado en las cuentas. Siempre admitió sus indiscreciones. Como cuando confesó: “Soy ciento por ciento infiel, me defino como un mujeriego por excelencia y, en mi apogeo de promiscuidad llegué a acostarme con tres mujeres distintas el mismo día”. Son famosas sus escapadas junto a Ronaldo de la concentración con el seleccionado más veces campeón del mundo. “Teníamos una estrategia montada. Salíamos por la parte de atrás del hotel y Romario escalaba el muro primero. En el otro lado, teníamos una escalera preparada y un taxi esperándonos”, contó una vez el otro crack brasileño.

Estas aventuras a lo sumo habrán tenido una penalización deportiva si lo descubrían. Tuvo técnicos como el brasileño Mario Zagallo, el holandés Johan Cruyff y el español Luis Aragonés que intentaron disciplinarlo. Pero Romario igual se metía en problemas. Ese tipo de problemas en que un entrenador no puede hacer demasiado por sus jugadores. Ya era campeón mundial –había logrado el título en Estados Unidos 94, donde además se consagró goleador– y regresó de España para jugar en el Flamengo. Entre los años 1996 y 1997, como se comprobaría varios años después, evadió impuestos mientras estuvo en ese club, el más popular de Brasil. La deuda se acumuló de tal modo que en principio fue condenado a tres años y medio de prisión y a pagar una multa de casi 900 mil dólares. Su apelación le permitió cambiar la pena de cárcel por el compromiso de hacer trabajos comunitarios y una suma sensiblemente menor.

Cuando se conoció el fallo, O Baixinho estaba por retirarse y ya se acercaba a la política. Corría diciembre de 2009. Un año complicado para él por varios motivos. Recibió una orden de desalojo del lujoso departamento que ocupaba con su familia en Barra da Tijuca y que fue rematado en 4,5 millones de dólares. También estuvo un día preso por no pagarle la cuota alimentaria en término a su primera mujer, la ex modelo Mónica Santoro, con quien tuvo dos hijos.

La prédica anticorrupción que reforzó el perfil electoral de Romario como un duro contra la FIFA, la CBF y el gobierno de Dilma, no se compadece demasiado con su historia fiscal. En eso no se diferencia tanto de los diputados y senadores denunciados por recibir retornos (en Brasil se los llama propinas) que consiguieron suspender a la presidenta por seis meses hasta que se vote su destitución o continuación en el cargo.

Es más, sus acusaciones contra Blatter, el francés Michel Platini y los expresidentes de la CBF, Ricardo Teixeira, José María Marín y Marco Polo del Nero, entre otros, son contradictorias con sus elogios a la empresa Traffic, propiedad de uno de los principales implicados en el escándalo de la FIFA, el ex periodista deportivo brasileño José Hawilla. A casi todos les deseó la cárcel menos al último. Del suizo dijo varias veces que era un “ladrón”.

El periodista Marcos Paulo Lima publicó el 29 de mayo de 2015, dos días después de que el FBI detuviera en Suiza a varios dirigentes de la federación internacional, que Romario no sólo había jugado en el club Miami FC, de Hawilla. También reprodujo declaraciones del actual senador al diario Nuevo Herald cuando jugaba en Estados Unidos, en junio de 2006: “No vine aquí por dinero. Ni siquiera quería irme de Río, pero me decidí porque me gusta mucho Miami. Aquí se habla español, el tiempo es bueno y el personal de Traffic Sports es brasileño”.

O Baixinho preside en el Senado la Comisión Parlamentaria de Investigación en el fútbol (CPI) que sigue de cerca las denuncias de corrupción contra dirigentes.

Cuando llegó a la Cámara Alta en octubre de 2014 con el 63,39 por ciento de los votos, o casi cinco millones de electores que lo respaldaron en Río de Janeiro, Romario ya llevaba cuatro años en la política. Mientras su partido el PSB era aliado del PT, comulgaba con Dilma y su gobierno. Después hizo proselitismo con su candidato a presidente, Eduardo Campos, quien murió en un accidente de aviación. A su turno apoyó a la ecologista Marina Silva que quedó afuera de la segunda vuelta en las presidenciales de hace dos años. Hoy admite que podría ser gobernador de Río de Janeiro.

Con su discurso anti FIFA, su aureola intacta de ídolo futbolístico y el apoyo al golpe institucional en Brasil, Romario se mimetizó en un paisaje donde los corruptos pontifican contra la corrupción como si tuvieran las manos limpias.

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Romario se puso un poco tenso cuando tuvo que votar contra Dilma en el Congreso.
 
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