EL MUNDO

“Me arrastré por encima de los restos de los chicos quemados”

Svetlana Kozireva es maestra en la Escuela Número Uno, donde ocurrió la salvaje toma de rehenes entre niños, padres y maestros la semana pasada, en Rusia. Este es su dramático testimonio.

Por Rodrigo Fernández *
Desde Beslán

Svetlana Kozireva, maestra de primaria de 33 años en la Escuela Número Uno de Beslán, se había reintegrado el 1° de septiembre después de dar a luz a Aminá, su segunda hija, y pasar con ella todo el primer año. Ahora que la nena ya tiene 15 meses podía retomar en cuarto grado a sus queridos 27 alumnos, de quienes había sido profesora en primero y segundo. Pero no alcanzó a darles ni una sola clase antes de que comenzara el infierno...
“Tres murieron, una está desaparecida. Tengo miedo de llamar por teléfono a las casas de mis otros alumnos, temo que me digan que murieron”, dice Svetlana, que se salvó de milagro. Recuerda que todos los cursos estaban ya formados en el patio y que iban a comenzar los discursos de inauguración del año escolar, cuando de pronto alguien gritó: “¡Un comando!”. Muchos creyeron que era una broma, pero cuando levantó la cabeza vio cómo de un camión militar comenzaban a saltar los terroristas armados de kalashnikov. Sólo algunos niños atinaron a salir corriendo y escapar, mientras los secuestradores empujaban a los cientos de personas que habían ido a la fiesta del primer día de clases –alumnos, profesores, padres, amigos, curiosos– hacia el interior de la escuela. Svetlana calcula que los rehenes superaban los 1500.
“Los terroristas rompieron las ventanas y la mayoría entramos por ellas; después alguien abrió la puerta del gimnasio y nos empujaron a todos allí. Cada uno se sentó donde pudo. Yo quedé bajo el aro de básquetbol. Al principio había pánico, los niños no se sentaban como les exigían los terroristas y entonces un hombre, un padre de algún alumno, se paró y comenzó a tratar de tranquilizarlos. Pero los terroristas lo mataron a tiros, para asustar a todos, y los niños se sentaron en silencio. Tendieron entonces un cable con explosivos de un aro de básquetbol al otro, y por todo el perímetro de la sala, y un cable pasaba también en el piso por un corredor como de un metro de ancho que abrieron entre los niños adultos que estaban en la sala polideportiva. Todos los explosivos estaban unidos por cables”, recuerda los primeras horas del drama.
Después de que hubieran minado de esa forma el gimnasio, subieron con la directora a la segunda planta, donde estaba su despacho, y comenzaron a tratar de hablar con los dirigentes de la zona. Llamaron al presidente Alexandr Dzasojov, pero nadie contestó el teléfono. Lo mismo con el de Ingushetia, Marat Ziazikov, y así con los otros.
“La directora volvió horrorizada: ‘¿Saben? Nadie responde, nadie quiere entrar en comunicación (con los secuestradores)’. Entonces comenzamos a buscar a Larisa, la esposa de Teimuraz Mansurov (que encabeza el Parlamento local), porque pensábamos que había venido con sus niños, que estudian en el colegio, pero no estaba. Entonces (la directora) llamó a los hijos de Mansurov.”
Svetlana explica que no es que estuvieran entregando a esos niños a los terroristas, pues sabían que no les harían nada. “No tocaban a los niños y a las mujeres tampoco. Cuando ordenaron entregar los teléfonos móviles y no todos lo hicieron, mandaron a dos mujeres suicidas, que llegaron con sus cinturones de explosivos puestos, a que revisaran a las madres. Por cierto, fue la única vez que las vimos, el primer día. Estaban encapuchadas, a diferencia de los hombres, que se descubrieron las caras y llevaban las máscaras a modo de gorro”, dice Svetlana. Llamaron de nuevo a Mansurov, pero nada. Sólo consiguieron hablar con su casa. Fue precisamente después de que no encontraran un interlocutor que los terroristas dejaron de darles agua. Eso ocurrió hacia el final de la primera jornada del secuestro. “Ustedes han declarado una huelga de hambre total hasta que no venga Dzasojov”, les anunciaron. Como se sabe, el presidente norosetio no se atrevió a ir a la escuela, condenándolos así a beber su propia orina y a no probar bocado. Es eso lo que muchos le reprochan hoy y por ello piden su dimisión. Hasta entonces habían traído agua para los niños y algo de comer: unos pocos dátiles, algunos snickers y le habían dado leche en polvo a los bebés, que estaban en una sala contigua. Las madres la disolvían en las palmas de sus manos y se la daban a sus pequeñines.
“Periódicamente se llevaban a los hombres. No todos regresaban, seguro que los ejecutaban. Algunos volvían heridos. Cuando se llevaran a uno con uniforme de policía, pensé: ‘A éste no lo volvemos a ver’, y así fue.”
Svetlana no cree que hubiera primero una explosión en el gimnasio, como dice la versión oficial. “Todo estaba unido por cables. Si explotaba una bomba estallaban todas. Dicen que explotó una en el aro de básquetbol. Pero yo estaba debajo de él, y estoy viva. Y los arcos están enteros. No sé, no entiendo.”
Cuando todo se cubrió de humo y polvo, Svetlana perdió el conocimiento. Cuando volvió en sí vio el infierno. “No había nadie vivo y muchos, muchos niños, yacían bajo los escombros del techo que se desplomó. La segunda explosión seguramente ocurrió desde fuera de la escuela y abrió un boquete. Hacia él me dirigí. Me arrastré a gatas, prácticamente por encima de los restos de los niños quemados. Y sólo veía manos, piernas, cabezas”, dice quebrándose en llanto al rememorar ese horror. Cuando salió por el orificio en la pared, vio que unos 15 o 20 niños corrían; fue en esa dirección mientras oía y veía los disparos: desde las casas contra la escuela y desde el colegio contra todos. No se explica cómo no la alcanzó ninguna bala.

* De El País de Madrid. Especial para Página/12.

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