EL MUNDO

Diario desde el infierno

 Por Robert Fisk *
Desde Beirut

Domingo 23 de julio. Hacia Sidón. Ed Cody encontró un conductor buena onda que maneja a 190 kilómetros por hora llamado Hassan –tiene un Mercedes negro al que llamó “El auto de la muerte” (porque ese será el destino de cualquiera que se cruce en nuestro camino)–. Nos dirigimos por la ruta de la costa y vamos hacia el este a las colinas de Naameh, donde los israelíes acaban de volar un puente. Treinta años atrás, Cody era un corresponsal de Associated Press en Beirut y me enseñó cómo cubrir guerras. “Te subís al auto, conducís a la batalla y averiguás qué están haciendo estos imbéciles”, solía decir.

Lunes 24 de julio. Hacia el sur del Líbano en una caravana humanitaria. Un día soleado, espectacular y con tenues nubes, y luego el ruido de aviones. Miramos hacia el cielo de nuevo. En el medio de un campo de tomates, veo un autobús de Londres. Me volteo hacia el conductor. “¿No es eso un autobús de Londres?”, le pregunto. “Sí, eso es un autobús de Londres.” Lo es. Es un grande, rojo y brillante autobús de dos pisos. En el Valle de la Beeka. En el Líbano. Durante la guerra.

Martes 25 de julio. Merodeo por Marjayoun, el pueblo cristiano atrapado entre dos porciones de territorio de Hezbolá. Este era el cuartel del brutal Ejército del Sur Libanés (ESL), la milicia de Israel, y todavía hay muchos ex hombres del ESL aquí, todos con teléfonos celulares libaneses, pero pocos de ellos, sospecho, con teléfonos israelíes.

Miércoles 26 de julio. Soldados de la ONU indios traen lo que queda de cuatro observadores al hospital de Marjayoun. Todo el día han estado informando que el fuego de artillería israelí se estaba acercando cada vez más a su claramente demarcada posición. Un oficial en el cuartel de la ONU en Naqoura llamó por teléfono a los israelíes 10 veces para advertirles de su falta de puntería, y 10 veces le prometieron que no caerían más proyectiles cerca del puesto de Khiam. Pero los cuatro soldados no huyeron –como seguramente esperaban los israelíes– y por eso ayer por la tarde un avión israelí disparó un misil directamente a su posición de la ONU, destrozando a los cuatro valientes hombres.

Jueves 27 de julio. Me siento con un amigo francés en una pequeña colina, mirando el sur del Líbano al anochecer. A nuestra izquierda, artillería israelí es disparada contra una casa de este lado de Khiam, que después es consumida por el fuego. “Por Dios, espero que no hubiera nadie ahí”, dice mi amigo. Puede que nunca lo sepamos. Nos dirigimos a Nabatea y entonces un avión tira una bomba en el puente en frente de nuestro vehículo. Nos batimos en una rápida retirada de esta desagradable emboscada y regresamos a la seguridad de nuestra pequeña casa de la colina.

Viernes 28 de julio. Suena mi teléfono celular. Un periodista norteamericano está caminando al sur de Tibnin hacia la batalla entre Hezbolá e Israel en Bint Jebel –una sabia precaución porque ahora todos los autos son presas de las águilas israelíes– y ha encontrado dos hombres drusos heridos en la ruta. Uno de ellos no se puede parar. No tiene auto. ¿Puedo ayudar? Estoy a 20 kilómetros. “¿Puedo decirles que serán rescatados?” No les mientas, le digo. Deciles que vas a tratar de ayudarlos. Prometo llamar a la Cruz Roja. Llamo a Hisham Hassan y le digo la posición exacta. Hisham promete llamar al centro de ambulancias de la Cruz Roja de Tibnin. Diez minutos después recibo un mensaje de texto: “La Cruz Roja está en camino”. Angeles del cielo.

Sábado 29 de julio. Me doy una ducha y duermo en mi cama. Recibo un llamado de un periodista turco para hablar del genocidio armenio de 1915 –mucho más serio que esta pequeña guerra–. Después reviso las notas de mi diario de esta semana. Descubro que la claridad en mi letra colapsórápidamente el jueves después del ataque aéreo. Estaba tan asustado que no podía escribir.

* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12. Traducción: Virginia Scardamaglia.

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