EL MUNDO › OPINION

Por el barro y a fondo

 Por Miguel Bein*

Para los amantes del automovilismo nacional y popular, el turismo de carretera de los años ’40 y ’50 marcó una etapa imborrable, no sólo por el fervor que despertó en el público, sino también por las características propias de la época. Equipos reducidos de gente que trabajaban día y noche para poner a punto los autos, que reparaban con alambre cuando no había repuestos y recargaban combustible al costado de la ruta en bidones, pero viajaban a fondo en el asfalto y la tierra con sol o con lluvia.

En este sentido, la gestión de la política económica del gobierno que termina tiene algunos puntos de contacto: negoció la deuda desde posiciones muy duras, asumiendo permanentemente riesgos de ruptura y aceleró la economía a fondo sin tener una certeza respecto del acompañamiento del escenario internacional, en un intento por normalizar en el menor tiempo posible los indicadores sociales. Visto en perspectiva no les fue mal: cinco años de crecimiento consecutivo a un ritmo del 9 por ciento permitieron reducir la tasa de desempleo al 8,1 desde casi una cuarta parte de la población activa en 2002 y mejorar significativamente los ratios de pobreza desde 57,5 por ciento en plena crisis a 23,4 actualmente.

Claro que el contexto internacional acompañó, y cómo. Salvo por las turbulencias financieras vividas por la crisis de hipotecas en Estados Unidos en los últimos cinco meses, la gestión nunca se topó con una mancha de aceite en la ruta. El nuevo patrón de crecimiento mundial, con un impulso creciente de las economías en desarrollo con Asia emergente, Rusia y Europa Central que concentran 50 por ciento de la población mundial y crecen a tasas del 9 por ciento –las famosas tasas chinas–, y la debilidad del dólar en el mundo, produjeron una reversión notable de los términos del intercambio favorable a nuestras economías. Precios de commodities que casi duplican al promedio de los ’90, junto con la decisión de mantener un tipo de cambio depreciado y una expansión de la frontera agrícola, permitieron a la Argentina sostener un elevado superávit de las cuentas externas aun luego de cinco años de crecimiento, algo inédito en casi 70 años de historia. Dicho de otra forma, la tradicional escasez de divisas que caracterizó a la industria vía mayores importaciones de insumos y bienes de capital, que generaba los tradicionales ciclos de stop and go, hoy es abastecida por la nueva agricultura y por un extraordinario superávit de comercio en varios sectores no tradicionales (minería, turismo, vino, lácteos, etcétera). Esto es precisamente lo que está sosteniendo este ciclo largo de crecimiento.

Esta trayectoria no es patrimonio nuestro únicamente. Un vistazo a las economías de los países vecinos muestra situaciones similares: la región en su conjunto crece a tasas altas con superávit externo. Esta dinámica de las cuentas externas, sumada a la elevada liquidez mundial que prevaleció en un mundo con tasas bajas, generó una presión significativa a la valorarización de las monedas locales, y en este aspecto las estrategias utilizadas fueron bien diferentes. Mientras países como Brasil, Perú y Colombia priorizaron el combate a la inflación y dejaron apreciar sus monedas (en los últimos tres años el dólar pasó de 3 reales a 1,7, de 3,6 soles a 3 y de 2800 a 2200 pesos colombianos), Argentina se esforzó por preservar la competitividad del tipo de cambio real. El costo se traduce en una tasa de inflación mayor a la internacional derivada de la decisión de que el ajuste de tipo de cambio real se produzca vía precios, trayectoria que se acelera en una economía en donde la demanda viaja más rápido que la oferta y donde la puja entre precios y salarios se acrecienta.

La estrategia de sostener un tipo de cambio alto permitió el reestablecimiento y el posterior fortalecimiento del superávit fiscal vía cobro de retenciones, pero al mismo tiempo contribuyó a reducir rápidamente las tasas de interés internas que acompañaron la recuperación del sistema financiero poscrisis e impulsaron la demanda agregada. A su vez, la elevada tasa de rentabilidad de la economía en varios sectores estimulada por la devaluación de los costos internos y también por la trayectoria internacional de los términos del intercambio motorizó el crecimiento de la inversión en los últimos años.

La fortaleza fiscal en una economía sin crédito externo como la Argentina posdefault era un requisito indispensable. Sin embargo, y aun cuando el superávit fiscal fue siempre desde el discurso uno de los objetivos básicos de la gestión, en 2007 la dinámica electoral primó más sobre las decisiones de gasto, licuando parte de este fundamento (el superávit primario neto de transferencias de las AFJP cayó desde 3,5 por ciento del PIB en 2006 a 2,3 en 2007) justo en el momento en que aparecía la mancha de aceite en la ruta generada por la crisis de las hipotecas en Estados Unidos. La consecuencia fue una suba en las tasas de interés, que encareció el financiamiento del propio sector público, pero también el del resto de la economía. De aquí la importancia de reestablecer el superávit fiscal lo más rápido posible, objetivo en el que se encuadra la reciente suba en las retenciones, que aportaría un punto del PIB al superávit fiscal de 2008.

Los desafíos hacia delante están centrados básicamente en tres cuestiones: la trayectoria fiscal efectiva en 2008 y su impacto sobre la economía real; la dinámica que tome la puja distributiva, indispensable para generar un escenario descendente de la tasa de inflación en un contexto donde los precios se aceleraron, y finalmente la rapidez con que la oferta energética se adapte al crecimiento de la economía. Si bien con precios de los commodities en niveles record las perspectivas siguen siendo buenas y la economía volvería a crecer 7 por ciento en 2008, las necesidades de la etapa que viene van a requerir un manejo más fino, tanto de la política como de la economía que el necesario hasta ahora para llevar la economía al pleno empleo. El nuevo equipo debería adoptar hacia delante la organización y métodos de trabajo más propios de la Fórmula 1 que del glorioso turismo carretera de los años 50.

* Economista y director de Estudio Bein & Asociados.

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