EL PAíS › OPINION

Crónica de la era del pingüino

El ciclo del presidente inesperado. Un vistazo al año 2004, el del cielo y los avisos. Lo que creció, su lectura del poder y la legitimidad. Las vigas de su política económica, su visión del consumo. Y un saldo abierto al debate.

 Por Mario Wainfeld

Se está yendo sin que lo hubieran echado y, contrariando al refrán, es muy improbable que vuelva sin que lo llamen. O que vuelva, tout court, al más alto sitial a que puede aspirar un argentino, el de representar a todos, por elección democrática. Llegó en un contexto angustiante, parte en uno más estimulante. Construyó poder político, incrementó la esfera de intervención estatal, pergeñó una mayoría parlamentaria bastante propia, acumuló reservas que casi satisfacen sus propias (exigentes) marcas. Era un personaje de reparto, cuasi ignoto, cuando se lo eligió presidente, ahora es la figura más potente de la política autóctona, a punto tal de que suele magnificarse su real poder, desde tiendas ajenas y propias.

Durante su gobierno disminuyeron el desempleo y la pobreza extrema, creció el PBI, se multiplicaron las exportaciones, prosperaron las economías regionales, aumentaron la masa de jubilados y sus haberes, en especial los mínimos. Será interminable la discusión acerca de cuánto incidieron las circunstancias internacionales propicias y cuánto se debe a su política económica. En todo caso, deja un país mejor que el que recibió. Bosquejar un panorama de la gestión de Néstor Kirchner es una tarea ya trillada, sobre la que todos tienen acumulados prejuicios y conclusiones duros de mutar y sobre la cual existen demasiados lugares comunes. Igualmente, ahí va.

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En el principio fue todo: En la visión de Eric Hobsbawm el siglo XX duró bastante menos de cien años. Se lo podría parafrasear, comentando que el primer año de Kirchner, el mejor e inigualado, no llegó a durar once meses. Se prolongó desde su asunción el 25 de mayo de 2003 hasta el 1º de abril de 2004, fecha que marcó el clímax público del entonces ingeniero y líder de masas Juan Carlos Blumberg.

En ese año corto, Kirchner marcó las líneas directrices de su gobierno, obrando las mayores transgresiones e innovaciones de su mandato. Sería injusto decir que las contradijo luego, es un hecho que frenó su élan y que no agregó muchas más. En once meses revolucionó hábitos y códigos de la política argentina.

Sentó en el banquillo a la Corte Suprema y la renovó con un desparpajo y creatividad inimaginables. Ninguno de sus compañeros peronistas hubiera soñado enrocar a Julio Nazareno por Eugenio Raúl Zaffaroni. ¿Cuántos dirigentes (¿ninguno de primer nivel?) del Frente Grande, donde alguna vez militó Zaffaroni, se hubieran atrevido? Seguir con Carmen Argibay y completar la nómina con juristas ajenos a los partidos tradicionales redondearon un cambio institucional formidable y raigal.

Sustraer el PAMI a la conducción de compañeros o correligionarios fue otra invención, jamás explorada previamente. Graciela Ocaña fue una apuesta única, a contramano de todo saber acumulado previo, una señal precisa. Su desempeño corroboró la intuición presidencial, que clavó otra pica en Flandes.

La política de derechos humanos fue otro hito fundacional del período. El Gobierno se puso a la cabeza de la lucha contra la impunidad, no por haber sido pionero en plantearla sino por aplicar todos sus recursos para garantizarla. Kirchner fue mucho más a fondo en su praxis que en sus discursos (y trayectoria) previos. Suele remarcarse una contradicción, que la hay, aunque suele escatimarse el mérito de mejorar cuando se tiene el poder, contrariando la gaya ciencia del teorema de Baglini.

Ninguno de esos vectores estaba escrito con antelación. Todos contradecían el abecé de la política práctica, eran piantavotos, polarizaban de mal modo, generaban tempestades adversas. Ninguno era gratis, efectivamente, le granjearon oposiciones furiosas y crispadas, agresiones, la desaparición de Julio Jorge López.

El poder político, el del Estado, la esfera pública se incrementaron adrede desde 2003, fenómeno no neutral que cada uno valorará según su visión ideológica o sus intereses. Es baladí inferir que ese es, meramente, el “poder de Kirchner”. Puede serlo también de próximos mandatarios, en detrimento del señoraje previo de los poderes fácticos.

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Cambia, todo cambia: Esas primicias perduraron pero también amenguó el ímpetu respectivo. Otras reglas se implantaron para cuatro años y medio, en seguidilla vertiginosa. En primer rango, las vigas de la política económica, retenciones incluidas.

La agenda presidencial cambió, el acceso al despacho del presidente (habitual para lobbies y poderes no democráticos surtidos) se hizo esquivo. Para muchas corporaciones fue una novedad infausta y, en parte, incomprensible. Esa cerrazón fue parte de un combo tendiente a restaurar la magnitud de la autoridad política, a reestablecer un nivel jerárquico malversado por anteriores presidentes. Le tomó años pero domesticó los bríos de los factores de poder, los habituó a templar sus demandas, a tolerar nuevos ritos y desaires en Palacio.

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El challenger inesperado: Desafiaba todo savoir faire, relegaba a su partido, “abría demasiados frentes” decían voces variopintas, mayoritarias en el ágora. Según él, corría contra reloj: arrancaba del subsuelo, le faltaban tiempo, recursos económicos, poder. Jugó doble contra sencillo en ese año augural, aprovechando y acentuando la falta de oposición política consistente.

Quizá tocó el cielo (o un techo) el 24 de marzo de 2004, cuando ordenó descolgar el cuadro de Videla, cuando reabrió la ESMA, cuando confió la organización de un acto masivo a los organismos de derechos humanos. Ese día, inolvidable y en parte olvidado, representantes de los organismos vetaron exitosamente la presencia de unos cuantos gobernadores peronistas. Eran la pintura transitoria de una opción, de una correlación de fuerzas.

Ocho días después, Blumberg llenó la Plaza del Congreso. El azar (o, mejor, la contingencia histórica) proveyó al paladín. La necesidad de las derechas social, mediática y política de achicar distancias hizo el resto. El padre doliente, usando como un yudoca símbolos y recursos de otros familiares, hizo salir de sus hogares a decenas de miles de opositores dispersos, enfadados, ávidos de ganar la calle.

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El Presidente lo vivió como la mayor amenaza durante todo su gobierno. Siempre se creyó (y supo ser) más fuerte que los partidos opositores o que el duhaldismo, cuando pintó enfrentarlo. Siempre se creyó suficiente para pulsear con el FMI. En sus albores (en especial a fin de 2003) caviló acerca de ser más duro con las movilizaciones piqueteras, pero morigeró algún ramalazo de bronca perseverante en su certeza: esa presencia debía contenerse con paciencia, sin reprimir, tratando de sumar algunos líderes, negociando con otros, confiando en que el devenir económico iría reduciendo el número y la combatividad de su base social.

La presencia de una clase media soliviantada, antipolítica, congregada por una bandera monocroma (la seguridad) lo mortificó muchísimo más. Seguramente sintió la acechanza de las cacerolas, del “que se vayan todos”. Retrocedió frente a Blumberg como no lo hizo con nadie. Consintió una vergonzosa reforma penal, a contrapelo del garantismo de su mensaje, de sus nombramientos en la Corte. Lo recibió, le prodigó beneficios, desplegó un abanico de acciones intrincado y sutil lo que no expresa la profundidad de sus acuerdos sino las precauciones que tomaba. Lo fue neutralizando hasta reducirlo a la consunción, concediéndole a veces, probando que maneja (cuando cuadra) las prescripciones del manual de la política para frenar a un adversario fuerte. Esa bolilla ineludible que tanto le enfada repasar.

El segundo aviso ocurrió a fines del año calendario 2004, fue la tragedia de Cromañón.

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Jaque a la transversalidad: La Casa Rosada no tabuló con presteza la potencialidad de los reclamos de los familiares de las víctimas. Laderos poco perspicaces indujeron al Presidente a subestimar su impacto político, que tardaron en registrar. A despecho de esas anteojeras, Kirchner intuyó desde el primer día que otra vez asomaban las minorías intensas, la movida callejera porteña, esa hidra de mil cabezas imprevisible y brutal.

Desplegó un activismo enorme con las víctimas, sin parangón conocido en el pasado. Con el correr de los meses se vería que otro suceso inesperado, como la emergencia de Blumberg, le alteraba la agenda mucho más que otros más gigantes y más esperables.

En el cuerpo de su aliado Aníbal Ibarra (a quien le había dado una mano formidable para ganar su reelección frente a Mauricio Macri) escarmentó lo que es atravesar una crisis política sin partido propio. Jamás estuvo tan inerme como el jefe de Gobierno frepasista pero aprendiendo de su caída, tomó nota de cuán necesarios eran los aliados políticos convencionales, con peso institucional. Cromañón tronchó buena parte del proyecto de la transversalidad, sacó de la cancha a su principal aliado, a quien bien podría haber sido candidato a vicepresidente en 2007.

Pero, antes que nada, mostró otra vez en la calle a una oposición virtual, proteica, dura de domar. Una acechanza a la gobernabilidad que necesitaba para reconstruir, día tras día, su legitimidad de ejercicio.

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Sencillo pero emotivo: Su plan económico fue en sustancia sencillo, basado en un trípode compuesto por la negociación de la deuda externa, la paridad cambiaria competitiva necesaria para un modelo exportador, la obra pública. Lo demás fueron detalles, aditamentos o correcciones para consolidar ese rumbo bien K, simple, sensato, contundente, bichoco a los matices.

Su programa reversionó la frase de Eduardo Duhalde: la Argentina está condenada a exportar mucho. Lo instrumentó con decisión en la negociación con el FMI y lo condimentó con ingredientes que no están en cualquier recetario: una pulsión por las actividades mano de obra intensivas, por la industrialización y una incitación fervorosa al consumo. El consumo masivo, transclasista, fue un pilar del consenso creciente que logró el Presidente. Concebido como instrumento de cohesión social y de reparación de un pasado reciente de privaciones y dolores, amén de un émbolo neokeynesiano. He ahí una de sus semejanzas más marcadas con el primer peronismo y una de sus diferencias con potenciales compañeros de ruta: imagina la construcción del capitalismo pari passu con la satisfacción de necesidades de la población y no como un estadio previo, precedente en el tiempo.

La gobernabilidad consolidaría las variables macro y sus derivaciones micro: agigantaría el superávit homérico tanto como la venta de electrodomésticos o el turismo interno. Entre la solidez fiscal y los records de ventas de televisores o aparatos de aire acondicionado existen vasos comunicantes que Kirchner revela en cualquier discurso sin necesitar ni tres párrafos.

Para llegar a ese cometido eran necesarios tiempo y gobernabilidad, dos caras de una misma moneda. En 2005 y 2006 se cimentarían ambos y se decidiría todo el rumbo futuro: contar con el apoyo sólido del peronismo y la CGT, derrotar a Duhalde, catapultar a Cristina Fernández de Kirchner. Lo demás, vendría por añadidura.

Esa alianza firme robustecería el poder, pavimentaría el camino elegido y tendría contrapartidas, restricciones, poderes compartidos, un freno al desborde imaginativo del primer año.

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Qué grande sos: Ningún líder peronista cuestionó tanto al PJ, ninguno se esmeró tanto para no presidirlo. Pero, antes de llegar a la mitad de su camino definió que sólo la presencia de la dirigencia sindical y territorial justicialista podía garantizar la pax romana necesaria para proveer trabajo y prosperidad. Derrotar a Duhalde e indultar a los duhaldistas residuales venía en combo con novedades en el trato y en el simbolismo. Ya mencionamos el acto de marzo de 2004 en la ESMA, dominado por los organismos de derechos humanos. Ese 25 de mayo, en la Plaza, hubo un recital de música popular, muy en línea con los gustos de las clases medias progres o nac & pops. Un acto para “gente” no encuadrada, no para militancias convencionales. El 25 de mayo de 2006 fue muy otra la escena frente a la Casa Rosada: una alquimia que combinaba a los movimientos de desocupados, la base social del conurbano, los sindicatos. En los palcos, los gobernadores y las primeras figuras de la lucha por los derechos humanos. Esa rotación no es fortuita, expresa un cambio de sustancia. El director teatral Alberto Ure escribió tiempo ha que “en los actos escolares se aprende más que en los libros de historia y por eso precisamente se hacen”. La liturgia expresaba un nuevo dogma.

La gobernabilidad impuso restricciones mutuas, canjes y un freno (jamás absoluto) a la busca de innovación política. Desde el triunfo de Cristina en Buenos Aires se maquinó un armado en pro de su candidatura presidencial, elevada a contradicción principal. Los desempeños en provincias o comunas se signaron como contradicciones secundarias. Como describe el blog Revolución en tinta limón Kirchner sigue haciendo “foquismo” en las listas. Brotaron aquí y acullá cien flores silvestres, libradas a su propia suerte a despecho de alguna manito o algún pesito. En 2007, los operadores oficiales (adivinen quién es el principal) acertaron en lo básico, la sumatoria para la presidenta, pero pifiaron bastante en las tácticas territoriales y la prognosis. Desvalorizaron las chances de Luis Juez o del Barba Gutiérrez, en una maqueta de lo que suele ser el estilo K: consistencia general, pobre sintonía fina.

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Reflejos: Comanda un grupo político pequeño, compacto y coherente cuyos contados integrantes están cortados con la misma tijera, matriz que incluye una desconfianza casi universal. Se unieron en la Patagonia, pero sólo Kirchner es nacido y criado allá, descendiente de suizos y chilenos, un hombre de pago chico, pingüino por donde se lo mire. Esa procedencia ayudaría a explicar sus dificultades para “armar” política en otras latitudes, tributarias de otros códigos, una de las faltantes básicas de su cuatrienio. También su malestar ante los debates públicos, su recelo ante la polémica, su entuerto vibrante con los “capitalinos”.

Eso sí, jamás fue distraído o negligente ante los embates de la opinión pública. Registra veloz todo cambio de escenario, así le sea infausto. Y sabe que la circunstancia pasada no se puede restaurar, que hay que amoldarse a un nuevo horizonte, salir hacia delante. Sus reflejos son inmediatos, hacer algo, replicar, proponer un eje diferente: frente a Blumberg, a la protesta de Cromañón, a la derrota de la Constituyente en Misiones, “estoy líquido” dice para significar que cuenta con recursos materiales que, como el agua, pueden amoldarse al cauce que se le proponga.

La réplica de volea traduce su imaginario: según él siempre acamaló poco poder, siempre tuvo en jaque su legitimidad. Su poderómetro y su legitimómetro funcionan 24x24, on line, tienen unidades de valor peculiares, jamás llega a un punto tranquilizador. La legitimidad se convalida día por día, minga de esperar a las rutinas electorales. En este Sur, los gobiernos caen por cien motivos, el que se acurruca en los votos y desdeña el día a día, va solito al helicóptero, esa imagen de Fernando de la Rúa que está inscripta en la página uno de su breviario.

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En esta región, igual que el ombú: Se le atribuye que tuvo de su lado la fortuna. Contar con un vecino como Lula da Silva fortifica el diagnóstico. Brasil fue el aliado estratégico que, sensatamente, eligió el presidente argentino que se va. La mejor relación bilateral de la historia encontró un cointérprete insuperable. Tardó en percatarse de sus virtudes, concediendo demasiado a prejuicios y desconfianza. Pero en buena hora entendió lo evidente. También mantuvo relaciones muy buenas (medidas en términos comparativos) con Venezuela, Bolivia, Chile y España. Argentina mantiene relaciones comerciales intensas con el mayor abanico de países y regiones (Mercosur, Chile, China, zona del Nafta, Comunidad Europea) de toda su historia. Para un país que se sindica como “cerrado al mundo” no está tan mal.

El conflicto con Uruguay es la mácula mayor de estos años, una vergüenza compartida. Miradas las fallas desde esta orilla, el Gobierno siempre estuvo a la zaga de los acontecimientos, corriendo de atrás a Botnia, a Uruguay, a los asambleístas. Kirchner nunca internalizó las premisas de la contraparte, ni captó que sus gestos o la praxis del piquete refractan de otro modo, leídos por otra cultura. Se retira colocado en un punto que aborrece: el de no tener barajas en la mano, condenado a la jugada única y a la espera. Se enoja con Tabaré Vázquez y no le faltan motivos, pero fue capaz de volar por encima de la tirria pensando en relaciones futuras, más allá de los dos litigantes que personalizaron hasta el paroxismo un contencioso que no les pertenece.

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Lo público y la política: En estos años se repolitizó la agenda, se reproletarizaron millones de trabajadores. Víctimas del terrorismo de estado de los ‘70 y de la desolación social de los ‘90 recobraron la voz y la capacidad de lucha. La reforma integral del estado espera su tiempo pero, como primer paso necesario, la AFIP y la Anses se rejerarquizaron, automatizaron y ganaron en eficiencia y poder relativo. No son opciones casuales, hablan de prioridades.

La tentativa de destrucción del Indec duplica su gravedad cuando la comete un gobierno que impulsa la recuperación de los bienes públicos. Por incapacidad, por sobreactuar decisionismo sin saber qué hacer se perforó el patrimonio colectivo, un agujero que tomará años zurcir.

La oferta de bienes públicos (el trabajo, bien entendido, es uno de ellos) mejoró de modo exponencial. El saldo podría ser mejor si no se hubieran congelado iniciativas interesantes del mismo gobierno, como fueron Enarsa o el Consejo del Salario. “Kirchner detesta todos los quilombos, salvo los que arma él”, dice un ministro que lo admira. A veces desactiva algunos con su marca de fábrica.

La calidad de los servicios públicos (educación, salud, transporte a la cabeza) es un ítem central de la agenda que soslayó. La reforma fiscal es otro, pero es una de las pocas promesas que retractó y de las que ahora reniega públicamente.

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El saldo del pingüino: Se asemejó bastante a sus pares de la región, aunque las crónicas más vulgarizadas cuenten otra cosa. Se pareció en su obsesión por los equilibrios fiscales, su afán de desendeudamiento, su contienda con los aires noventistas. También en la brutal batalla que le libraron los medios más poderosos de sus respectivos países. Por acá se le achaca “no ser como” Ricardo Lagos. Esos estadistas lo aprecian, hincharon por Cristina en las respectivas elecciones, son sus aliados. Todos somos parientes de nuestros contemporáneos.

En la era del pingüino todo creció, ahora se discute si el crecimiento es sustentable, se le proponen correcciones o frenos. El sistema político es más viable, la situación económico social también, los indicadores están en línea virtuosa. Arrancó desde el fondo del pozo, referencia ineludible, pero se retira al café literario dejando un país mejor rumbeado, aunque muy distante de ser igualitario y, aun, de standards de años atrás.

Las comparaciones son siempre riesgosas y tienen algo de antojadizo. Con esa precaución el cronista estima que el suyo fue el mejor gobierno democrático (los otros no cuentan) desde la primera presidencia de Juan Domingo Perón. No es una marca para el Guinness, porque estas pampas han albergado demasiadas frustraciones y desilusiones pero tampoco es moco de pavo.

Llegan tiempos de más sutileza, de cambios cualitativos, de reformas estatales refinadas. No sólo crecer a tambor batiente, también generar nuevos derechos, mejorar las prestaciones básicas, dignificar la calidad de vida cotidiana de los ciudadanos, elevar los debates, cimentar el pluralismo y la calidad institucional.

Quizá en los próximos años haya que frenar la pelota, tocar hacia atrás, hacerla circular. O, si se prefiere otra metáfora deportiva, de darle eventuales alivios al acelerador y conceder más atención al freno y al embrague. Una sociedad más compleja, con integrantes más altivos que recuperaron su autoestima impondrá nuevas reglas de juego.

Puede que esos no sean sus mejores registros, está programado para meterle para adelante a todo lo que da.

Seguramente lo sabe. Seguramente por eso, como siempre avisó, se va sin que lo hayan echado, convalidado por el voto popular.

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Imagen: AFP
 
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