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León Rozitchner, un aluvión humano

 Por Damián Pierbattisti *

Bajamos juntos por la escalera central de la vieja maternidad de Marcelo T. devenida facultad y te acompañé hasta Azcuénaga. Yo tenía algo más de veinte años y no sabía cómo transmitirte lo que era para mí trabajar en tu cátedra. Intenté hacerlo con el abrazo de la despedida, en aquella esquina vacía por la noche y el frío de agosto que, sin embargo, no alcanzó para mitigar el caluroso entusiasmo con el que me iniciaba en la docencia universitaria.

En nadie la muerte pudo haber sido más disruptiva y absurda. Cualquiera que te haya conocido podrá recordar esa masa de vitalidad y pasión que envolvía cada gesto, cada palabra. Como si en una simple afirmación se resolviese el curso del Universo. Ese vozarrón que parecía provenir del fondo de algo inescrutable no encontraba obstáculo alguno que impidiese llegar al centro mismo de la verdad. Y desde luego ese aproximarse a la verdad todos los jueves a la noche tenía algo que quemaba en las manos, en los ojos, en todo el cuerpo, qué joder.

Nadie salía indemne de esas aulas. Empezando por nosotros mismos y el cristiano Lacan, desde luego. Pero ni los mismísimos Marx y Freud quedaban al margen de ese pensamiento crítico y vibrante, atravesado por una ecuación tan simple como contrastable a simple vista: más se agigantaba cuanto mayor era su apasionamiento. Esa voracidad descarnada por la vida iluminaba cada objeto de la reflexión humana con una pasión tal que volvía imposible concebir al conocimiento como algo desgajado de los afectos más primigenios y estructurantes que nos habitan. Y es precisamente en ese ejercicio pendular por intentar articular lo que de más propio e inmediato tiene el hombre, como ser genérico, con la sociedad a la que pertenece, que se encuentra una de las claves para abordar la prolífica obra de León Rozitchner. Sin embargo, la centralidad de su legado no descansa ni en su profunda originalidad ni en la extraordinaria lucidez para analizar los complejos fenómenos sociales a los que se consagraba, sino en su preocupación por construir un sujeto ético. Una ética de lo humano.

Pasaron los años y ahora el que se iba a París era yo. “Verás que nuestras experiencias serán intercambiables”, me dijiste con un pie en el avión y creo que tenías razón. Difícil encontrar espacio más adecuado que se corresponda con semejante pulsión de vida que esa ciudad y su halo de misterio que nos trascenderá, y a los que nos siguen, y así hasta que no se agote jamás la avidez por alcanzar ese horizonte susceptible de ser alcanzado.

Pasaron ya diecisiete años de aquella noche fría de agosto y no me queda otra que abrazarte con palabras, con estas “perras negras”, como decía tu amigo que descansa en el Cementerio de Montparnasse, mi barrio en nuestra ciudad que no alcanzamos a recorrer juntos. Lo dejaremos para más adelante. “Más allá del tiempo en el tiempo”, como te gustaba decir a vos.

* Sociólogo, investigador (IIGG-Conicet). Ayudante de primera en la cátedra de Rozitchner “La construcción social de la subjetividad” (Sociología-UBA) y en el Programa UBA XXI, entre 1994 y 1997.

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