EL PAíS › OPINION

Los malentendidos de San Vicente

 Por Luis Bruschtein

Los hilos sueltos de un sistema de representación que naufragó en el 2001 obligaron a buscar en el baúl de los recuerdos otros modelos convocantes, con sus kits completos de mística, consignas, simbologías y liturgias. El esfuerzo por sacar a la política del vacío de contenidos al que fue empujada por un modelo que no se aceptaba más que a sí mismo y devoraba los discursos que surgían como alternativa, no es malo en sí mismo. La política vacía, los discursos huecos, profesionalizados, ambiguos, hipócritas y esencialmente cínicos habían alejado al ciudadano de clase media, al trabajador y mucho más a los desocupados y a los jóvenes. La política, que en un momento apasionó a los argentinos, los movilizó tras proyectos, épicas triunfantes o derrotadas y atravesó historias individuales, familiares y sociales, se convirtió en lo detestable, en la peor basura, engaño y corrupción.

Para sacarla de ese marasmo se desempolvaron modelos militantes. Y así se reconstruyeron con mínima creatividad el viejo himno del republicanismo gorila que ve un fascista en cada esquina o se trató de recuperar la épica vibrante de los muchachos setentistas. Y el viejo peronismo, poco resignado a un papel desdibujado en la alianza con el oficialismo, realizó un esfuerzo sobrehumano por reescenificar la gloria de los ríos humanos acunados por la voz de Hugo del Carril y la marcha peronista. Y de repente, la realidad argentina del 2006 parecería resumida en un diálogo entre Américo Ghioldi, la JotaPe de los ’70 y Lorenzo Miguel.

Que se quiera recuperar la memoria histórica, que se quiera encontrar un hilo de continuidad y que se quiera devolver contenidos, propuestas y participación con convicción resulta una necesidad, pero cada uno de esos modelos fueron expresión de un momento, surgieron de realidades concretas. La interpelación a la historia en ese esfuerzo no puede ser la repetición, aunque cada quien se pare en el referente histórico que le parezca. Hay referencia, homenaje, rastros de continuidad, pero es patético interpelar a esta realidad con el discurso de otra.

El intento de homenaje al general Perón en San Vicente parece incrustarse en ese malentendido. Resulta simplista decir que se trató de “lo mismo de siempre”. No solamente por la violencia futbolera, sino por la reacción de la sociedad en general, que hubiera sido muy diferente años atrás. Los vínculos de adhesión son distintos. Nadie puede decir que en Argentina haya pocos peronistas, pero el ciudadano que vota al peronismo se vincula con esa fuerza de una manera distinta. Los restos de Perón, la marchita, toda la liturgia y la simbología tienen otro peso. La sociedad cambió. Las personas de menos de 30 años no conocieron al líder homenajeado. Esos desmanes, donde se destruyeron efectos de Perón, hubieran sido impensables en un acto de las 62 de otras épocas.

Hay un vínculo clientelar en la mayoría de las colectividades políticas que sobreviven tras el 2001. Pero también hay vínculos culturales e identitarios y otros difusamente programáticos o ideológicos. En los últimos veinte años, a los políticos les resultó más fácil recurrir a los vínculos clientelares, prebendas, changas, acomodos y otros beneficios. En el gremialismo, cuyas conducciones son inamovibles, ese esquema se reprodujo, aunque asentado también en la satisfacción de reclamos salariales, laborales y obras sociales. Un afiliado a la UOM, al gremio textil o a los mismos camioneros, vota a sus dirigentes, les renueva eternamente el mandato, pero no tiene la actitud participativa de otras épocas. Entonces aparece el militante rentado, el empleado del gremio, administrativo, chofer, o simplemente el barrabrava para la seguridad o para la banda de bombos y redoblantes. A diferencia del afiliado común, el militante rentado es el más activo en los actos, el que conoce las internas y con quién hay que pelearse. Es una mecánica cristalizada que se justifica a sí misma y se autorreproduce pero que difícilmente pueda legitimarse ante la sociedad. El problema es que, como cualquier movimiento social, el movimiento gremial ahora necesita esa legitimación y para lograrla va a tener que cambiar desde la raíz.

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