EL PAIS › OPINION

Mensaje y discurso

 Por Mario Wainfeld

El mensaje, es consabido, se construye con muchos más elementos que las palabras del discurso. El cónclave justicialista fue en Olivos, Cristina Fernández de Kirchner fue la única oradora, no hubo “mesas” previas ni espacio para reuniones paralelas, la partida fue inmediata con proa a Córdoba, para inaugurar una autopista. La centralidad de la Presidenta fue absoluta, nulas las alusiones a internas o candidaturas, relevante el balance del Gobierno, indicativas las menciones a Juan Domingo Perón y Néstor Kirchner. Cristina Kirchner transmitió que es la conducción política del PJ y dejó relegadas las cuestiones partidarias.

Los consejeros hicieron de público: aplaudieron, asintieron con la cabeza, sonrieron cuando correspondía. Gobernadores, diputados, senadores, dirigentes de la CGT y del Movimiento Evita no se diferenciaron en eso. Hubo una clara jerarquización, tanto que no fue menester subrayarla.

El mensaje, pues, fue que la Presidenta es la autoridad máxima del peronismo. Se explicite o no, sus fuentes de legitimidad son la gestión de gobierno y su viabilidad electoral.

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Dos referentes de autoridad invocó la Presidenta: Perón y Kirchner. Las menciones de Perón son más frecuentes en los últimos años del kirchnerismo que en sus albores. El refranero del tres veces presidente es polisémico o, si se opta por decirlo así, provee material para posturas bien disímiles.

Cristina Kirchner privilegió al Perón del regreso, que se auto describiera con el ingenioso oxímoron “león herbívoro”. Varias frases encuadraron esa etapa, que algunos traducen como síntesis o línea de llegada porque fue la final. El reemplazo del aserto “para un peronista no hay nada mejor que otro peronista” por “para un argentino no hay nada mejor que otro argentino”. La más socarrona “peronistas somos todos”. La oradora escogió una tercera: cuando el General le comentó a “uno bastante gorilón” (sic, de Olivos) que se jactaba de haberse hecho peronista: “Fíjese, yo no lo soy más”. La Presidenta abogó por una alquimia: conservar “la identidad” pero sabiendo sumar a los que piensan distinto. El abecé de la política democrática, tan difícil de deletrear en la cancha, mientras se juega el partido.

Tras repasar los vaivenes de su gobierno, incluyendo los trances más difíciles (el conflicto por las retenciones móviles, la derrota electoral de 2009) Cristina Kirchner alabó la nueva convocatoria de fuerza, en especial “los jóvenes”. Señaló, con razón, que el reflujo de apoyos se venía plasmando desde antes de la muerte de Néstor Kirchner pero que su visibilidad fue patente en su despedida. Comentó que se vieron manifestantes vivando al ex presidente y saludando con el puño cerrado o portando una remera con la imagen del Che Guevara. Esa síntesis le pareció un desafío que es el de contener esos apoyos, sin forzarlos a “cambiar su identidad”. Evitó remisiones a la transversalidad o a la Concertación, dos intentos del kirchnerismo con un sugestivo norte y muchos bemoles de ejecución pero machacó en la necesidad de no encerrarse o abroquelarse.

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A Kirchner, desde su desaparición, suele mentarlo como “él”. En la ocasión retomó el apellido como vocativo, cual hacía antes en sus discursos de campaña. Y también usó “Néstor”, para recordar al compañero que señaló como ejemplo. Recordó luchas compartidas, cómo remontaron derrotas en Santa Cruz y en el escenario nacional. Y asumió su ausencia, un modo elíptico de puntualizar que ahora ella está al mando.

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Enumeró críticas a los medios, a la negativa opositora a aprobar el Presupuesto, a quienes pretenden falsas antinomias entre seguridad y derechos humanos. Serán comidilla de los medios opositores pero insumieron un tiempo breve, distaron de ser el eje del largo discurso y de su mensaje. Sí lo fue, en cambio, la clásica enunciación de “los logros” que adjetivó como “inesperados”. La Asignación Universal por Hijo, las reservas record, el crecimiento de producción y demanda, entre tantos. La Presidenta los fue desgajando con un tono sereno, autorizándose algunas bromas, menos beligerante en el modo que en otras ocasiones, evitando pronunciar nombres propios de sus adversarios. Serena, precisa, autorizándose la emoción recién en los tramos finales cuando volvió a “él”, algo que se ha convertido en un tópico (y un recurso) de su oratoria.

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Expresó que prefiere hablar (o preciarse) de “resultados” y no de “éxitos”. Los éxitos, arguyó son para los artistas, los resultados califican a los gobernantes. Más allá de cuestiones semánticas, los resultados de la gestión se sopesan en las elecciones en las que se gana o se pierde, por lo cual no es muy descaminado asociarlas al éxito. La posibilidad de un éxito (una victoria) electoral, consecuencia factible de los “logros” de siete años, es el sostén más fuerte que tiene la Presidenta para conseguir el aval del variopinto conjunto de compañeros. Ayer “todos” la acompañaron poniéndole un paréntesis a la competencia interna.

El peronismo, como cultura política, es vertical al éxito y aborrece el fracaso. El apoyo a la Presidenta es tributario de su posición relativa respecto de sus antagonistas. Sería pésimo negocio para líderes territoriales o gremiales contradecirla o enfrentarla, ése es un cimiento de la unidad. Y el karma de los compañeros peronistas federales, que anteayer vieron por tevé el asombroso lanzamiento del ex presidente Eduardo Duhalde, apenas rodeado de un puñado de momias, en un escenario psicodélico.

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Las cien flores pueden seguir germinando, nada se escuchó ayer sobre podar algunas. Seguramente los más frentistas puedan haberse llevado una mejor impresión pero los ortodoxos también recibieron algunos mimos.

Además, la ortodoxia peronista es muy versátil. Vaya un ejemplo flamante. Ayer mismo, se lanzó la “precandidatura” a jefe de Gobierno porteño del ministro de Economía Amado Boudou. Una liturgia bien diversa a la expuesta y predicada por CFK en Olivos. La plana mayor de la CGT, un palco abigarrado y dominado por hombres. Ningún aliado potencial de “otros palos”. Y tres ministros de los cuales sólo uno, Julio De Vido, tiene larga trayectoria justicialista. Los otros dos, Débora Giorgi y Boudou, son recién llegados al amplio cauce del movimiento nacional y popular. De todos modos, el discurso de esa vigorosa línea interna porteña es una orgullosa afirmación de identidad peronista versus las desviaciones “progresistas”.

La puja interna no tuvo ayer definiciones, lo que hubiera sido un apresuramiento disfuncional. Dista de ser sencilla o lineal la conformación de listas y de alianzas para 24 distritos con especificidades propias y un calendario electoral escalonado. La necesidad de conservar a los convencidos e interpelar a los no encuadrados, la de contener a quienes tienen estructura en las provincias y, sobre todo, la de sumar apoyos a la candidatura presidencial deberán mestizarse. Dos veces, en escenarios bien diferentes y con guarismos variados, el kirchnerismo logró la hazaña, con Néstor y Cristina. Ahora, ella sola procurará llegar por tercera vez, con lo que los Kirchner igualarían el score de Perón. No es seguro pero dista de ser imposible. Hace dos años, como sugirió la oradora, así lo parecía.

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