EL PAíS

Lo que encierra un nombre

Por M. W.

Algunos protagonistas de la política (Ginés González García, Felipe Solá) son identificados conspicuamente por su no convencional nombre de pila que en los usos funge como apellido. Con las mujeres suele darse el mismo fenómeno, más extendido dada su condición minoritaria (“Graciela” Fernández Meijide, “Chiche”, “Lilita”, “Cristina”, sin ir más lejos) y quedaría por explorarse si esa costumbre incluye algún sesgo discriminador o tutelar. Eso ocurre en el ágora. En el palacio, el uso del nombre o el del apellido siempre quieren indicar algo. En la Argentina el tuteo está muy difundido pero casi ningún integrante del Gobierno (incluyendo quienes lo tutean ,que son casi todos) menciona en un palique a Néstor Kirchner sin decir “el Presidente”. Alberto Fernández puede permitirse mentarlo como “Néstor”, dejando trazas de titularizar una relación como pocos atesoran. Cristina Fernández habla de “Kirchner” aun delante de gentes de bastante confianza, y al hacerlo algo quiere dejar sentado que habla como cuadro de una organización política y no como consorte de su número uno.

En igual rumbo, cualquier partiquino trata de mejorar su potencial simbólico dejando caer ante algún incauto que estuvo con “Julio” (De Vido) o que sostuvo un tan incorroborable como prolongado diálogo telefónico con “Alberto”.

El ex ministro de Economía devino “Lavagna” en cualquier conversación en la Rosada y sus suburbios no bien fue destituido. El más confianzudo “Roberto” podía ser leído como adscripción a alguien en cuya mochila se cargaron con presteza todas las carencias del modelo económico del actual gobierno. Sólo personas muy seguras de sí mismas –como el jefe de Gabinete o Felisa Miceli– podían continuar refiriéndose a “Roberto” sin temer caer en desgracia. Era más confortable y extendido recordar a Lavagna como (único) responsable de las (complaciente y no muy originalmente) apodadas “asignaturas pendientes”: la redistribución del ingreso, la reforma impositiva, por enumerar un par apenas.

El tiempo y la fenomenal crisis política porteña han propiciado el retorno de “Roberto” a la parla oficial. El macrismo crece, la relación con Jorge Telerman está por verse, Rafael Bielsa fue un fiasco, Daniel Scioli siempre algo marca en las encuestas pero su “glamour positivo” no conmueve al kirchnerismo. Ante escenarios muy complejos, una eventual candidatura del ex ministro de Economía a la Jefatura porteña recupera virtualidad.

“Si no queda otra, podemos pedirle una mano a Roberto”, comentó el operador kirchnerista Juan Carlos Mazzón a un grupo de puntales parlamentarios del Gobierno, mientras recorrían el mapa electoral de 2007. Consultores oficiales miden lo que se puede medir de esa virtualidad. Las elecciones están muy en lontananza para el horizonte de las gentes normales que son las que votan, pero algo se puede explorar, y se explora.

El perfil bajo que Lavagna ha sostenido desde su salida, apenas matizado por algunos estiletazos de diferenciación, lo han embellecido en el Gobierno. También le han sumado sus definiciones como progresista y el flit que le echó a eventuales moscardones de la oposición. Claro que lo que más lo mejora es la imperiosa necesidad de encontrar un antagonista a la altura del macrismo que viene ganando en las urnas y la Legislatura de la Ciudad desde hace demasiados meses. Desde luego quedan muchas cosas por verse en el próximo año. Una de ellas, tan luego, es la opinión del propio “Roberto”, otra el desempeño de Telerman, otra la medición de terceras figuras como Daniel Filmus. En el ínterin, baste señalar que Lavagna ha vuelto a ser “Roberto” para más de uno.

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