ESPECIALES

El Tigre

 Por Enrique Medina

Dulzona. Asquerosamente dulzona, la sidra aún burbujea en la cabeza del Tigre. Cabral hace que bebe pero no bebe, solamente levanta el vaso para acompañar el movimiento verticalmente pendular del Tigre. Asquerosamente dulzona, la sidra como que no acepta el tinto berreta que el Tigre le echa encima. No importa, todo se digiere. El Tigre está feliz con el sobrecito de cocaína que le ha regalado Cabral. Y chupa, el Tigre; tiene amigos y eso es lo más importante de la vida; gente como Cabral que en apuros le dan una mano, le pasan el sobrecito para que no se le desbalancee el día y pueda ir al fútbol y sacudir los alambrados y gritar con ese vozarrón que calienta a la tribuna y agarrarse a piñas y revolear fierrazos y enardecerse por dentro convirtiéndose él solito en un ejército fanatizado y redentor. Ríe, el Tigre. Bebe el tinto berreta que va desapareciendo de la botella y su boca parece de petróleo. Su mujer siempre le dice que tiene un aliento de inodoro. Tapado. Inodoro tapado, pero en uso. Y a veces se desbanda el Tigre. Y la faja, como corresponde. Y ella aguanta, por compensación. Lo sabe, el Tigre. Y se luce ante Cabral. Le cuenta a Cabral que su mujer ruge cuando le aplasta la cabeza contra el colchón y le da y le da con todo y ella le dice que siga, que no pare, que le gusta, y que nadie la cogió como él y que la noche de Año Nuevo fue de locos porque ella gritó como nunca antes debido a que él está en el mejor momento de su vida. Tiene todo, el Tigre: dos chiquitines que son una maravilla y que lo adoran y los lleva al parque, a la calesita, y les compra helados y les enseña a hacerse respetar por el resto de los chiquitos del barrio para que sean dignos hijos del Tigre, apodo que no lo tiene al pedo. Tiene muchos amigos, el Tigre. Puede contarlos y serían montones: los muchachos del estadio que lo idolatran y ambicionan llegar a ser como él; también están el carnicero, el panadero, el del kiosco de diarios, los muchachos del bar que acaban de traer una cerveza pedida por Cabral... Y Cabral. Se lo dice emocionado, el Tigre a Cabral. Se acomoda en el asiento y mientras Cabral le sirve cerveza la agarra el cuello y lo atrae un poco, no mucho porque Cabral como que se resiste algo, lo atrae un poquito y sin importarle que el vaso desborda de espumita le dice que lo quiere mucho, que es un gomía de ésos y que no se encuentran todos los días y como Cabral se ha servido poco el Tigre agarra la botella y le llena el vaso hasta que desborda y brindan y festejan y el Tigre ríe mostrando la falta de algunos dientes y le dice a Cabral que no dude en recurrir a él para cualquier fato raro o bolonqui de lo que sea. Siempre a tus órdenes, y bebe sintiendo que las tripas se le anudan y que la vejiga le está por estallar. Deja el vaso sobre la mesa, le da una palmada a Cabral y le dice que va a echarse un meo. Pero en el baño lo primero que hace es meterse dos dedos en la boca, bien adentro, y vomita hasta el apodo. El baño es chiquito y, como debe ser, tan mugriento como la vida misma; por esto es que el Tigre no puede acomodarse bien para vomitar y se mancha un poco el pantalón. Mea. Se limpia en la piletita y en el espejito partido ve sus ojos llorosos. Se lava y se seca con un pañuelo que parece la vergüenza universal si no fuera que logra desplegarlo y se lo estampa en la cara, secándose. Enjuaga el pañuelo. Se quita el resto de agua que ha quedado, y el sudor, y se seca el pecho y mete el pañuelo debajo de los brazos y lo enjuaga y se lo pasa por la frente y se arregla el pelo hacia adelante como su mujer le dice, porque le calienta que él ande despeinado. Mete la mano en el bolsillo: aparece el sobrecito que recién tendría que usar más tarde. Cabral ha llamado al mozo y le ha dicho que por favor limpie un poco la mesa. Cuando vuelve el Tigre, Cabral le llena el vaso y el Tigre festeja porque está como nuevo y más eufórico que cuando galopa sobre su mujer tirándole de los pelos. Le agradece la amistad a Cabral y le dice cara a cara, bien a lo macho, que nunca va a olvidar que él, Cabral, siempre supo valorarlo y siempre habló bien de él y que no todos los días aparecen amigazos como él y no te olvides que yo ando bien con todos y cuando necesito algo puedo hablar con quien sea, no olvides que yo digo quiénes son los que van a hinchar por el ispa en los campeonatos del mundo y... El Tigre, tercamente eufórico, ve el patrullero y reconquistándose lúcido por segundos recuerda que hace dos días se le fue la mano y que debió haber enfrentado la situación y no dejarla pasar y llegar a tener que sacar el revólver como lo está haciendo respondiendo a los balazos de los cuatro canas que ya le han cerrado los escapes posibles y también ve que está solito escondiéndose detrás de la mesa y eso lo enfurece y grita que es el Tigre y que a él nadie lo caga y escapa para el baño pensando que a lo mejor puede pasar por la ventanita. Una bala le da en el cuello, otra en la espalda y otra detrás de la rodilla. Arrastrándose, llega hasta el bañito y ahí queda mal acomodado por las pequeñísimas dimensiones del lugarcito. El revólver blando se le cae. Precavido, el cana se acerca sin bajar la pistola. Comprueba que el Tigre está vencido, pero:

–Todavía se mueve... Mueve los ojos...

Sereno, Cabral aparta al cana, con un pañuelo limpio levanta el revólver por la culata, se lo mete en la boca al Tigre –que no deja de mover los ojos– y aprieta el gatillo.

(Publicada el 25 de enero de 1991)

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