ESPECIALES

Veo meo

 Por Juan Sasturain

Cardoso y Carvalho fueron a la cancha. Cardoso es ingeniero y llegó temprano con la valijita instrumental, la plomada, la regla, el compás, el teodolito y el sello; Carvalho es funcionario y llegó tarde con las carpetas, el teléfono celular, las planillas y el sello también. Y sendos pares de botas de goma amarillas al tono, claro, en una bolsita ad hoc. Trajeados pero con el reglamentario casco plástico puesto y los barbijos plegados bajo el mentón, disonantes, fuera de contexto, Cardoso y Carvalho se apostaron en un rincón gris del desmesurado estadio paulatinamente saturado de gente fervorosa que los ignoraba. En un pasillo de cemento gris, a la intemperie, Cardoso y Carvalho hacían espaldas al rumor creciente, no miraban el rectángulo verde ni gritaban embanderados del Vasco o del Flamengo. Sólo observaban: marcaban el piso con tiza limitando un espacio, tomaban notas, contaban con disimulo a la gente que circulaba, revisaban los muros viejos y grises, maltratados. Cardoso y Carvalho dejaron con nerviosa expectativa que pasaran los minutos; su atención –a contrapelo de la multitud– se centraba en lo que pasaría cuando en el rectángulo no pasara nada. Se entretendrían en el entretiempo.

Precisamente en el instante en que el árbitro hizo sonar el silbato que indicaba el fin del primer período, Cardoso hizo un gesto, Carvalho asintió y al unísono se colocaron las holgadas botas amarillas, dispusieron el instrumental, prepararon las planillas, se subieron los barbijos a la boca. Y llegó, como un líquido que se desborda o busca su nivel en los vasos comunicantes, la multitud. Cardoso y Carvalho se hicieron a un costado, se afirmaron contra el muro dispuestos a aguantar lo que se venía, lo que se derramaba, el tributo que la investigación científica y el afán de verdad deben pagar a la acre realidad para que le revele sus secretos. Antes de quedar separados por la estampida como pareja del Titanic, se miraron a los ojos dándose ánimos. Después, el tropel los alejó.

El fragor –el experimento– duró, exactamente, un cuarto de hora; de él emergieron, malparados, lindantes con la asfixia, pero sonrientes detrás de las máscaras, Cardoso y Carvalho. Con los últimos aficionados que volvían presurosos y aliviados a sus lugares para asistir al recomienzo del partido, Cardoso y Carvalho –después de echar una prolongada mirada a su trajinado alrededor– establecieron el siguiente diálogo socrático:

–Veo veo –dijo Cardoso.

–¿Qué ves? –inquirió Carvalho.

–Una cosa –contestó Cardoso haciendo chaff-chaff con las botas.

–¿Qué cosa? –insistió Carvalho anotando todo en la planilla.

–Maravillosa... –aseveró Cardoso con dudoso gusto de ingeniero.

–¿De qué color? –pormenorizó Carvalho.

–Amarilloso –puntualizó Cardoso inclinado sobre el charquito.

Pausa reflexiva, teatral, que el funcionario Carvalho utilizó para abanicarse con el casco, tomar aire ya sin el barbijo.

–El meo... –aventuró.

–Exacto: veo meo –ratificó Cardoso triunfal.

Y mientras la multitud volvía a dejarlos solos a sus espaldas, el ingeniero y el funcionario procedieron a terminar su trabajo. Cardoso medía la velocidad de filtración en las grietas del muro, tomaba muestras para las pruebas de amoníaco, recogía en bolsitas, como piedras lunares, trozos de cemento secos y humedecidos... Mientras, Carvalho hacía números: cantidad de orinadores registrados, cálculo de descarga de orina por metro y por persona, grados de saturación según la variable temporal: “Si en quince minutos, 452 personas descargan 420 litros de orina en una superficie de 15 de largo por 4 de ancho por uno de alto (60 m cuadrados), hay que inferir que a lo largo de 50 años, a un promedio de un partido por semana, y con una media de 30 mil personas, se habrá derramado...”

En la edición del diario carioca O Dia correspondiente al pasado sábado 8 de septiembre, el trajeado ingeniero Luis Eduardo Cardoso –ya sin casco ni botas de goma–, como integrante del cuerpo de profesionales responsables de las reformas al estadio Maracaná, construido hace 50 años en ocasión del mundial y cuya puesta a punto le costará al Estado treinta millones de dólares, declaró:

“Los daños provocados por la manía de los hinchas brasileños de orinar fuera de los lugares habilitados provocó la corrosión de las estructuras del Maracaná. Estamos impresionados. Los daños son tan importantes que hubo que duplicar las inversiones destinadas a la recuperación de la estructura de hormigón armado de las principales rampas de acceso a las graderías del estadio”. Y agregó: “El amoníaco de la orina actúa con una rapidez increíble. Al penetrar en el hormigón, actúa como un ácido sobre los armazones de acero, que terminan por oxidarse”. Dispuesto a conceder la incidencia de otros factores, Cardoso admitió: “Si bien el agua provocó infiltraciones en las marquesinas del estadio, la orina ha corroído los pilares y los muros de las rampas de acceso a las gradas donde concurren miles de hinchas”. Dicho lo cual depositó sobre el escritorio del periodista un trozo de hierro achicharrado que, según dijo, había sido “testigo alborozado y sufrido a la vez de las hazañas y desventuras del fútbol brasileño y testimonio de la incontinente ansiedad de millones de sucesivos miembros de la torcida verdeamarelha”.

A su lado, ya sin el barbijo, pero con las planillas frescas, el superintendente de Deportes de Río de Janeiro, Francisco Carvalho, tomó la posta y explicó: “Los hinchas se contienen hasta el entretiempo para no perderse ni un minuto del partido. Después, no se toman el trabajo de hacer cola en los baños. Desde muy pequeño, el brasileño aprende que el hombre puede orinar en cualquier parte...”, opinó, mientras con gesto instintivo se arremangaba las bocamangas del pantalón sobre los tobillos.

Después de su notable descubrimiento, Cardoso y Carvalho han recibido propuestas de la multirreligiosa Asociación de Custodios del Muro de los Lamentos de Jerusalén, de la sociedad neoyorquina Obsesivos Conservadores del Puente de Brooklyn y de otras entidades encargadas de preservar monumentos testimoniales de la fe o la capacidad constructiva de la humanidad. Porque, si la fe puede mover montañas, y para el amor no existen fronteras, sobre el poder del unánime meo no hay nada escrito.

(Publicada el 11 de septiembre de 2000)

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