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Vargas Llosa y la mala leche

 Por David Viñas

Lácteo no es el problema. Tampoco seminal. Sino que lo de “mala leche” alude a las intenciones de un crítico cuando escribe en el campo cultural. Y así es como en la literatura, en el teatro o en el cine, con mucha desenvoltura se le atribuyen al disconforme razones poco claras, envidia, cuestiones personales o vaya a saber qué perversión. En el terreno político, menos mal, esas acusaciones se atenúan como si en el cuerpo a cuerpo de las polémicas parlamentarias o en la puja electoral los componentes subjetivos dejaran paso al predominio mucho más transparente de la historia.

De donde puede inferirse que la leche política, pasteurizada, no tiene tantos vericuetos y exhibe mucha más claridad. “Más sincera” es, digamos. Así es que si mis juicios sobre La casa verde de Vargas Llosa, al no coincidir con los de la crítica confortable, abren la sospecha alrededor de algo mío insidioso o de mis frustraciones más secretas, si digo bruscamente que Vargas es un reaccionario, la cosa parece natural. Y nadie piensa en mis entretelas. Se sabe: los críticos de la política se definen por su falta de recovecos; ellos siempre han llamado pan al pan sin confundirlo con el vino; los críticos dedicados al espacio cultural, en cambio, son generalmente dispépticos.

Me desplazo, entonces, de las digestiones trabajosas en dirección a la objetividad: “Vargas Llosa, virtual candidato a la presidencia del Perú”, titula triunfalmente el diario de los Mitre con motivo del anuncio del ex presidente Belaúnde Terry, jefe de Acción Popular y gran aliado de Luis Bedoya, fundador del Partido Popular Cristiano. Entre ambos, y superponiéndose con los llamados “independientes” que siguen al autor de La ciudad y los perros, se han dispuesto no sólo a enfrentar la nacionalización de algunos bancos privados resuelta por Alan García, sino que ya apuestan a ganar las elecciones presidenciales de 1990.

La Nación apoya esa alternativa. Aunque no abunde en las razones de un enfrentamiento que apunta a denunciar “el clientelismo político, la demagogia y hasta los balconazos” del presidente de 39 años. Sino que, además, haciendo pie en ese dato cronológico intenta oponer al “carisma juvenilista” del líder del APRA, el estilo muy gentry desplegado por Vargas a lo largo de los barrios de San Isidro y Miraflores: sus “santuarios” como dice, sin ironía, El Comercio, de Lima. Y que se parecen hasta en su ademán gangoso y aterciopelado a lo que alguna vez fue el Barrio Norte de aquí.

La cosa tiene sus vaivenes. Porque si desde el llamado “centro hacia la derecha” Vargas cuestiona a Alan por su mesianismo y al APRA por su pasado patotero y vertical, desde la Izquierda Unida –cuyo vocero mayor es Alfonso Barrantes– no sólo denuncian al comentarista de Flaubert como “defensor de la patria usurera”, sino que atacan al viejo partido de Haya de la Torre por su populismo tardío y por su falta de eficacia ante el ejército y el general Cisneros. Al que llaman “gauchito” a raíz de su escrupuloso aprendizaje entre los militares de Videla, Viola y otros más. Pero sobre todo, las críticas del marxismo limeño no olvidan la inepcia de Alan García frente a “la masacre de los penales” que realizó la armada asesinando a senderistas en las cárceles de Lurigancho, Santa Bárbara y Frontón. Genocidio por el cual muchos apristas se distanciaron de Alan y que, a su vez, le sirvió a Vargas Llosa para poner en movimiento su propio dispositivo presidencial.

Es que a la izquierda del APRA, pero desbordando, incluso, al marxismo parlamentario, resuena el accionar de Sendero Luminoso: siguiendo las enigmáticas propuestas, derivadas de Mao, que se dan a conocer apelando al “Camarada Gonzalo” (Abimael Guzmán). Maximalismo vanguardista que si a los de la Izquierda Unida los provoca a la discusión y, desde luego, a la autocrítica, al novelista de Conversación en La Catedral apenas si lo motiva para gangosear “delirio”, “esquizofrenia” o “patología social”. Sin entender a un movimiento tan enraizado en la región de Ayacucho, a partir de las reflexiones políticas abiertas desde los ’70 de varios profesores y alumnos de la universidad de Huamanga, quienes entendieron que la crisis actual del Perú va más alá de la que padeció el país luego de la guerra con Chile entre el 1879 y 1883.

“Un país africano –sostiene Vargas– es lo más parecido al Perú.” Pero la tierra de Palma y Santos Chocano no puede ser equiparada, de ninguna manera, al nivel tercermundista. Claro: Vargas ya no hace declaraciones a Le Monde de París; su palabra, sacramentalmente, acaba de ser recogida por el Reader’s Digest. Declive simbólico. Y paralelo al itinerario que va desde “el Faulkner peruano”, que propuso Emir Rodríguez Monegal en Marcha, en dirección al juicio más reciente de un diputado alfonsinista: “Vargas Llosa es un Alsogaray más joven que escribe novelas”. O hacia la réplica, candorosa de un justicialista riojano: “Un Angeloz que nació en Arequipa en lugar de ser cordobés”.

(Publicada el 14 de junio de 1988)

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