EL PAIS › OPINION

El pueblo sabe de qué se trata

 Por Jorge Rivas *

Cada 25 de Mayo, más que la comprensión cabal de aquello que verdaderamente sucedió ese día de 1810 y de las interpretaciones historiográficas de la Revolución de Mayo, lo que se mantiene en primer plano son los contenidos simbólicos que la fecha tiene para los argentinos. Esos contenidos que aprendimos en la escuela primaria, no sólo en las aulas sino en los muchas veces fatigosos actos de conmemoración.

Es imposible que no recordemos el relato acerca de los criollos mojándose bajo una lluvia inoportuna, mientras les reclamaban a los miembros del Cabildo que revelaran a todos lo que se estaba tramando en ese cenáculo del poder local. “El pueblo quiere saber de qué se trata”, era la frase emblemática.

Ese pueblo que quería saber de qué se trataba no era todavía –lo aprendimos después– el pueblo argentino ni esa revolución dio a luz de inmediato al país que es hoy la Argentina. Era el pueblo de una posesión de la Corona de Borbón, y esa revolución era uno de los primeros episodios de la que sacudiría a toda la América española. Hicieron falta décadas de conflictos armados y políticos para que esos territorios, que participaban entonces de una amplia identidad continental, alcanzaran la independencia primero y su organización como estados nacionales después.

Todos tenían un origen común, rasgos culturales e históricos compartidos, y habían participado de la misma revolución y de la misma guerra. Sin embargo, los sectores de las clases dirigentes que finalmente se impusieron en cada uno de ellos lograron que esa historia se desdibujara, y postularon como verdad que cada uno de esos países tenía un destino individual trazado desde el principio de los tiempos. La Argentina padeció particularmente esa desorientación, y su cultura oficial tendió a imaginarse no sólo diferente sino aun desvinculada de los otros pueblos de la región.

En los últimos años, entre los numerosos rumbos equivocados que el país empezó a corregir, está precisamente el aislamiento respecto de los otros países de América del Sur. Por el contrario, se han estrechado los lazos con los pueblos de la región que están empeñados en una construcción política solidaria que los reúna a todos, y a la que ven como condición necesaria para un futuro auspicioso. Néstor Kirchner lo había anticipado en su discurso de asunción del 25 de mayo (otra vez) de 2003. La prioridad en política internacional sería –dijo entonces– la unidad con los otros pueblos de la región.

La novedad, por otra parte, significó un drástico viraje con relación a la política que habían seguido durante décadas los gobiernos argentinos, una política que en la época de Carlos Menem llegó a caracterizarse como de relaciones carnales con Estados Unidos. Ese cambio, como se sabe, llegó de la mano de otros, que en conjunto iniciaron la recuperación de la sociedad pulverizada que era la Argentina del principio del siglo XXI. Las fuerzas genuinamente populares del país se encontraron entonces con un dirigente político que había sabido entender sus reclamos, sostenidos hasta en las épocas más adversas, y se unieron al proyecto con entusiasmo.

No parece casual que el pueblo argentino, recuperada la confianza en sí mismo y en su porvenir, haya vuelto a mirar con orgullo su propia historia. La presidenta Cristina Fernández ha contribuido con el simbólico gesto de la creación del Salón de los Próceres Latinoamericanos en la Casa Rosada. Las figuras a las que allí se homenajea sintetizan las luchas del pasado, del mismo modo que para la construcción presente de una fuerza transformadora capaz de sostener y profundizar los cambios de la etapa resulta imprescindible sintetizar las mejores tradiciones populares y democráticas.

Tal vez por eso, el año pasado, al cumplirse el bicentenario de aquella revolución iniciada el 25 de mayo de 1810, cientos de miles, millones de personas se volcaron a calles y plazas para celebrar. Esta vez el pueblo no estaba en la calle porque quisiera saber de qué se trataba. Estaba en la calle, de festejo, precisamente porque lo sabía.

* Diputado nacional.

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Imagen: Pablo Dondero
 
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