ESPECIALES

Adriana

 Por Hugo Soriani

Adriana murió el 31 de marzo de 1977. Ese día cumplía 16 años y sus padres, Lidia y Edgar, la esperaban para festejar con una torta casera y apagar juntos las velitas, luego de pedir los tres deseos de rigor.

Pero Adriana no llegó nunca al festejo. El llamado de un compañero de La Turca, como le decían, les dio la noticia de su muerte, sin agregar otros detalles que pudieran alargar una conversación telefónica que en la Argentina de Videla podía ser peligrosa.

Había sido una muy buena alumna en el Colegio Nacional de Buenos Aires, donde cursó primero y segundo año, para luego pasar a una escuela técnica de Lanús, cuando la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), la agrupación de la Juventud Peronista donde militaba, ordenó a sus miembros replegarse a escuelas de barrios populares para desarrollar allí la tarea política asignada.

Era el año ’75 y la represión se acentuaba, anticipando la masacre.

Isabel Perón había intervenido la Universidad y el Colegio Nacional de Buenos Aires se convertía en una trampa mortal para los estudiantes que militaban en agrupaciones de izquierda o del peronismo revolucionario. Las aulas de la escuela que albergó debates, proyectos, ideas y sueños revolucionarios de sus estudiantes se convertían de pronto en lugares desolados y represivos, de la mano del interventor de la UBA Alberto Ottalagano y del rector del colegio Mario Garda.

“Adriana no se amedrentaba, ella siempre fue la más decidida, la más lanzada, la más audaz del grupo. Y también la más inteligente”, dice Gabriela, su amiga y compañera de colegio. “Cuando llegó la orden de la UES –continúa Gabriela– ella no dudó un segundo en irse a Lanús y recuerdo la convicción con la que discutía cuando poco después decidió encuadrarse en Montoneros, mientras nosotras continuábamos militando en secundarios.”

Adriana tenía 16 años cuando la sorprendió la muerte en un estallido y hacía más de uno que era montonera. El periodista Pablo Giussani le dedicó un libro que ella hubiera repudiado, porque los 16 de Adriana eran los de toda una generación que decidió patear el tablero y jugarse a suerte y verdad por convicciones que no alcanzaba sólo con declamarse.

Tres días antes de su muerte, Adriana les escribía desde Buenos Aires a sus hermanas Laura y Vicky, ya en el exilio, luego de haber sufrido ambas cárcel y persecuciones: “Empecé a trabajar en un taller de bombachas, y aprendí a coser con distintos tipos de máquinas (overlock, recta, zigzag, pasaelástico), el laburo no es muy lindo, es medio cansador estar ocho horas cosiendo, y tampoco me pagan demasiado porque gano por producción y todavía no estoy muy práctica pero, por ahora, hasta que no tenga otra posibilidad no voy a dejarlo”.

Y continuaba: “Seguimos viviendo en Lanús y con Beto (su compañero) nos llevamos muy bien y aunque hay ganas, no hay aún ninguna sorpresa. No se imaginan cuánto se las extraña y, a veces, cuando hablo de ustedes o me viene algún recuerdo a la cabeza, me parece increíble la cantidad de tiempo que no nos vemos y sin ninguna clase de posibilidad por ahora. Beto está sin laburo, pero consiguió uno en una fábrica textil y deberá empezar el cinco de abril. A mí también, Laura, me parece muy raro tener tan sólo quince años y llevar la vida que hago. Pero cada uno se elige la vida que quiere y yo no estoy en nada arrepentida”.

Esta carta fue escrita el 27 de marzo de 1977. Cuatro días después Adriana moría y su cuerpo era arrojado como NN a una fosa común del cementerio de Avellaneda, con más de 360 cuerpos a los que la dictadura de Videla también negaba el derecho a una tumba con nombre, con fecha, con flores donde alguien pudiera llorar o denunciar el genocidio. Tuvieron que pasar 28 años para que el Equipo Argentino de Antropología Forense pudiera identificar el cadáver y entregarlo a su familia.

Edgar y Lidia, los padres de Adriana, ya no están para recibirlo. Sí están sus hermanas, Laura y Vicky, y la vieja tía Berta, a quien La Turca desoía cada vez que le mencionaba la necesidad de un exilio, a esa altura el camino obligado de los que habían logrado sobrevivir a la masacre.

Adriana era obstinada, precoz, así la recuerdan sus amigas. Y valiente. En la peor época de la represión aún quería tomar el cielo por asalto y murió en el intento. Antes y después de ella, otros también muy jóvenes corrían la misma suerte. Los recordatorios que todos los días publica este diario dan una idea del compromiso militante de una generación y de lo que para muchos significaba tener veinte años, pocos más, pocos menos, en la Argentina de los setenta.

El incansable trabajo de los antropólogos permitió una vez más que sus familiares y amigos puedan, podamos, darle a Adriana un lugar donde dejar una flor cada vez que sientan la necesidad de hacerlo. Permitió una vez más ejercer el derecho quizá más antiguo del género humano: enterrar a sus muertos.

Adriana Kornblihtt, turquita, sólo queda por decirte, junto al poeta, que “quizás llegaste temprano al buen humor, a las revoluciones, pero sobre todo, llegaste temprano, demasiado temprano, a una muerte que no era la tuya, y que a esta altura no sabrá qué hacer con tanta vida”.

(Publicada el 19 de marzo de 2005)

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