PSICOLOGíA › SOBRE EL PUDOR, EL SILENCIO, EL RITMO, EL ACONTECIMIENTO PURO

“Iba solo por el bosque a paso lento”

 Por Eduardo Pavlovsky

Iba caminando solo por el bosque a paso lento pero seguro, y, lo que es fundamental, sin dolores, esa maldita presencia que adquiere cotidianeidad a partir de los 65. Te pueden doler las cervicales, la zona lumbar, los tríceps, los tobillos, los hombros, el cuello y las rodillas. Todo al mismo tiempo. Pero ese día había elongado 40 minutos y estaba a punto. Sin adolescentes a la vista, me sentía sin exigencias y estaba suelto. Sin necesidad de mostrar algún signo de juventud. Ningún shadow-box innecesario. Ni trompadas al aire. Llevaba mis años bien puestos. Sin adornos. A los doscientos metros noté los pasos de una mujer que caminaba a mi lado, medio metro por detrás. No quise mirarla y seguí caminando. Noté que su presencia se hacía sentir, por su ritmo. A los trescientos metros giré la cabeza, velozmente, tímidamente, como quien mira por detrás de la imagen femenina sin enfocar. Hacia un atrás indefinido. La reconocí a Susy, que ni siquiera había advertido mi mirada. Caminaba mirando al frente con un ritmo que reconocía en otros tiempos. No había fisuras en nuestros movimientos ni preguntas que hacerse. Eran sólo nuestros pasos, nuestro ritmo, la certeza infinita de nuestros cuerpos.

Reconocía el ritmo, yo... mis piernas las suyas... Alguna vez pregunté: ¿hubo un antes digo, aquella vez antes de los pasos y de las largas caminatas? Y ella respondió: cuando disolvíamos las preguntas y todo el mundo se fundía en nuestros ritmos.

¿Hubo entonces alguna vez que nos quisimos tanto? Cuando recordábamos sólo los ritmos del amor y no nuestra historia de comienzo.Respuestas de otras épocas, de otros momentos, donde el ritmo de lo nuestro parecía encenderse a la mañana pero podía apagarse por la noche. Amor del día a día. Con lo maravilloso desesperante de esa melodía.

Ahora habían pasado los años. Pero reconocíamos todavía nuestro ritmo del amor como largas caminatas del silencio. De todos modos, me atormentaba por qué no podíamos decir ninguna palabra de este nuevo encuentro. Algo simple: ¡Qué lindo es volver a caminar juntos! o ¡No aguantaba tu ausencia los pasos y tu ritmo dialogado! ¡Soy feliz porque volvés a mi lado! ¡Te extrañé tanto!

Me pregunté si en el ritmo de los pasos no estaría incluido este lenguaje y recordé también que con Susy no hablamos demasiado de nosotros. Sólo devenimos pareja en el camino de la vida. En el transcurso de los años. Desconfiamos ambos de las explicaciones. Generalmente cuando intentamos hablar para aclarar algo “entre” nosotros todo termina en un conflicto mayor. Adolecemos de una misma escena temida, “el reproche”. Y preferimos que el devenir de la pareja en movimiento, que el devenir en el mismo ritmo de la vida nos vuelva encontrar. Y descubrimos ambos que si no aclaramos nada la situación se disuelve en el nuevo ritmo y el conflicto es lo estriado y lo nuevo es el acontecimiento del nuevo devenir.

Vivimos; no aclaramos. Por otro lado, creo que muchas parejas se destruyen cuando uno de los dos dice: “Tenemos que hablar” y todo se convierte en un infierno de palabras, donde se pierde la dignidad de ambos en la celebración aclaratoria.

Pero también hay otro elemento que interviene en nuestra pareja: el pudor. Ambos tenemos pudor a veces de decirnos también cosas lindas. Susy creo que me dijo “te quiero mucho” dos o tres veces en estos 25 años. El 9 de febrero de 1982, el 6 de agosto del 90 en Londres y el 6 de enero de 2000, cuando murió mi hermano.Ella dice que es irlandesa y que ellos son así. Pero yo soy ruso y el amor tiene que expresarse siempre o casi siempre. Un ruso enamorado es un loco, decía Tolstoi y yo lo creo así.Y, sin embargo, a pesar de nuestras diferencias, los dos sabemos que el amor existe entre los dos. Hoy todavía.

Muchos pacientes y amigos me dicen que soy extremadamente pudoroso, y creo que tienen razón.¿Pero qué es el pudor? Tiene una diferencia literaria con la vergüenza. Es más molecular. Menos argumental. Se puede sentir vergüenza ajena. Pero no pudor ajeno. El pudor es lo más intrínsecamente íntimo. Es muy difícil que uno confiese su pudor porque la molecularidad no tiene ni argumentos ni explicaciones.

La vergüenza parece más ligada al cuerpo. Recuerdo la vergüenza de los niños enuréticos. Pero a veces se confunde con la culpa. Fernando Ulloa tiene una definición de la vergüenza deportiva e inhibitoria que me aclaró mucho. ¿Pero del pudor qué sabemos? Eso es lo que a veces nos inunda a Susy y a mí en nuestra pareja. Un inmenso pudor. Pero producido entre ambos como el “tercero pudoroso” que inventamos entre los dos. No es feo el pudor. A veces se vuelve atractivo, subyugante, sensual, misterioso. Sobre todo porque nace sin la explicación hermenéutica que lo explica todo. Ni con las identificaciones parentales. Sólo así, pudor a secas. Como producción deseante.

Por eso ese día caminamos cinco kilómetros en silencio. Yo sentía pudor de decir algo, pero tenía la absoluta seguridad de que ella también.Sólo nuestros pasos, nuestro ritmo, y el acontecer del devenir que sólo ella y yo escuchamos. Cuando nos aproximamos a nuestra casa, Susy dijo de pronto ¡Qué lindo estaba el día para caminar! Y yo le dije simultáneamente: Vamos al cine hoy a la noche y a comer, ¿querés?. ¡Qué bueno, tenía ganas de ir al cine! Estaba todo allí, sin necesidad de aclarar demasiado por qué me había abandonado en las caminatas y por qué había vuelto.

El devenir de nuestro encuentro disolvió la duda. Creo que todavía estamos enamorados. Me quedó una duda que me daría un inmenso pudor preguntarle. ¿Volviste a caminar porque te dio pena dejar a un viejo solo o volviste a caminar para no dejarme solo mirando jóvenes? Hubiera sido un tremendo error querer aclararlo, porque es probable que, como ella es, no tuviera ninguna explicación. Sólo se fue. Y sólo volvió. Así de simple. Como acontecimiento puro.

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