SOCIEDAD › ESCASO OPTIMISMO AL CIERRE DE LA CUMBRE CLIMATICA

Hacia el final, sólo con más diferencias

La brecha entre los intereses de países desarrollados y los emergentes impide el consenso.

 Por Cledis Candelaresi

Desde Copenhague

Un sol tímido, que amagó dorar de a tramos la Copenhague blanca de nieve, no pudo con el frío y la sensación térmica, que derrapó hasta rozar los 12 grados bajo cero. Pero esa inclemencia del otoño nórdico es leve en relación con la dureza que siguen mostrando los dos bloques en disputa de esta cumbre que termina hoy: los países industrializados y los otros. El primer ministro británico, Gordon Brown, y la canciller norteamericana, Hillary Clinton –que se habría anticipado a la esperada visita de Barack Obama de hoy, ni confirmada ni desmentida aquí oficialmente–, coincidieron en proclamar que el mundo desarrollado está dispuesto a auxiliar al resto con una cifra creciente de dinero que en el 2020 podría llegar a los 100 mil millones de dólares para paliar los efectos del cambio climático. Pero tal aporte –muy por debajo del estimado necesario por organizaciones del Primer Mundo, incluyendo el Banco Mundial– está sujeto a dos condiciones: que los países subdesarrollados también hagan un esfuerzo para contaminar menos y que utilicen aquellos recursos en un marco de “transparencia”. Esto equivale a decir que deberían ser controlados tanto en el modo de producir de su industria como en el de gastar ese dinero. Desde el micrófono del plenario, otros como Evo Morales o Mahmud Ahmadinejad se mostraron imperturbables ante ese anzuelo de billetes y fustigaron al capitalismo como un régimen que lastima la atmósfera. Ni un milagro podría producir hoy, en el cierre de esta histórica cumbre, un documento consensuado que genuinamente esfume semejantes diferencias.

Copenhague consolidará un mundo fragmentado en dos bloques, cada uno de los cuales tiene, a su vez, muchas diferencias intestinas. Europa y Estados Unidos juegan distinto en esta batalla. La primera hizo mayores esfuerzos por recortar sus emisiones de carbono, mientas que el segundo ni siquiera adhirió a Kioto. La canciller de Alemania, Angela Merkel, lo dejó en claro antes de subir al estrado cuando dijo que la promesa de Washington de recortar sus emisiones un 3 por ciento respecto de 1990 era “insuficiente”.

Sin embargo, tuvieron ayer un punto de contacto importante que los muestra hermanados en el mismo bando. Brown habló en el plenario de presidentes y ministros que pronunciaron sus discursos durante toda la extensa jornada, mientras que Clinton lo hizo en una conferencia de prensa. Ambos prometieron aquel paquete de ayuda condicionada (hasta 100 mil millones de dólares), sin despejar muchas de las incógnitas que hay sobre eso: quién aportará el dinero –el ministro británico aludió a que sería parte público, parte privado–, cómo se repartirá y quién lo administrará.

Aquí aparece una cuestión paradójica importante. Si la fuente de ese auxilio es privada, podría provenir de un tributo al transporte aéreo y marítimo que afectará básicamente las naciones que están distantes de sus clientes. Argentina entre ellas. Antes de llegar al 2020 también habría algo de dinero para asistir a los subdesarrollados, aunque en montos menores. Ese que sirve para que algunos países intenten comprar voluntades y romper el bloque de los subdesarrollados.

Nicolas Sarkozy, otras de las figuras presentes en este evento internacional, poco antes de venir cerró un acuerdo bilateral con Etiopía, en el que esa nación africana admite algunas condiciones ambientales que comprometen la supervivencia de parte de ese continente. Según consignan varios documentos técnicos, el Sur del mundo se calentará más y más rápido que el Norte, en particular Africa. Admitir que el calentamiento global llegue a 2 grados centígrados como promedio –objetivo que guía todas estas negociaciones– implica para este territorio reconocer que su temperatura podría subir hasta 3,5 grados, con todos los males de sequías, inundaciones y pérdidas económicas que eso conlleva. Merkel emuló al presidente francés en su estrategia, intentando un convenio con otras naciones de la región.

Según aseguran los europeos y norteamericanos, el afán de monitorear que reconocen los países ricos apunta básicamente a China que, presumen, se resistirá a toda forma de control. Pero la realidad es que, de instrumentarse alguna fiscalización, ésta iría mucho más allá del país asiático. Definir si en el futuro habrá un poder de policía internacional para la cuestión ambiental y quién lo ejercerá es tan decisivo como determinar quién administrará los fondos de la asistencia de ricos a pobres. Si el Banco Mundial, como quieren los desarrollados o Naciones Unidas.

“El cambio climático provoca cada año mil veces más víctimas que los ataques terroristas”, se despachó el presidente iraní Mahmud Ahmadinejad, que culpó por la contaminación al “materialismo insaciable de las potencias occidentales” y a Estados Unidos por provocar guerras con su ambición de “controlar las fuerzas energéticas”: “Tiene solo el 5 por ciento de la población mundial, pero consume el 25 por ciento del petróleo”, se quejó el controvertido líder de Irán. En similar sentido había opinado antes Evo Morales, cuando consideró una “ofensa” los 10 mil (para el próximo trienio) o los 100 mil millones (en 2020) ofrecidos para paliar parte de los problemas que generaron las naciones contaminadoras.

En el otro andarivel de este encuentro internacional, las discusiones técnicas se retomaron con más tranquilidad. Ayer se limitó el ingreso a no más de 1000 representantes de organizaciones ambientalistas, que jornadas atrás intentaron derribar vallas o seducir voluntades repartiendo sandwiches y barritas de cereales entre la multitud que se agolpaba en las puertas en busca de su acreditación. El cansancio y el frío también empezaron a cobrarse algunas víctimas.

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Militantes de Greenpeace protestan en Copenhague: “Los políticos hablan, los líderes actúan”.
Imagen: AFP
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