SOCIEDAD › LA HISTORIA DE UNA MUJER COLOMBIANA PROSTITUIDA POR LA MAFIA JAPONESA

El tatuaje de la trata

Marcela Loaiza fue llevada bajo engaño de su país a Japón, donde terminó obligada a ejercer la prostitución. Tras un año y medio, un cliente la ayudó a escapar. Ya escribió dos libros con su experiencia y recorre el mundo para animar a otras mujeres a volver de la trata. Aquí, su relato para Página/12. El martes es el Día Internacional contra la Explotación Sexual.

 Por Mariana Carbajal

Durante 18 meses, Marcela Loaiza estuvo cautiva en Japón, explotada sexualmente por la mafia Yakuza, una de las más temidas en Oriente. Viajó desde Colombia, su país natal, tentada por una oferta laboral que resultó ser un engaño, como les sucede a tantas jóvenes latinoamericanas. Por entonces tenía 21 años y era madre soltera desde los 16. “Ser una sobreviviente de la trata de personas es como tener un tatuaje en el alma. Nadie puede verlo, pero siempre está ahí y permanece para siempre”, dice esta mujer de cabellos enrulados y rostro bello, quince años después de haber dejado atrás aquella experiencia que marcó su vida. Y revela que distintas productoras de Hollywood y cadenas de televisión le están ofreciendo, por estos días, filmar su historia como telenovela o película para llevarla al cine.

Loaiza cuenta que escapó de Japón con la ayuda de un cliente –que la guió hasta la Embajada de Colombia en Tokio– y que, de regreso a su tierra, pudo salir adelante y sanar sus heridas del alma con el apoyo de una congregación de religiosas adoratrices. En 2009 escribió su primer libro, Atrapada por la mafia Yakuza (Grupo Planeta), un relato que nació a partir de los papeles que ella le escribía a la psicóloga que le ofrecieron las monjas, porque le costaba mucho poner en palabras la violencia y el dolor que había acumulado en la “zona roja” de la capital japonesa, obligada a prostituirse. En Colombia, cuenta, algunos medios de comunicación la castigaron titulando “Puta arrepentida escribe libro”. En 2011 publicó su segundo libro, Lo que fui y lo que soy, donde pone el acento en su reconstrucción como persona y cómo logró dejar atrás una idea que se había instalado fuertemente en su cabeza, de que ella –como otras mujeres– había nacido para ser puta.

Hace tres años, con el respaldo de la ONU, Loaiza creó una fundación para ayudar a otras víctimas y trabaja en la prevención del flagelo de la trata. Lleva su testimonio a distintos auditorios: pueden ser estudiantes, pero también jueces y fiscales. Días atrás, conmovió con su historia a las y los participantes II Foro Internacional sobre Trata y Tráfico de Personas, que se realizó en Mar del Plata, organizado por el Consejo Provincial de las Mujeres, que encabeza la ministra de Gobierno bonaerense, Cristina Alvarez Rodríguez. Y allí aceptó una entrevista con Página/12.

Loaiza habla con mucha calma. Tiene 35 años y es parte de la campaña Corazón Azul contra la trata, de la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (Unodoc), que financia y apoya algunos programas de la fundación que lleva su nombre. También, cuenta, trabaja en la temática en alianza con la Comisión Nacional de Derechos Humanos de México, donde la convocan para dar charlas en escuelas y a funcionarios judiciales. Está en contra de las iniciativas que promueven la prostitución como un trabajo porque, afirma, “pisotean tu dignidad”.

–¿Por qué cree que existe la trata? –le preguntó este diario.

–Por la demanda y por la falta de educación, de empleo y de oportunidades. Si los hombres no pagaran por sexo, las mujeres necesitadas y de poca educación buscarían otra opción. Los que pagan por sexo financian la trata de personas.

–¿Cómo se la puede combatir?

–Educando a las nuevas generaciones. Es mejor prevenir que tener que sanar corazones rotos y además es más barato para el Estado –responde Loaiza, horas antes de emprender el regreso a Estados Unidos, donde vive con su esposo norteamericano y sus tres hijas, de 19, 7 y 3 años. A la mayor la tuvo cuando tenía 16 años y la crió sola. Su marido, con quien se casó hace ocho años, es el padre de las otras dos niñas. “El adoptó a mi hija mayor”, cuenta ella. Su hija adolescente acaba de terminar la traducción al inglés de su primer libro. De las tres hijas es la única que conoce su pasado en prostitución. A las más chicas, dice, les contará cuando tengan la edad apropiada para comprender lo que vivió.

Su historia

Loaiza nació en el municipio colombiano de Armenia, pero vivió con su familia en Pereira, la ciudad más poblada del eje cafetero, ubicada a unos 318 kilómetros de Bogotá. Cuenta que proviene de una familia humilde y que vivía con sus dos hermanos y su madre en un barrio muy popular llamado Cuba. Sus padres se habían separado. Su madre trabajaba como empleada doméstica. Al terminar la escuela, recuerda, ella se ganaba la vida como cajera de supermercado y bailarina de danzas folclóricas en una disco. Fue en ese boliche, dice, donde un “representante de talentos” se le acercó y le ofreció trabajo “como bailarina”. “Al principio no me interesó la oferta. Pero mi hija cayó hospitalizada por dos semanas. Estuvo en cuidados intensivos. Tenía tres años y medio. Y para poder llevármela a casa tenía que pagar el equivalente a unos 500 dólares por la atención médica. Y si no la sacaba del hospital me aumentaba la deuda. Desesperada, me acordé de aquel hombre, Pipo. Le conté todo. Me dijo que no me preocupara, que yo tenía tanto talento, que podía pagarle con un trabajo y me prestó los 500 dólares. Por entonces andaba peleada con mi mamá. Esa situación hizo que fuera más vulnerable a su propuesta”, destacó la mujer.

Pero Pipo resultó ser el primer eslabón de una cadena de trata internacional, que la llevaría a Japón, para ser explotada sexualmente. El hombre le advirtió que no le contara sobre la propuesta a su madre, porque no la iba a dejar viajar, ni a sus amigas, porque se iban a poner celosas o “si tenían más talento y él las veía, me sacarían esta oportunidad”. “Era un gran manipulador”, piensa ahora. “A los tres días me llamó para sacar el pasaporte. Yo nunca me había subido a un avión. Me imaginaba que iba a ser millonaria, famosa. El me pintó un mundo maravilloso. Todas tenemos el sueño americano. Sacamos el pasaporte al tercer día y al séptimo me llamó a la noche y me dijo que a la mañana siguiente viajábamos. Me pasó a buscar a las 5 de la mañana. Viajamos de Pereira a Bogotá y me dio mi pasaporte, 2000 dólares, y el pasaje de avión. Yo estaba segura de que él iba a viajar conmigo. Pero me dijo que él se quedaba, y viajé sola, asustada pero ilusionada”, siguió contando. Era el año 1999.

El vuelo hizo escala en Amsterdam y de ahí siguió a Tokio, donde, recuerda, la esperaban cuatro hombres en el aeropuerto con su foto. “Pipo me dio también un pasaporte falso, holandés, con mi foto. No vi malicia ni maldad. No conocía la trata. Me dijo que sólo era para presentar en Japón. Cuando llegué a Tokio y me esperaban esos cuatro hombres sentí algo raro en mi corazón. Ahí me di cuenta de que me habían vendido por 500 dólares, porque sus rostros expresan todo menos algo bueno. Se acercó entonces una mujer colombiana, y al escuchar mi idioma me volví a sentir tranquila. Ella me llevó a su casa y dormí en un colchón en el piso. Me despertó a las patadas y con insultos”, siguió Loaiza.

A partir de ahí se acabó su sueño de triunfar como bailarina. “Usted va a bailar, pero en la cama con hombres”, le dijo su compatriota cuando ella quiso explicarle que lo que le gustaba era otro tipo de baile. Esa resultó ser su madama. Estaba casada con un japonés, recuerda Loaiza. “Me amenazó desde el primer momento: si no obedece no le garantizo que llegue al entierro de su hija”, me decía. Y me obligó a prostituirme en la calle. Cada diez días me rotaba. La mafia Yakuza me escoltaba. Andan con cadenas y bates de aluminio. Tenía que acostarme con quince a veinte hombres por día. Nunca me daban nada. Ni un billete”, cuenta.

En la misma situación que ella, dice, vio a otras treinta o cuarenta mujeres de Colombia, pero también de otros países como Venezuela, Perú, Ecuador, Filipinas, Rusia.

Según un informe de la OEA de 2005, unas 1700 mujeres llegaban a Japón por año desde Latinoamérica víctimas de redes de trata. Las mujeres provenían de Colombia, Bolivia, Brasil, México y Perú, fundamentalmente. Sin embargo, además se registraban víctimas de Argentina, Chile, República Dominicana, Ecuador y Paraguay.

Este año, la organización no gubernamental Women’s Link Worldwide presentó en Bogotá un informe que sostiene que Colombia es un país de origen, tránsito y destino de las distintas modalidades de trata de personas. Todavía continúa la ruta hacia Japón, dice Loaiza.

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Marcela Loaiza estuvo cautiva en Japón, explotada sexualmente por la mafia Yakuza, una de las más temidas en Oriente.
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