SOCIEDAD › DIAMANTES HECHOS CON EL PELO DEL DIFUNTO

El cuerpo es el mensaje

 Por Soledad Vallejos

Dos gramos de pelo, unos 2500 dólares, entre dos y ocho semanas: con esos ingredientes se hace hoy un diamante. Claro, será una pieza no extraída de la naturaleza, sino de una piedra elaborada a imagen y semejanza de esos ciclos naturales, con la ventaja temporal que eso significa (no hay que esperar el final de un azar de cientos de años) y una característica, ahí sí, inimitable: será, en cierto modo, un cristal tan único como el código genético de la persona cuyo pelo originó el ciclo. “Por eso es una forma de crear una memoria de una persona que falleció”, explica el brasileño Darío Loiraz, propietario de Brilho Infinito, la primera empresa en realizar “diamantes de carbono genético” en Latinoamérica.

“El diamante es carbono que la tierra transforma. Ese proceso ahora lo podemos sintetizar. Se hace con un mechoncito que, no quiero ser grosero, pero puede sacarse de cualquier parte del cuerpo. E inclusive puede ser no humano: hay gente que quiere recordar por siempre a una mascota. Es lo que llamamos carbono genético”, explica Loinaz. El pionero también asegura que aunque el mercado argentino todavía resulta un poco arisco, el brasileño se entrega a la memorabilia personalizadísima con ganas. Pero por otro lado, la pasión por las piedritas únicas, en todo el sentido de la palabra, no se limita a eternizar personas idas al más allá. “Suponete que tu hija cumple 15 años. Tú y tu marido quieren regalarle algo que nadie más pueda tener: le hacen una joya que tenga un diamante hecho con pelo tuyo y de tu marido. O si no, y esto se usa mucho, se puede hacer un diamante para poner en el anillo del casamiento.” En la región, cada año se producen “cincuenta mil piedras”, y ya hay varias empresas abocadas al rubro.

Todo empezó cuando el tráfico ilegal y los durísimos enfrentamientos políticos y económicos volvieron visibles los ríos de sangre implicados en los diamantes africanos. De la mano de las denuncias, las leyes cambiaron y los mercados debieron encontrar soluciones alternativas para reemplazar lo que, más allá de las vanidades de joyería, suele utilizarse “en medicina, en herramientas de precisión y cosas delicadas”. En condiciones extraordinarias de presión y temperatura, y combinado con carbono, cualquier pelo sueña con la pinta de un diamante. Pero una vez que el proceso se estandarizó, nada impedía que también lo suntuario aprovechara la oleada.

–Pelé se hizo un diamante de su pelo.

–¿Para qué?

–Se lo regaló a su madre, que lo donó para una subasta. Donó todo lo recaudado a un hospital de niños.

–¿Por qué este tipo de producto puede encontrar públicos?

–El mundo se está volviendo desmaterializado cada vez más. Esta industria está teniendo un crecimiento geométrico. La empecé hace tres años, ahora ya está instalada en Brasil y abriendo otros mercados. Eso demuestra que, aunque la tendencia en el mundo es a desmaterializar, la gente sigue teniendo la necesidad de tener algo material. Un recuerdo. Algo de una persona que ya no está.

El pelo viaja en una bolsita sellada, con la firma de la persona estampada sobre el cierre a romper. Desde ese instante y con un código, “como pasa con las cartas”, la persona puede seguir por Internet los avatares de ese pelo: de principio a piedra, que puede salir tan barato –es un decir– como 2500 dólares o volverse tan preciosa como para trepar al millón de dólares. ¿Qué determina el valor? “El color del diamante, que indica cuánto tiempo y consumo de energía llevó el proceso.” “El amarillo, o ámbar, es el más barato, porque lleva menos tiempo. El transparente es el más caro. En el medio, están el verde y el azul.”

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