VERANO12

Delicadeza

 Por Liliana Heker

El cuento por su autor

Después de varios años de casi no poder escribir ficción y a fuerza de indagar con una mezcla de susto e impiedad qué diablos me estaba pasando, a fines de 2010 pude por fin recuperar eso que a partir de entonces empecé a llamar estado de cuento: páginas amarillentas escritas hacía décadas en mi Remington, episodios mínimos que me habían dejado su huella, obsesiones o terrores que vienen de lejos y pedían ser escritos, fueron encontrando su historia y su forma. Más allá de la prolongada demora de esa vez, esta es la manera en que suelo escribir ficción: un hecho imperceptible, una ocurrencia súbita, una distracción o un traspié, enciende en mí una luz de alerta y me indica que de ahí, algún día, va a salir un cuento. Unas veces lo anoto; otras, dejo que el indicio simplemente se acomode en mi memoria, adentro de ese registro ecléctico de “cuentos que algún día voy a escribir”, un soporte o colchón que necesito casi tanto como el aire pero que no me provoca la menor ansiedad.

Aprendí que, por lo general, mis ideas tienen que ir leudando y confío en que algún día van a estar a punto. No puedo asegurar que ocurra siempre. Lo que sí puedo asegurar es que, salvo excepciones (casi todas sucedidas antes de mis 23 años), cada una de mis ficciones requirió ese tiempo de espera y tiene en su historia varios intentos fallidos (a veces se queda sólo en eso o termina obrando apenas como un episodio de otra ficción). De uno u otro modo, todos los textos que originariamente iban a constituir mi libro La muerte de Dios soportaron ese estado de latencia. Pero hubo un accidente. Los cuentos ya estaban escritos o semiescritos (uno solo, ” Pacto de sangre”, andaba prendido con alfileres pero igual ocupaba su lugar), el orden que había encontrado me parecía cristalino, y la fecha de entrega estaba bien próxima, cuando el accidente sucedió. Julia Saltzmann, mi queridísima y lúcida editora, insinuó que, para ella, el cuento que yo había puesto primero iría mejor como último, y viceversa. Lo pensé un día entero y al fin entendí que tenía razón. Sólo que, dentro de ese nuevo orden, el ya vacilante “Pacto de sangre” se volvía banal. Apenas lo descubrí lo saqué sin contemplaciones. El problema era que entonces me quedaba un hueco, algo que –yo sabía– le estaba faltando ahora al libro y lo desbalanceada. Para colmo, con la extracción el número de cuentos quedaba par (una manía inclaudicable me exige que mis libros tengan un número impar de cuentos). Por partida doble, entonces, debía llenar el hueco, y en muy pocos días ¿Fue esa presión, o fueron la libertad y el vértigo con que yo venía escribiendo durante todo ese último año? No sé; lo cierto es que algo se soltó en mí y que cierto estado de inminencia que yo creía perdido en la noche de los tiempos volvió a invadirme.

De algún modo, las cosas no ocurrieron muy diferentes que en otros cuentos, pero fueron más vertiginosas: una cuestión social que, entre varias otras, me enfurece, se puso imperativamente en primer plano. Casi sin vacilación di con la trama en la que esa cuestión podría cuajar. Ahí nomás me senté ante la PC y le di rienda suelta. Se presentó un problema de orden práctico: en la historia había una pérdida de agua y, como es de suponer, yo de plomería no sé nada. Pero para eso están los amigos. Alejandro Barberis, experto en el tema, acudió solidario a mi llamado y me dio las nociones que me hacían falta. El resto, como siempre, fue locura personal, fue oficio, fueron las diversas experiencias vividas que, como capas geológicas, van dejando su sedimento e irrumpen justo cuando uno las necesita. Estaba más o menos por la mitad cuando el final me cantó en la cabeza (no hablo del final anecdótico: ése siempre lo sé cuando me siento a escribir un cuento; es más, yo diría que la idea de un cuento y su final son casi lo mismo). Lo que me cantó, lo que se instaló en mi cabeza como una música, son las palabras del final. Cuando eso me pasa con un cuento, sé que no voy a parar hasta terminarlo. Los finales que cantan en la oreja son un hecho afortunado: atrapan como un imán o como un embudo y todo lo que una escribe converge gozosamente hacia esa música.

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