DEPORTES › OPINION

Jugaba de dos, era un número uno

 Por Juan José Panno

El primer nombre que surge cada vez que se arma una selección argentina de todos los tiempos es el de Roberto Perfumo. Desde hace más o menos cuarenta años que viene siendo así. Se lo elegía cuando jugaba en Racing y era un pibe, cuando se fue a Brasil (y se lo extrañaba), cuando volvió para ser campeón con River y también después, cuando colgó los botines. Nadie que lo vio jugar duda: fue uno de los mejores futbolistas de nuestra historia.

Lo adoraban en Racing porque fue una columna en tándem con el Coco Basile (juntos en la foto) en el equipo de José, lo idolatraban en River, cuando volvió para salir campeón en el 75 y lo respetaban los hinchas de todos los demás equipos, que siempre lo pedían para la selección nacional.

Era crack. Manejaba la pelota con la ductilidad de un volante creativo, pero nunca hacía una de más, cabeceaba muy bien y tenía una gran noción de tiempo y distancia, para anticipar. Imponía su presencia con su juego y también porque no medía el tamaño de los tapones ni se preocupaba mucho por las posibles marcas de esos tapones en las piernas de los rivales. “Creo que con estos tiempos, con tantas cámaras de televisión yo no podría haber jugado; me echaban todos los partidos”, exageraba divertido. Era un hábil declarante, en cada reportaje dejaba media docena de títulos posibles y era además un maravilloso contador de anécdotas. El día del 4 a 0 contra Holanda en el Mundial de 1974, después del segundo gol la pelota se fue afuera, el arquero Carnevali salió corriendo apurado para sacar y entonces se produjo este diálogo:

–¿Qué hacés?

–Voy a buscar la pelota, estamos perdiendo.

–No, no seas boludo, no te apurés... hay que hacer tiempo, éstos nos meten diez.

Era tanguero Perfumo. Acaso porque en su infancia, en Sarandí, escuchó el rezongo de los bandoneones bajo el emparrado de su patio viejo y vio el desfile de las inclemencias con sus pobres ojos llorosos y abiertos, como dicen los versos de “La cumparsita”. Ya antes de llegar a River solía encontrarse con el Gordo Aníbal Troilo en los baños turcos del Hotel Castelar. Y contó alguna vez: “Un día, el Gordo Troilo, que era un sabio, me dijo que el tango es fácil o es imposible. Y eso yo lo aplico al fútbol porque es igual; si sabés, todo es más fácil, si no sabés es imposible”.

Al mariscal Perfumo lo disfrutamos en la cancha, en las charlas de café en sus comentarios en la tele, con ese plus de los que la saben de verdad y en sus columnas siempre picantes y polémicas en el diario Olé.

Era un grande de verdad, Roberto.

Jugaba con el dos, pero como jugador y como persona era un verdadero número uno.

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