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Argentina y las (des)calificadoras

 Por Oscar R. González *

“El liberalismo participa de un mecanismo en el que tendrá que arbitrar a cada instante la libertad y la seguridad de los individuos alrededor de la noción de peligro”, escribió Michel Foucault en Nacimiento de la biopolítica. Treinta años después, con el neoliberalismo tocando sus límites y el capitalismo financiero atravesando una formidable crisis global, los estudios de Foucault, que luego desarrollara Giorgio Agamben en El Estado de excepción, tienen una dramática vigencia y se actualizan en las prácticas terroristas –no sólo militares– de un sistema depredador.

En estos días, tres calificadoras de riesgo han advertido sobre los peligros de invertir en la Argentina. Primero, Standard & Poors rebajó la nota de deuda soberana del país alegando “la inesperada propuesta del Ejecutivo de transferir el sistema de jubilación privada al Estado, que ha sacudido los mercados financieros y la confianza general”. Luego, otra “calificadora” –Fitch– anunció un “sombrío panorama” para el 2009 motivado por “la falta de confianza institucional”, en tanto que Moody’s señaló que “los países con alto riesgo son Argentina, Bolivia y Ecuador”.

Curiosamente, estas voces emergen entre los escombros de un sistema financiero para castigar a la Argentina, entre otras cosas, por haber osado recuperar las jubilaciones de un circuito financiero especulativo y devolvérselas a sus legítimos dueños, los trabajadores y retirados.

No importan los innumerables “errores” de Standard & Poors, entre ellos haber calificado al banco de inversión Lehman Brothers con la nota más alta sólo un mes antes de su bancarrota, induciendo a innumerables ahorristas a confiar ciegamente en esa financiera. Es que, en rigor, las calificadoras de riesgo son parte de un sistema férreo de control y protección de los intereses del capitalismo financiero, en el que la amenaza y la extorsión son el sustrato. Por ejemplo, el Mercosur, pese a sus históricas dificultades para avanzar en un verdadero proceso de integración regional, sufrió los pronósticos catastrofistas de quienes aborrecían cualquier acuerdo regional ajeno al Tratado de Libre Comercio de las Américas que Washington intentaba imponer en el continente.

Así, Wall Street se vale del terror financiero, del mismo modo que los ejércitos de los Bush ejercieron el terror militar en Irak y Afganistán para asegurar las inversiones y la demanda energética de los Estados Unidos. Y aún en medio de la crisis y cuando sólo quedan jirones del prestigio de las “calificadoras” de riesgo y de los gurúes financieros, estas entidades hablan desde un lugar de autoridad que, en lo más hondo, se sustenta en aquella hegemonía económica, política y militar porque, como Lewis Caroll le hizo decir a Humpty Dumpty, “no importa lo que las palabras quieran decir sino quién tiene el poder”.

Pese a la gran capacidad de daño que aún conservan engendros como S & P y las demás (des)calificadoras, no cabe duda de que forman parte de un mundo que se desquicia, aunque su reemplazo sea aún impredecible.

Sin embargo, la transición hacia una reconfiguración de la economía y del poder global ofrece nuevas oportunidades a aquellos procesos que sepan congeniar acertadamente autonomía nacional e integración regional. Y los argentinos estamos en condiciones de protagonizar uno de ellos.

* Dirigente socialista. Secretario de Relaciones Parlamentarias de la Jefatura de Gabinete.

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