EL MUNDO › OPINION

El precio de cada voto

 Por Eric Nepomuceno

Desde Río de Janeiro

En nuestros países, las elecciones suelen revelar algo más que los nombres de los ganadores: revelan zonas de una realidad que vive en las sombras. Ahora mismo, en Brasil, y en medio de una reñida disputa municipal (se eligen intendentes y concejales en octubre) cuyo peso principal no está en los resultados en sí, pero en lo que podrán significar en términos de alianzas para las elecciones presidenciales de 2014, un estudio muestra que detrás de un país puede existir otro, más absurdo, más real.

Tomando como base los rigurosos datos del IBGE (Instituto Brasileño de Geografía y Estadística) es posible constatar que en los cien municipios más pobres de Brasil las disputas para intendente y concejal pueden costar, en total, 97 millones de reales (unos 195 millones de pesos; o, para los dolarizados, unos 48 millones de dólares). Ese dineral irá para pagar pancartas, coches, manifestaciones populares, mitines, folletos, afiches, en fin, toda la parafernalia habitual en una elección.

La suma de electores de esos cien municipios más pobres de Brasil llega a unos 875 mil. Si se divide la cantidad de dinero empleado en las campañas, y se busca la media proporcional de recursos empleados por elector, se llega a 110 reales (unos 230 pesos, o, si se prefiere, 54 dólares) por cada votante. Diez veces más de lo que las campañas gastan por cada voto en Río de Janeiro.

O, si se prefiere: por ese valor total –unos 195 millones de pesos, unos 48 millones de dólares– sería posible establecer 40 guarderías infantiles de tiempo completo, 50 unidades de salud familiar y un sistema de drenaje y alcantarillado para todos los domicilios de todos esos municipios, que, vale reiterar, son los más pobres de mi país. Tómese como ejemplo Araioses, en el estado de Maranhao, el más miserable de Brasil. Uno de sus barrios, curiosamente llamado de Malvinas, no tiene agua tratada y desagüe, ni escuela, ni un puesto médico. De sus casas, 90 por ciento no tiene luz eléctrica. En cada vivienda se apretujan hasta 15 personas.

En toda la ciudad, los candidatos estiman gastar unos ocho millones de pesos para disputar los 31 mil votos de los electores locales. O sea: pretenden gastar 258 pesos por elector.

La mayoría de esos cien municipios tiene una población que no llega a ocho mil almas. Son calles de tierra y polvo, con casuchas de barro y techo de paja, con aires antiguos y pobreza permanente. En esos municipios, y no por acaso, están las mayores concentraciones de analfabetos de Brasil. Tómese como ejemplo Traipu, a unos 200 kilómetros de Maceió, capital de Alagoas. Siete de cada diez de sus habitantes no saben leer ni escribir. Los tres candidatos a intendente dicen que pretenden gastar un total de casi cinco millones de pesos para seducir a los 15 mil electores del lugar.

Lo más curioso es que en buena parte de esos municipios no hay campaña electoral por televisión por la sencilla razón de que no hay televisión local. Y como es en la propaganda televisiva que más se gasta, resta por saber dónde, en qué y cómo gastan tanto los postulantes de esos rincones de miseria.

Observar los datos de los municipios de un país en un año de elecciones municipales puede ser interesante. Puede revelar mucho más de lo que es revelado en los altisonantes discursos oficiales.

Por ejemplo: los 196 millones de brasileños están distribuidos en poco más de 5500 municipios. De ese total, menos de mil municipios tienen un servicio selectivo de colecta de basura. La mitad de los municipios brasileños no cuenta con servicio de colecta de res. Ni con alcantarillado. Casi la mitad no cuenta con red de iluminación pública. Los datos oficiales, del IBGE, vale reiterar, son confiables. Y quizá por eso sean tan temibles.

Volviendo a las cuentas: con 25 millones de pesos, poco más de la cuarta parte del total que se gastará para convencer electores, sería posible asegurar a un municipio de diez mil habitantes acceso a sanidad básica. En algunas ciudades, con 13 por ciento de lo que se gastará en campaña electoral sería posible ofrecer cobertura de salud a toda la población. En otras, se podría construir ocho guarderías, número suficiente para atender a la demanda reprimida.

En octubre, todos esos municipios sabrán quien será intendente y quien será concejal. Y sabrán también que nada cambiará en su horizonte de desolación y abandono. Y seguirán sin tener la menor idea de que democracia es otra cosa.

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