EL MUNDO › ULTRAS DE DERECHA PERO TAMBIEN SOCIALISTAS DESPRECIAN LA OTREDAD

Francia acentúa el racismo

Los ataques contra la ministra de Justicia, Christiane Taubira, llevaron el paradigma francés al paroxismo de la bajeza humana. Una candidata de la ultraderecha subió a Facebook un fotomontaje de Taubira representada como un mono.

 Por Eduardo Febbro

Desde París

Islamofobia, gitanofobia, extranjerofobia, eurofobia y, por qué no, mundofobia. El rumbo racista de Francia se acentúa cada año con una persistencia y una impunidad desconcertantes. El ex presidente conservador Nicolas Sarkozy inauguró la extranjerofobia a la cabeza del Estado, y, una vez en el poder, algunos socialistas cavaron la brecha. Los ataques de que fue objeto la ministra francesa de Justicia, Christiane Taubira, llevaron el paradigma francés al paroxismo de la bajeza humana. Taubira nació en Cayena, en la Guayana francesa, y es, desde su nombramiento en 2012, víctima de numerosas burlas. La última desató en el país una fuerte controversia: una candidata del partido de extrema derecha Frente Nacional, AnneSophie Leclere, colgó en su página de Facebook un fotomontaje de la ministra donde la representaba como un mono. Después, durante una serie de manifestaciones que tuvieron lugar en el país contra el matrimonio entre personas del mismo sexo, varias personas exhibían cáscaras de banana en la mano y trataban a la ministra de “gorila”. “Prefiero ver a la ministra colgada de la rama de un árbol antes que en el gobierno”, dijo la hoy excluida candidata del FN.

En una entrevista publicada por el diario Libération, la ministra francesa reaccionó ante estos oprobios que se repiten en un clima donde, en cuestiones raciales y opiniones sobre los extranjeros, todo vale sin que nadie se mosquee. “Estos ataques racistas son ataques contra el corazón de la República”, dice Christiane Taubira en la entrevista de Libération. En su respuesta a una situación cada vez más sui generis, la responsable política francesa, autora de la ley sobre el matrimonio homosexual, admite la profundidad del mal y el carácter irreparable del cambio de rumbo del país: “En nuestra sociedad, las cosas se están deteriorando. Es la cohesión social la que se está derribando, es la historia de una nación la que se pone en tela de juicio”. El análisis de Taubira es profundo y sin falsos jueguitos: la titular de la cartera de Justicia acota que estos excesos proceden de un “largo deslizamiento. Progresivamente, y aun durante la pasada presidencia, se construyó un enemigo interior. Aquellos que son incapaces de trazar un horizonte pasan su tiempo diciendo al pueblo francés que está invadido, sitiado, en peligro”. Esos son, en efecto, los ejes del discurso de la ultraderecha. Pero no sólo ella. También los socialistas, a través del actual ministro de Interior, Manuel Valls, incurrieron en ese trágico desliz que consistió en apuntar hacia ciertas categorías de extranjeros. En el caso de Manuel Valls, tal como lo habían hecho Nicolas Sarkozy y sus groseros ministros de Interior, contra los gitanos. Consciente de la frialdad oficial que se constata ante la repetición de agresiones verbales de carácter racista, Taubira resalta: “Lo que más me asombra es el hecho de que no hay más una bella y fuerte voz para alertar acerca de la deriva de la sociedad francesa”. La ministra considera que ante los insultos y el racismo de la extrema derecha, “la respuesta no estuvo a la altura”.

La intervención pública de la titular de la cartera de Justicia revela en su filigrana la ruptura dentro del Ejecutivo socialista en torno del tema de los extranjeros. Sin citarlo, Taubira apunta hacia el ministro de Interior, Manuel Valls, quien se destacó por su ataque frontal contra los gitanos, una minoría abierta y escandalosamente perseguida en toda Europa. Valls había dicho que los gitanos “tienen vocación de regresar a Bulgaria y Rumania”. Luego los asoció con la “mendicidad y la delincuencia”, se pronunció a favor de las “expulsiones” porque, según él, “esas poblaciones tienen modos de vida que son considerablemente diferentes a los nuestros”. No por nada es, hoy, el ministro más popular del gobierno de François Hollande. En este sentido, la responsable política francesa declaró que desde hacía un año se está “discutiendo prácticamente todos los días sobre ellos. Y se les sigue diciendo a los franceses: ustedes son 67 millones, pero sigan poniéndose un escudo en la cabeza porque están rodeados en vez de poner en práctica respuestas eficaces”. Taubira exclama después: “¡Basta de manipular a una comunidad!”.

El fantasma de la invasión recorre, sin embargo, el espectro nacional a pesar de que los gitanos sean sólo una comunidad de 17 mil personas y de que las cifras globales de Europa en lo que atañe a la inmigración están lejos de demostrar lo que se afirma. Dentro de la Unión Europea hay unos 30 millones de residentes nacidos fuera de la UE, lo que equivale al 6 por ciento de una población total de 500 millones de personas. El porcentaje de clandestinos está calculado entre 4, 5 y 8 millones de personas, o sea entre el 0,97 por ciento y el 1,37 por ciento de la población. A título comparativo, en los Estados Unidos hay 12 millones de clandestinos para una población de más de 300 millones de personas. Pero el miedo a la invasión, a la penetración cultural, navega sobre el espectro y el fantasma que la extrema derecha y sus imitadores instalaron en la conciencia nacional. No hay ni siquiera respeto por los mismos franceses. Hace unos días, cuando cuatro franceses secuestrados durante tres años en Níger fueron liberados, la líder del Frente Nacional, Marine Le Pen, se refirió a las barbas y a los pañuelos alrededor del cuello que llevaban los hombres. Marine Le Pen dijo que esa forma de vestir merecía “explicaciones” porque vio en ese atuendo el peligro de hombres que regresaban a su país luego de años de cautiverio convertidos al islamismo. Todo imaginario, pero a fuerza de reiterar y reiterar, lo imaginario ocupa el lugar de lo real y se torna odio, menoscabo. Un descenso vertiginoso a la boca del lobo.

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Taubira nació en Cayena, en la Guayana francesa.
 
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