EL MUNDO › EL IMPACTO ECONóMICO DEL ENCIERRO DE BELéN

“Somos cientos de desempleados”

 Por Donald Macintyre *

Aunque mejor que la vista de los bloques de cemento que forman la barrera militar frente a su departamento, la vista desde la ventana del costado a un patio de una escuela de la ONU nunca le había parecido tan especial a Suad Abu Aker. Hasta ayer. Era una posición tan ideal desde donde se podía ver al Papa hablando, que la musulmana de 48 años invitó a su amiga cristiana Gloria Elias para ver el espectáculo. “Los quiero”, dijo una encantada Elias de sus vecinos. “Son muy buenos amigos.”

Como el muro de separación es una preocupación central para Abu Aker y sus cinco hijos desempleados, el mensaje que dio el Pontífice fue especialmente bienvenido. Antes de su construcción, dijo Abu Aker, “había tierra del otro lado; el campesino nos dejaba recoger aceitunas y era un lugar donde los chicos podían jugar”. Eso importaba, ya que Aida es uno de los campos de refugiados más poblados de Cisjordania –5000 personas en 500 metros cuadrados–.

Pero el impacto económico del encierro de Belén ha sido más trascendental. Viuda de un contratista de la construcción, Abu Aker ha visto cómo se reducían sus ingresos porque sus hijos –como el mayor Wael de 27 años, que era un jardinero en Jerusalén– no pueden ya trabajar en Israel. La familia depende de las entregas de alimentos de la ONU. Su hermana, Suhair, estudia educación en la Universidad Abierta de Quds y quiere enseñar, pero no hay empleos. “Hay cientos como yo”, dice. Luego está Admed, de 22 años: “Amaba a una mujer, pero no podía casarse por falta de medios”, dijo su madre. “Estaba tan loco por ella que pedimos prestado dinero y se casó. Ahora se esconde debajo de la cama cada vez que alguien a quien le debe dinero llega a la puerta. Les pagará cuando consiga un trabajo.”

Los padres de Abu Aker huyeron de Malha en Jerusalén occidental después de la masacre de Dieir Yassin en 1948 y toda la familia dice que sueña con volver a su hogar, ahora ocupado por los israelíes. Pero su hijo de 21 años, Ali, dice que por ahora sólo tiene un deseo: “Tener trabajo”. Su hermano Wael asiente: “Quiero que el muro se caiga. Del derecho a volver, podemos hablar después”.

* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.

Traducción: Celita Doyhambéhère.

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