EL PAíS › OPINION

Splits y ventiladores

 Por Mario Wainfeld

Anécdota 1: Hace alrededor de dos años, el cronista se cruzó con Néstor Kirchner en un pasillo de la Casa Rosada. Página/12 estaría citado por algún funcionario de rango más bajo, el entonces presidente saldría del Salón Blanco en pos de su despacho. Se detuvo unos segundos, saludó y espetó un mensaje corto. Sacó un papelito del bolsillo (un gesto usual) y preguntó al cronista, data en mano, si conocía cuántos splits se habían vendido durante su mandato. Este diario lo ignoraba con holgura, se le espetó una cifra millonaria. Sin tomar aire, Kirchner estimó cuántos habrían sido adquiridos por gentes de clase alta o media alta. Los restó del total y concluyó que tantísimos hogares de clase media baja o trabajadora habían tenido por primera vez un aparato de aire acondicionado en su casa en el transcurso de su gobierno. Multiplicó la cifra por cuatro o cinco (familia tipo) y remató: “Millones de personas que por primera vez no se mueren de calor en verano. ¿Y sabe cuánto pagan de electricidad?” Eso sí era público, muy poco. “Por eso, porque hay millones de laburantes que viven mejor, tenemos tanto apoyo”, se solazó. Y, en su salsa, agregó su pizca confrontativa: “Y por eso hay tantos que nos detestan”.

Sería simplificar en exceso decir que ésa pretendía ser su política económica, pero sí resume trazos gruesos esenciales. El consenso construido a partir de la satisfacción inmediata de necesidades, el consumo como mecanismo dinamizador de la economía, de integración social y como restaurador de la autoestima. Uno de los pilares del primer peronismo, que supo ser más atento al ascenso simbólico y cultural de los trabajadores.

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Anécdota 2: En enero de este año, el cronista veraneaba en una casa del Gran Buenos Aires. Una ola de calor lo impulsó a reforzar su dotación con un ventilador más. Se corrió a un negocio de electrodomésticos en una ciudad provincial. No fue original, había docenas de personas agobiadas en pos de un ventilador, un turbo, un split. Forzado a esperar, el cronista pispeó un poco. La mayoría aplastante de los compradores provenía de barrios humildes. Caían con la plata justa o con menos. Muchos pedían crédito, se les concedía de volea. Algunos exhibían recibo de sueldo, otros eran informales, todos concertaban la venta. Un montón de ellos no calificaban como “sujeto de crédito” ni siquiera minorista: cero garantía, sin trabajo fijo, minga de tarjeta de crédito. Este diario pensó en la lógica del comerciante: los trabajadores son puntillosos con sus deudas, el margen debía ser amplio y cubrirse con los primeros pagos... eso no alcanza en tiempos de malaria. El cálculo del vendedor era que los muchachos seguirían teniendo capacidad de compra, que honrarían el crédito, que irían después en pos de otros aparatos. Los muchachos pensaban lo mismo y por eso se endeudaban no bien apretaba la canícula.

Si se quiere, a la hora de defender sus intereses, el comerciante y el comprador discurrían parecido a Kirchner. El crecimiento y la liquidez durarían.

En todo el mundo cundía un criterio similar, en líneas generales. El tren del crecimiento capitalista seguiría a toda máquina. En la Argentina no se controvertía esa premisa aunque había voces eruditas que advertían sobre el riesgo de desengancharse del tren si el Gobierno no enderezaba su rumbo.

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Desmoronados: La única verdad refutó las profecías de los médicos brujos y las de los profanos. El capitalismo global produjo una de sus crisis cíclicas, desnudando la falta de saber de los que se vanaglorian de poseerlo. Dados la magnitud de la crisis y la lógica que la explica, nadie puede justificar cómo no la auguró. Podría excusarse no predecir la fecha de partida, ni su velocidad ni su estricta magnitud pero jamás ignorar lo inexorable. Pero ocurrió, y el mundo pasó a otra pantalla. Por una vez, las consecuencias pegan más fuerte a los principales responsables. Los países centrales ya están en recesión, seguirán así en 2009.

Un pelotón de naciones conserva mejores prospectivas, supeditadas a una pila de factores, entre ellos su destreza para capear la recesión que les viene de afuera. Los países emergentes, los de América del Sur especialmente, integran ese colectivo. También China y los Estados del Sudeste Asiático, acaso los que mejor estaban y mejor pueden salir.

En este Sur, Argentina podría evitar la recesión y hasta tener unos puntos de crecimiento. Los pronósticos (que deben tomarse con pinzas desinfectadas) oscilan entre los que imaginan un descenso del PBI de uno o dos por ciento y los que vaticinan un aumento de hasta el cuatro por ciento. En ambos casos se computa algo así como dos puntos positivos de “arrastre estadístico”.

Si accediera a la mejor marca, la Argentina no sólo no se desengancharía del descangayado tren. Estaría entre los mejor colocados para transitar esta dura contingencia, dentro del marasmo que produjeron otros.

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El mismo juego, con menos barajas: Lo que ayer era pecado, así fuera por exceso, ahora es virtud y aun necesidad. Incitar el consumo está en el abecé del recetario antirrecesivo, el oficialismo es llevado al juego que mejor sabe y que más le gusta, con barajas menos potentes que las de su era de oro. Los anuncios de la Presidenta en Olivos buscan motivar lo que antaño se movía “solo”, apenas subiera la temperatura.

Las reacciones corporativas fueron las imaginables: satisfacción de los industriales, bronca intratable de la Federación Agraria, que no se dio tiempo de pensar que con retenciones móviles estaría mejor.

Si se observa más cerca, se nota un detalle normal, pero digno de mención. Aun entre los beneficiarios, las reacciones no son homogéneas. Las concesionarias de ventas de automotores están más conformes que las terminales. Las cadenas productivas no eslabonan solidaridades sino conflictos internos cuando no rencores rancios. El ejemplo prueba qué difícil es complacer a todos y, en perspectiva, qué torpe fue el Gobierno al unir en la protesta rural a tantas corporaciones que carecen de un proyecto común y, eventualmente, se detestan más de lo que se aman.

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Un consorcio bullanguero: La Presidenta apela al pragmatismo, lo que abarca mejorar los modales. Trato cortés y casi cordial a las representaciones empresarias, invitación a la casi infranqueable residencia de Olivos, renacimiento del Ministerio de la Producción son señales amigables.

El clima de época la ayuda para no resignar otros criterios. No es momento de conciliábulos con las patronales o con la banca. Los mandatarios, por doquier, deciden y ahí van. Compran activos tóxicos o los desinfectan sin solución de continuidad y sin mucho palique intermedio. En una situación apremiante, se supone que las sociedades esperan criterios firmes, decisión y no cabildeos. Un cuadro a pedir de boca de los Kirchner, si no se hubieran desangrado tanto en 2008.

Débora Giorgi desembarca en la vorágine, el plan que se urdió esta semana la tuvo como partícipe, no como autora principal. La ministra dice estar a sus anchas en una administración pragmática, que no tiene rubor en adecuar sus tácticas y no ceñirse a instructivos barridos por la crisis o a planificaciones rígidas. Tiene tramadas buenas relaciones con los sectores productivos, pero no piensa que haya que parlamentar con ellos día a día sino liderar desde el Estado.

Parte de su agenda es clásica. Tratar de evitar superposiciones entre reparticiones públicas que cumplen funciones similares, hay agencias de exportaciones en Cancillería y en Economía. También las tienen las provincias. Una porción de ese brete es lógica, en un sistema federal. A veces hay sinergia, a veces roces y se disipa energía. Tal vez se disimularon algo en un contexto generoso para las exportaciones. Durante años hubo compradores para la soja, para los arándanos, la yerba mate, los vinos, los cero kilómetro. Pero, ay, se truncó esa época propicia, paralela a la de los splits o ventiladores en el mercado local. En adelante, será más trabajoso ganar mercados o conservarlos. La innovación, el desarrollo tecnológico, siempre útiles, devienen imprescindibles.

Otros objetivos perennes reverdecen, con mayor exigencia: articular entre las agencias estatales (algunas muy eficientes) que dan soporte a la producción. El INTI, el INTA, el Ministerio de Ciencia y Tecnología recobran centralidad, tanto como el afán de acentuar su cooperación. Parece simple pero en este gobierno la articulación (y hasta los contactos perdurables) horizontal ha sido un punto flojo, sobredeterminado por la centralidad presidencial. En el kirchnerismo, como en los trenes que describía Scalabrini Ortiz, nada llega a su destino sin pasar por el centro de decisiones.

Giorgi trasmite a quien quiera oírla que las pymes, el mantenimiento de los puestos de trabajo y la formalización del empleo son obsesiones que comparte con la Presidenta. La ministra no ve incompatibilidad entre su afán exportador y esos fines. “Una pyme no sale al mundo si no ha cumplido un ciclo exitoso en su país, si no está formalizada, si no tiene aptitud para tomar crédito”.

La designación cayó de arrebato, tanto que el ministerio no tiene oficinas definitivas donde aposentarse, todo un karma en la función pública. La gente de Giorgi mora provisoriamente en un sólido edificio sito a espaldas de la Casa Rosada, frente al Ministerio de Defensa. Fue albergue de empresas públicas y diz que en una de sus oficinas se firmó la nacionalización de los ferrocarriles. Será morada de paso, mientras se acondiciona el sexto piso del edificio del Ministerio de Economía. Esa ubicación tiene su simbolismo: en el quinto para el ministro del ramo, Carlos Fernández, en pisos superiores sienta sus reales el Ministerio de Julio De Vido. Guillermo Moreno recorre todos los pasillos de ese consorcio que ya tuvo choques memorables entre los vecinos. Uno de los desafíos de Giorgi será encontrar un perfil visible, que bien le falta al Gobierno, y apañarse con los embates de vecinos tonantes con los que varios no soportaron convivir.

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Ni tsunami ni bola de cristal: Fastidia repetir el vocablo crisis una docena de veces en una sola nota. Y da bronca acudir a sinónimos-imágenes como “tsunami”, “terremoto” u otras furias de la naturaleza. La, ejem, catástrofe es producto de acciones humanas, de decisiones de particulares, economistas y dirigentes políticos. Ponerle cauce es una tarea de Hércules, confiada a seres humanos y no a semidioses.

Para volver al principio, interrumpida la época de crecimiento desenfrenado a la que apostó el kirchnerismo, su misión actual es conseguir que la Argentina mantenga sus variables principales y crezca un poco en un conjunto que tira a la recesión y el parate. Si se consigue, quedará bien ranqueada comparada con la mayoría de los países contemporáneos. Sería, también, la mejor respuesta local a una crisis mundial en los últimos cincuenta años, por decir poco.

El desenvolvimiento de ese reto tendrá que ver con hechos exógenos, de imposible control y también con el desempeño del oficialismo, vaya a saberse en qué proporciones. El cronista se abstiene, con estridencia, se hacer pronósticos: ya despotricó bastante contra lo que creen tener la bola de cristal.

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