EL PAíS › OPINION

El año en que lo constante fue la sorpresa

El gobierno de Cristina Kirchner se enfrentaba a la maldición del “segundo mandato”. Pero los hitos de su primer año no estaban en la agenda. La recuperación después de la caída y la conciencia de la necesidad de un liderazgo de crisis.

 Por Mario Wainfeld

Hasta 2007 apenas tres presidentes fueron reelegidos en elecciones libres y limpias. Sólo Carlos Menem terminó su segundo período, para perder al trote las elecciones y la jefatura de su partido. Hipólito Yrigoyen fue derrocado en 1930. Juan Domingo Perón fue depuesto en 1955 y no vivió para ver cómo caía su tercer gobierno en 1976. Con los precedentes a la vista, estaba escrito cuán arduo sería para el gobierno de Cristina Kirchner (que sin ser reelección se propuso más como continuidad que como cambio) superar la maldición del segundo mandato.

La dificultad no es sorpresa, sí lo fueron los hitos más perdurables de su primer año. No estaban en los papeles de nadie los tres más importantes: el conflicto con “el campo”, la crisis económico financiera internacional y la reestatización del sistema jubilatorio, en orden cronológico.

En igual sentido, la activación del peronismo en pos de tallar en la sucesión (pactada o conflictiva) era un dato. Tan es así que Néstor Kirchner le otorgó un papel central desde 2005, apenas derrotó al duhaldismo en Buenos Aires. Y, en el remoto principio de año, quiso reactivar al PJ para contener las ansias de los compañeros y darles un espacio de convivencia y visibilidad. En pelotón de díscolos potenciales estaban preinscriptos Carlos Reutemann, Felipe Solá y José Manuel de la Sota, que traspapelaron la oportunidad de ser candidatos a presidente en 2003.

La pura novedad, la epifanía, fue la emergencia de Julio Cobos, el mejor prospecto opositor para presidenciable en 2011.

También se podía suponer, a despecho de la grita de los gurúes de derecha, que no habría colapso energético y que se mantendrían, en general, los altos índices de empleo, los superávit gemelos y el crecimiento.

Claro que, nuevamente, estaba fuera de los periscopios la agenda económica global del segundo trimestre de 2008 y de los próximos años.

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La renta virtual: Cristina Fernández dejó pasar la oportunidad de renovar a fondo el Gabinete. La base está, pensó y movió contadas piezas. Fue un error pionero. Muchos relevos no queridos hubo en 2008, más significativos que los iniciales. Así y todo, el enfrentamiento por las retenciones móviles fue el hito inicial de la gestión. Mirado ahora, se potencia el acre sabor de esos meses. En pocos meses se hizo trizas un implícito compartido desde las dos trincheras: suponían estar pugnando por una renta futura en un prolongado ciclo ascendente. Era un espejismo, se terminaba una etapa. Nadie se percató, en algún sentido la contienda fue de balde.

Si ponemos entre paréntesis lo que sabemos ahora (que limita el sentido de casi todo), podemos repasar lo que dijimos entonces. El Gobierno tenía razones para mejorar la recaudación y requerir un esfuerzo adicional a los sectores más favorecidos por el alza de las materias primas. Lo malversó con una seguidilla inenarrable de errores de gestión, de política, de comunicación. Equiparó una discusión política a la madre de todas las batallas, se encerró en su cúpula. Al final del conflicto los Kirchner, Carlos Zannini, Julio de Vido y Guillermo Moreno tenían una visión exclusiva, extrema, diferente a la de todos sus compañeros, incluidos los más afines y comprometidos.

Las entidades agropecuarias abusaron de la acción directa, con niveles de lesividad desconocidos en toda la historia argentina. Abusaron de la autocontención del Gobierno para reprimir. Junto a la oposición y los grandes medios de difusión transitaron entre la deslegitimación intolerante y el ansia destituyente.

La sinrazón de los antagonistas no termina de dispensar al Gobierno que debía tener tino para medir la correlación de fuerzas (crecientemente adversa) y la crispación ciudadana que le “comía” su primer semestre.

La remisión al Congreso fue paliativa. En ese trance, la Casa Rosada enhebró otra ristra de torpezas cotidianas que remataron cuando, in extremis, se dejó votar a Cobos, cuyo dictamen no positivo era ya conocido, tanto como avizorable era su futuro venturoso.

La política tiene reglas más impiadosas que las fábulas, el gran beneficiario de la contienda no fue “el campo”, ni la oposición en conjunto, sino el dirigente que nada arriesgó, el que jugó sobre seguro, quien burló su compromiso institucional.

Se drenó el poder político, crecieron las corporaciones, el Gobierno se desangró. La madre de todas las batallas se perdió del peor modo imaginable. Los costos fueron siderales, pero menores a los calculados. El oficialismo tomó nota, se autocriticó en los hechos y siguió adelante. Cayó mucho, desde entonces remontó.

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Cuesta arriba: Escarmentada, la Presidenta asignó un nuevo rol al Congreso, concedió más aire a sus operadores parlamentarios. De la intransigente búsqueda de leyes aprobadas a libro cerrado se derivó a un método más intrincado y fértil, el de permitir meter cuchara a la oposición. Se construyeron coaliciones transitorias, mayorías claras para votar la estatización de Aerolíneas y más tarde la reforma del sistema jubilatorio.

El Gobierno retomó centralidad e iniciativa. Desaparecido el mágico pegamento de las retenciones, la oposición perdió espíritu de cuerpo y volumen, aunque el radicalismo quedó fortalecido por la virtualidad de Cobos.

Cuando detonó el colapso económico, la Presidenta había recobrado protagonismo y levantado un poco su imagen. Néstor Kirchner venía zurciendo la horadada relación con gobernadores, intendentes y legisladores peronistas.

Las primeras reacciones del Gobierno fueron interesantes, con su punto más alto en la reforma previsional, un paso histórico con buen saldo para las arcas del fisco. En esa jugada audaz el kirchnerismo reversionó sus primeros años, cuando emprendió una reparación “por izquierda”. Ningún manual tenía escrito que la salida era sumar (y no reprimir) a los movimientos sociales, negociar firmemente la deuda externa, enjuiciar a la Corte Suprema y reformularla con sesgo progresivo y de calidad, comprometerse al mango en materia de derechos humanos. El programa se completaba con conductas pragmáticas, propias de otros linajes: la ambición por recaudar, los equilibrios fiscales, el aumento constante de las reservas. La eutanasia de las AFJP tiene ese tono disruptivo. Otras medidas, las anunciadas esta semana, podrían haber sido tomadas por cualquier otro gobierno, lo que no las descalifica en tropel pero marca un límite en la ruptura. Dejemos en el limbo al plan de obras públicas, hasta que se conozca algo preciso.

En promedio, la Presidenta se percata de la necesidad de un liderazgo de crisis, requirente de intervención estatal, decisionismo cotidiano (dos dotes del kirchnerismo) y una gestión fina, una de sus carencias. Copa la parada a pura acción.

La rodea un elenco flojo para tamaño reto. La palabra oficial ha perdido predicamento, pocos paladines de la presidenta Cristina se valen para atenuar ese déficit. Carlos Tomada y Amado Boudou probaron que es posible hablar en nombre del oficialismo sin ahuyentar y convencer, cuando se debatieron las jubilaciones móviles y la reforma previsional. Ricardo Jaime complicó el cometido de los diputados y senadores del Frente para la Victoria en la ley sobre Aerolíneas. Son ejemplos aleccionadores, no siempre se los internaliza.

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El hecho rarito: El peronismo suele ser descripto como parte de la excepcionalidad argentina, como el ornitorrinco de la historia, la especie inclasificable. Algo hay, cómo negarlo, pero en estas pampas se observa poco lo que sucede en el resto del mundo. Todos somos parientes de nuestros contemporáneos, también el peronismo con sus distintas versiones durante 60 años. En la posguerra, en los albores de los “30 años gloriosos”, estaba de moda el Estado providencia. El peronismo participó en esa batida, aunque extremó la posición: implementó el Estado benefactor más extendido y la mayor cantidad de normas protectoras que se hayan conocido en este Sur.

En los ’90, en el frenesí neo-con, el peronismo desmanteló como nadie el patrimonio estatal y arrasó con las conquistas de trabajadores.

En este siglo, el peronismo (en su versión kirchnerista) también se enrola en una tendencia general, la de gobiernos populistas, centroizquierdistas o filosocialistas. Críticos de las reformas noventistas, con arrestos de independencia respecto de Washington, con base en los sectores populares y enfrentados a oposiciones de derecha con franco apoyo de los grandes medios de difusión. Esto dicho, el cronista se las ve en figurillas porque el kirchnerismo le resulta diferente al peronismo de Perón o al de Menem: no es el más drástico de ese colectivo. Ese papel les calza a los gobiernos de Venezuela, Ecuador o Bolivia frente a los moderados de Brasil, Chile y Uruguay. En esta tipología, el kirchnerismo sería el más blando de los duros o el más cálido de los templados, usted dirá. En cualquier supuesto es menos enfático que los “otros peronismos”, aunque la cultura política local no lo detecte. La cultura local, se subraya, abarca al kirchnerismo y a sus opositores.

En los recientes 25 años, el peronismo fue quien debió dar respuesta a las grandes crisis económicas, desde 1989 y desde 2002. Ahora, por esos azares de la vida, se topa con un cambio de panorama mundial, en medio de su gestión. Sobrellevarla es su mayor desafío, que viene acollarado con el de mantener su mayoría electoral. Kirchner duplicó sus votos, una proeza que siempre lo tuvo en ascenso. Cristina Kirchner afronta un intríngulis mayor, recuperarse de la caída, lo que no consiguieron ni Alfonsín ni Menem.

Hace un año se suponía que era competitiva. Hace seis meses, que no tenía ninguna posibilidad. Ahora el juego vuelve a estar abierto, difícil como todos los segundos mandatos.

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Imagen: DyN
 
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