EL PAIS › MURIO HAIG, CANCILLER DE REAGAN DURANTE LA GUERRA DE MALVINAS

La muerte del halcón negro

Republicano de línea dura, fue ministro de Nixon y jefe de la OTAN. Reagan lo mandó a mediar entre el “majestuoso” Galtieri, con quien coordinó el envío de instructores paramilitares a Centroamérica, y la aliada Thatcher.

Ayer murió, a los 85 años, el general Alexander Haig, famoso por sus correrías políticas que lo colocaron en el centro de varios de los peores momentos de la historia de Estados Unidos. Haig fue alto funcionario de Richard Nixon en pleno Watergate y fue ministro de Ronald Reagan a tiempo de participar en el affaire Irán-Contras, de llamar a Leopoldo Galtieri un “general majestuoso” y de fallar tratando de mediar en la guerra de Malvinas.

Haig quiso ser candidato republicano a presidente en 1988, perdiendo la interna frente al primer George Bush y aceptando retirarse de la vida pública. Esta había comenzado cuando sirvió en las guerras de Corea y Vietnam y llegó a vicejefe del Ejército en 1973, mientras era asesor en temas de seguridad nacional de Henry Kissinger, en ese momento secretario de Estado. Fue allí que ese notable paranoico, Richard Nixon, lo “descubrió” y le tomó confianza. Un buen día, Haig apareció como jefe de Gabinete del ya acosado Nixon.

El escándalo del espionaje a las oficinas del Partido Demócrata en las torres de Watergate ya estaba paralizando el gobierno. Haig fue el negociador entre la Casa Blanca y el Congreso. Quienes lo estimaban –y no eran pocos entre los halcones republicanos– le daban crédito por haber convencido a Nixon de renunciar en lugar de pasar por un juicio político. Fue un momento en que el general mostró un toque sutil que luego le faltaría, manejando el ego herido del presidente renunciante, de modo de lograr una transición tersa hacia el vicepresidente Gerald Ford, que no lo estimaba en absoluto. Haig siguió en su cargo apenas unas semanas luego del pase de mando: Nixon se fue el 9 de agosto de 1974, Haig unos días después. Los amantes de las conspiraciones hasta agregan que aceptó renunciar mansamente a cambio del perdón presidencial a su viejo jefe, firmado por Ford el 8 de septiembre.

No es que el general se haya ido a casa. El nuevo presidente lo envió como jefe militar de la OTAN y Haig vivió en Europa hasta 1979, bien entrado el gobierno de James Carter. El demócrata finalmente decidió un cambio y el general se encontró por primera vez sin un cargo. Entonces se dio su único y breve paso por un empleo, como director ejecutivo de la contratista militar United Technologies, aficionada a tener como ejecutivos a jefes militares de alto rango y bien conectados.

Fue el halcón republicano Ronald Reagan, recién elegido, quien lo devolvió al ruedo político. Para sorpresa general, lo puso al frente de la diplomacia de Estados Unidos como secretario de Estado. Fue Haig quien se encontró con la sorpresa de la perestroika y ayudó a armar la guerra sucia en Nicaragua. Y quien articuló relaciones amistosas y plenas de garantías con las juntas militares latinoamericanas, maltratadas por Carter. Así se conocieron con el “majestuoso” Galtieri.

Estos contactos de Haig explican que durara un par de años en el cargo luego de mandarse una de las torpezas más notables de la historia institucional de su país. El 30 de marzo de 1981, Reagan fue baleado en un atentado que casi le cuesta la vida. Haig inmediatamente dio una conferencia de prensa en la Casa Blanca y anunció que “yo estoy a cargo”. Era increíble, ya que el ministro no sólo tenía un jefe de Gabinete como jefe inmediato, sino que estaba por debajo del vicepresidente, del presidente de la Cámara de Representantes y hasta del miembro más antiguo del Senado en el orden de sucesión.

Esta obsesión por el poder cayó muy mal y puso nerviosos a aliados y enemigos. De ahí le venía su sobrenombre de “Doctor Strangelove”, por el personaje de la película de Kubrick. Siguió en el cargo hasta el fin de la guerra de Malvinas, un conflicto que no pudo manejar, entre otras cosas porque ambas partes en la guerra lo veían bastante debilitado.

Lo reemplazó el más gris y tranquilo George Shultz, que trajo de vuelta un clima de tranquilidad, dentro y fuera del gobierno. Ayer, Shultz lo recordó amablemente como “un patriota entre patriotas”. Hay mejores calificativos.

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Haig y Galtieri en Buenos Aires, mostrando sus buenas relaciones durante la guerra.
 
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