EL PAIS › OPINION

Manuel Belgrano y la educación

 Por Alberto Sileoni *

En el imaginario colectivo suele predominar la figura de Sarmiento como el gran padre de la educación argentina. Por supuesto que el sanjuanino hizo méritos suficientes como para quedar en la memoria afectiva de todos los argentinos, por su tarea profunda a favor de la educación popular.

Sin embargo, mucho antes de sus valiosos aportes, hubo compatriotas que hicieron oír sus voces, llamando a la construcción de un Estado educador que incluyera a todos y a todas. Uno de ellos fue sin duda –y con un lugar destacado– Manuel Belgrano.

Un nuevo aniversario de su muerte es, entonces, una buena oportunidad para recordar a ese argentino, que fue uno de los primeros políticos preocupados por la educación en nuestro país. Un visionario cuyas afirmaciones, casi doscientos años después, conservan una iluminadora vigencia.

Desde las páginas del Correo de Comercio de Buenos Aires, ya en marzo de 1810, Belgrano advertía de la necesidad e importancia de crear escuelas primarias en las ciudades, villas y parroquias, con fondos públicos. Sostenía que en la campaña “residen los principales contribuyentes a aquellos ramos [de la educación] y a quienes de justicia se les debe una retribución tan necesaria”. Y, a su vez, pedía: “Obliguen los jueces a los padres a que manden a sus hijos a la escuela, por todos los medios que la prudencia es capaz de dictar, y si hubiere algunos que desconociendo tan sagrada obligación se resistieren a su cumplimiento, como verdaderos padres que son de la patria, tomen a su cargo los hijos de ella y pónganlos al cuidado de personas que los atiendan”. Reclamo que bien podría leerse como inspirador de la Asignación Universal por Hijo.

Efectivamente, los escritos de Belgrano en el Correo de Comercio –como sus Memorias de 1796– referidos a la educación lo ubican como uno de los impulsores de la escuela argentina, bastante tiempo antes de que otros realizaran sus aportes.

Nació en 1770 y fue el octavo hijo de los dieciséis que tuvieron sus padres, un italiano y una criolla hija de santiagueños. Desde 1794 hasta los sucesos de Mayo de 1810, ocupó el cargo de secretario perpetuo del Real Consulado de Industria y Comercio del Virreinato del Río de la Plata, un virtual ministro de Economía de estas tierras, lo que para un criollo era casi una proeza. Y desde ese lugar pensó en “escuelas gratuitas, adonde pueden los infelices mandar a sus hijos, sin tener que pagar cosa alguna por su instrucción; allí se les podrá inspirar amor al trabajo, pues en un pueblo donde reine la ociosidad (...) toma su lugar la miseria”.

Propuso que los niños aprendieran las primeras letras junto con matemática básica y el catecismo, para luego ser recibidos por los maestros de oficios en escuelas distribuidas en todos los barrios, sin distinción de clases. Escuelas gratuitas para todos, como herramienta para luchar contra la ociosidad y la miseria, expresión que hacemos nuestra muchos años después en el Ministerio de Educación de la Nación, trabajando para que todos los argentinos cumplan la educación obligatoria y de calidad, como condición necesaria para construir una democracia real.

Belgrano fue, además, un propulsor de la educación de las mujeres. Y más allá de que, a tono con la mirada de su época, prefería para las niñas las labores y otras tareas “femeninas”, lo singular de su pensamiento es que reparó en ellas como sujetos de derechos para sacarlas de la ignorancia y la postergación. También de avanzada fue su aliento a la creación de las escuelas de Comercio, Náutica y Dibujo, como el lugar otorgado a la escuela técnica, que imaginaba concentrada en cuestiones prácticas.

En 1813, cuando por sus victorias militares el Cabildo le donó 40 mil pesos, los destinó a la creación de cuatro escuelas en Tarija, Salta, Tucumán y Santiago del Estero, a la compra de útiles, becas y libros para los más pobres. Otros escritos suyos se refieren a la necesidad de relacionar educación y trabajo; y a pesar de haber sido un fisiócrata defensor del desarrollo agrícola, impulsó con el mismo fervor la producción y la industria.

Pero lo verdaderamente original de su pensamiento es que abrió el camino de la educación para los más desposeídos: los indios, los huérfanos y los pobres. Esa preocupación por incorporar a los que siempre habían estado olvidados, en cierto sentido, supone el comienzo de la educación de adultos en nuestras tierras. Así lo entendió, hace unos años, la recordada Dirección Nacional de Educación de Adultos, la querida Dinea, cuando consagró a Belgrano como patrono de esa modalidad educativa en nuestras tierras. Junto con sus desvelos por desarrollar la educación, hay otros rasgos de su pensamiento y su obra que son para destacar. Es bien conocido el hecho de que debe recurrir a un amigo para que se haga cargo de los gastos de su funeral, pagando los servicios del médico con su propio reloj. El general de la Nación, hombre de cuna afortunada, muere en medio de la estrechez económica. Esta es una de las virtudes más conmovedoras de muchos de nuestros padres fundadores, su sentido de la ética y del honor.

Por último, en Belgrano se destaca el sentido del deber; de estar donde manda la Patria. Como muchos porteños ilustrados, había estudiado gramática, filosofía y algo de teología. Tras ocho años en la Universidad de Salamanca, fue abogado, funcionario, economista, periodista; en suma, una formación intelectual cuyo destino era transitar por el mundo de las ideas. Y aunque jamás había vestido el uniforme militar, ni había recibido instrucción, cuando la Patria lo necesitó soldado decidió, sin dudarlo, presentarse en el frente de batalla.

Hoy más que nunca, en esta Argentina en la que recobramos desde 2003, con los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner, las esperanzas y el sentido de caminar juntos, es una responsabilidad recuperar la herencia de hombres como Belgrano. Aquella tierra por la que peleó junto a sus paisanos llegó, con los años, a constituirse en una Nación soberana, gracias a que hombres como él pusieron a su servicio pensamiento y acción, bienes y fortuna, la vida misma.

* Ministro de Educación de la Nación.

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