EL PAíS › EL TESTIMONIO DE UN MEDICO QUE TRABAJO EN EL HOSPITAL DEL TALAR DEL INGENIO LEDESMA

“Me obligaron a renunciar en la cárcel”

Miguel Angel Vadamar fue secuestrado en Jujuy, voló vendado y atado en el piso de un avión a la Unidad 9 de La Plata. El 16 de mayo de 1979 una escribana de la empresa Ledesma lo visitó en la cárcel en compañía de dos militares y lo obligó a firmar su renuncia.

 Por Alejandra Dandan

Miguel Angel Vadamar trabajó de médico pediatra en el hospital del Talar del Ingenio Ledesma en 1978. Lo secuestraron al final de ese año, estuvo desaparecido en Jujuy, voló vendado y atado en el piso de un avión a la Unidad 9 de La Plata. El 16 de mayo de 1979 una escribana de la empresa Ledesma lo visitó en la cárcel en compañía de dos militares y un hombre del Servicio Penitenciario. Lo obligó a firmar “su renuncia indeclinable” al puesto de “médico pediatra de la Administración del Ingenio Ledesma”. Esa historia quedó dormida hasta que las imágenes del juicio de Jujuy la despertaron. Los datos quedaron documentados en papeles que guardó la familia. Miguel Angel declaró en Santa Fe, donde vive, y su relato acaba de pasar a la Justicia federal jujeña. Para el fiscal Pablo Pelazzo es uno de los testimonios más importantes de la causa al Ingenio Ledesma.

Fiscales y especialistas laborales creen que la escena de la escribana –y por extensión la de la empresa– configura la figura extorsiva por la falta de libertad de acción de la víctima. Consultados por Página/12, compararon la situación con los empresarios obligados a firmar trasferencias de activos mientras estuvieron secuestrados. O los detenidos-desaparecidos obligados a firmar ventas fraguadas de sus bienes.

–¿Cómo llegó a trabajar al Ingenio?

–Yo soy de Santa Fe. Me fui a estudiar medicina a Córdoba, empiezo a militar en el ’73 aproximadamente, en la parte estudiantil. En el ’75, sin saber qué pasaba, empiezo a no tener más contacto con mis compañeros, y releyendo la historia me doy cuenta de cómo fue.

–¿En ese momento no se daban cuenta?

–No. Empecé a desconectarme. Dejé un poco el estudio, y en 1975 con todo el miedo del mundo empiezo a averiguar cómo hacer para seguir, porque para rendir materias en Córdoba, por cada una, teníamos que presentar certificados de buena conducta. La cuestión es que me animo, me dan el certificado y retomo los estudios. Me recibo en marzo del ’78. Yo trabajaba en la construcción y en una playa de estacionamiento del centro. Es ahí cuando conozco a un brigadier que guardaba su auto en la playa. Tenía una cochera y siempre me veía estudiar en la casilla del trabajo. Un día me dice que cuando me reciba le avise. El brigadier se llamaba Rafael Gandolfo. Cuando terminé, le comenté que me había recibido y me dijo: “¿Quiere ir a trabajar al Ingenio Ledesma?”. Yo ya tenía dos hijos y lo que venía de trabajo, lo agarraba.

–¿Qué pasó después?

–Se hizo el contrato a partir de este militar. Se ve que lo arregló todo por teléfono. Llegué mas o menos en agosto de 1978 a trabajar para Ledesma. En ese momento el Ingenio tenía tres hospitales. Uno en la fábrica de papel, alcohol y azúcar en el pueblo Libertador General San Martín; otro en Calilegua, a seis kilómetros, y un hospitalito que estaba a unos 40 o 50 kilómetros hacia Bolivia, en el pueblo del Talar. Me destinan ahí.

–¿Cómo era el trabajo?

–Es un pueblo muy chiquito, lleno de personas, sobre todo de zafreros de Bolivia, de Jujuy y un almacén de ramos generales, era muy poquita la cosa. Mi trabajo era ir todos los días al hospital. Hacer consultorio y atender lo que había que atender. Ahí aprendí a hacer pediatría, hice mis primeras armas en la medicina, veía cómo se moría la pobre gente en la zafra con las picaduras de víboras, he aprendido de todo. Nos trasladaban en camionetas porque la gente vivía en casillas que eran como trenes, en condiciones infrahumanas. La vida de pueblo me gustaba, trataba mucho con la gente. Un día viene la empresa y me da una orden de sacar una cédula de la Policía de la Provincia, y cuando lo hago salta una orden de captura. Ahí es cuando me detienen. Según averigüé después, me saltó la orden porque hacía tiempo había ido a visitar a un amigo a la cárcel de Coronda. Nos detuvieron a mí y a mi esposa.

–¿Cómo fue?

–Me hacen ir a la comisaría. Ahí veo los Falcon, veo camionetas del Ingenio, yo las conocía bien. Estábamos en la comisaría del Talar. Yo era muy respetado por el comisario por ser médico del pueblo, pero ya había unos tipos grandotes con armas largas y me dice: “Discúlpeme, doctor, pero está detenido”. Quedo en manos de otras personas, que empiezan a tratarme mal, me vendan, me llevan a los sopapos hasta los autos, me meten en uno. Después me entero de que otro grupo fue a mi casa, revolvió todo, estaban los chicos presentes. Estaba mi esposa, y antes de que se la lleven a ella les pidió dejar una valija con ropa para los chicos. Nos llevan a nosotros en autos diferentes. En ese momento nos imaginamos que nos mataban. A mí me depositan en un lugar que nunca supe qué fue. Pudo haber sido la Jefatura de Policía en San Salvador, pero estábamos en un pabellón en el que después me entero de que también estaba mi esposa, estuvimos como tres meses incomunicados.

–¿Sería la cárcel de Gorriti?

–La verdad, no sé. Como al mes de estar ahí me enfermo de una infección urinaria, tenía fiebre. Había un teniente que casi seguro es (José) Bulgheroni, me visitaba dos o tres veces a la semana y me mataba a palos. Un día aparece el obispo (José Miguel) Medina con una cruz de oro grandísima y me hace miércoles, verbalmente. Me trata mal, me dice que confiese todo... Yo lloraba. Lloraba porque cuando veo pasar una sotana –ahora soy ateo– me dije: un ser humano que aparece, me puedo descargar. Pero no. Me retó de arriba abajo, me insultó, me dijo que colabore con Dios, con la patria y con los militares, que cuente todo lo que yo sabía porque soy “un inmundo guerrillero”, una cosa así. Estuvo cinco minutos, y se fue. Después llega un traslado. Los traslados eran fuertes, violentos... Me llevan en avión. Me suben vendado, ahí viajé en el piso, esposado y acostado. Caigo en La Plata y de ahí a Rawson. Y en Rawson de nuevo a La Plata y me liberan en el ’80. Estuve casi todo el ’79 y ’80 detenido. Con la declaración, presenté todos los papeles que me parecían más importantes. En mis manos tengo la renuncia original.

–¿Cómo fue ese momento?

–Ya le digo la fecha ...(busca el papel): “El 16 de mayo de 1979”. Me sacan del pabellón y me llevan a una parte administrativa y ahí estaban esperándome. Dos militares, alguien del Servicio Penitenciario que por las insignias parecía de alta graduación, y la escribana Delia Benigna Anguis. Yo estaba esposado y todo lo demás y me obligan a firmar ese papel. Primero habló el del Servicio Penitenciario. Me dijo: “Acá vienen estos señores” y me dijo que yo tenía que firmar unos papeles. Trae mi Libreta de Enrolamiento. Habla la escribana y los dos militares me dan la orden: “Tiene que firmar la renuncia, sí o sí, así terminamos rápido”. Me hacen un acta muy modesta en la que digo: “Presento la renuncia indeclinable como médico pediatra de la Administración del Ingenio Ledesma”. Firmo yo y la escribana (ver imagen).

–¿Por qué una renuncia?

–La empresa necesitaba que yo me desligara de ellos, pienso. Uno no sabe si fue un acto inteligente, hacerme firmar, porque me podrían haber echado. Al faltar al trabajo, ellos podrían haberse lavado las manos...

–¿Usted pudo decir algo?

–Bueno, imaginate cómo es esa situación: un tipo detenido, que está esposado. Mucha alternativa no tenía. Los militares acompañaron a la escribana. En el texto, yo presento mi renuncia indeclinable al cargo de pediatra, porque allá me estaba dedicando más a la pediatría. El acta dice: “Firmo la presente en la ciudad de La Plata, capital de la Provincia de Buenos Aires, a los 16 días del mes de mayo de 1979”. Abajo la escribana escribió un “conste” y certifica que la firma es mía, mi número de libreta...

–¿Ella le dijo algo más?

–No mucho, me dijo: “Dada la situación, usted tiene que ir a firmar eso. Me manda la empresa”. Eso solo, estuvo más suave que los otros. Fue muy cortito, no tuve mucho que hablar.

Retrocediendo un poco

–¿Por qué la empresa le pidió un documento de Jujuy?

–Era una cédula de Jujuy. Yo lo tomé como algo natural. Como un trámite más. Pero fue necesario eso para que venga después la detención. A lo mejor ellos sabían algo y me hicieron hacer ese trámite.

–En la comisaría del Talar, usted habla de camionetas de Ledesma. A usted se lo llevan en coches. ¿Por qué están ahí entonces?

–Porque Ledesma es el pueblo, el pueblo es Ledesma. ¿Cómo te puedo decir? Es tan poderoso que no pasa nada si no es de Ledesma, el hospital, todo pasa por ahí. Hay que meterse en un pueblito muy chiquitito del interior, lejano, donde todo es del patrón, es el que les da de comer. Para todos los empleados era así, también el almacén que daba los bonos para comprar la mercadería. Todo era de Ledesma.

–Lo del brigadier, ¿por qué fue tan rápido?

–Yo también me pregunté eso. Pero creo que era porque tenía amigos en el directorio. El directorio tenía militares, uno de los que más se nombraban era (Alcides) López Aufranc.

–¿Qué pasó con sus hijos?

–Tengo un relato de un tío y de mi padre, que son los que se movieron esos días. A los chicos los tuvieron otros médicos del Talar, uno de apellido Ferro que ojalá lo pueda localizar para agradecerle algún día. Ellos se ponen en contacto con mi tío. Mi señora había alcanzado a darles un teléfono en Salta. Después Ferro tiene que renunciar a la empresa, lo obligaron a renunciar también. A los chicos los llevaron con la ropa que había dejado Diana y de Salta mi padre los trajo a Santa Fe. Pablo se cría con mis padres, y Alfredo con los abuelos maternos. Diana salió en el mismo momento que yo. Después nació nuestro tercer hijo, y después nos divorciamos. Ella borró todo, no quiere saber nada de nada. Yo me movilicé cuando leí las noticias de Ledesma, cuando empiezan los juicios en Jujuy, francamente me empecé a sentir mal, me vi diciendo: “Yo no puedo estar borrado en esto”.

–¿Qué escena le llamó mas la atención cuando decidió contar todo?

–Me movilizó la bronca de lo que vivieron mis hijos. Lo de uno, uno asume la responsabilidad, no me arrepiento de lo que uno hizo como joven, pero no los chicos. Eso me parece que es lo más importante. Pienso en toda la gente que no está y la que está y ha sufrido. Lo mío, no; me siento entero, me siento bien y si hubo que pagar y me tocó eso, ya está. Pero creo que tengo que ayudar un poco ahora, medio tarde quizá.

El acta de renuncia que Miguel Angel Vadamar firmó en la cárcel.

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