EL PAIS › OPINION

Apareció

 Por Mario Wainfeld

Mensajes de texto, llamadas, guasap, mails. “Parece que apareció el nieto de Estela”, primero. Y, al toque, “apareció el nieto de Estela”. Todos saben de qué y de quién se habla. La certeza sorprende, abomba, conmueve. Da motivos para compartir lágrimas, risas, abrazos y caricias materiales o a la distancia.

La sensación, por ahí, es la de una formidable novedad en la familia. Así que liberamos las emociones sin mayor empacho, moqueamos o reímos en grupo y con gratitud.

Escribir en un diario es un privilegio y una profesión, un servicio a quien nos lee. La labor del periodista es sumar a lo que el público ya conoce. Ahora, mientras se teclea, suena imposible o casi. ¿Qué se puede agregar a esas cinco palabras en un día que amaneció como tantos y que será histórico? Hay ocasiones en que los acontecimientos nos superan, revelan la limitación de nuestros recursos. “Apareció el nieto de Estela” está tan connotado o expresa tanto: las acotaciones se arriesgan a sonar redundantes.

Esta columna, entonces, será casi capicúa: empezará y terminará de modo parecido. En un intento de abrazar a los seres queridos cercanos, a los compañeros que persisten viviendo o a los que ya no están. De agradecerle y acompañar a Estela de Carlotto. Porque, como ella predica y encarna, esto es vida y construcción colectiva. Lo que llamamos “milagros” son sólo (nada menos) militancia y laburo concretados.

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Apareció el nieto de Estela. Sabemos “desde siempre” que es varón. No es “desde siempre”... pero hace décadas que las Abuelas nos iluminan y de algún modo conducen.

Ese bebé arrancado ahora es un hombre, al que su abuela buscó con tenacidad sin cejar en sus demás tareas. La ausencia familiar no le restó nada a la sonrisa plena que mostró cada vez que presentó a una nieta o a un nieto recuperado. El dolor no minó su ternura ni su capacidad para compartir.

Estela de Carlotto ejerce desde hace décadas un liderazgo ético luminoso. La firmeza armoniza con la sonrisa, la convicción con la palabra medida, justa. Es persuasiva, didáctica, ha adquirido una capacidad infrecuente de decir lo adecuado ante cada auditorio, sin sonar jamás a casete, sin contradecirse.

La labor de las Abuelas combina tenacidad, respeto por cada persona y una dulce alegría contagiosa.

Puede haber quien no comprenda el mestizaje entre la lucha y las sonrisas. Posiblemente le pase a quien nunca participó en acciones colectivas. Marchar juntos, reclamar, corear consignas, guardar silencios corales son comuniones. La fuerza conjunta, los afanes compartidos dotan una cuota de alegría. Tal vez porque más allá del pasado cruel y del presente sin respuestas se sabe (o se anhela, tanto da) que se está cimentando el futuro.

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Con mira estrecha los periodistas y muchos que no lo son llamamos “noticias” a los hechos, cuando el orden conceptual es inverso. Lo que se difundió ayer es, primero y principal, una gran hazaña humana. Fue construida en años de procura infatigable, de aprendizaje, de lecciones de vida, de desilusiones. Hecha noticia, recorrerá el mundo como un triunfo de la paz sobre la violencia, de la vida sobre la muerte, de los indómitos organismos de derechos humanos contra los represores y sus cómplices de toda laya.

Se da por hecho que los cronistas vamos narrando la historia. Confesemos que se hace a menudo a las apuradas, de a puchos, seguramente sin calibrar siempre la dimensión de los sucesos cotidianos. A menudo transitamos días o semanas de vacuidades, de cuestiones que serán olvidadas pronto o de primicias autosatisfactorias que no moverán la aguja.

“Apareció el nieto de Estela” zamarrea a las rutinas, compensa con creces tantas jornadas iguales a otras. Sabemos que este diario será recordado por ustedes, que lo están leyendo. Uno mismo quiere, en paralelo con el orgullo irrenunciable de escribir, “leer el Página de hoy”, el de mañana, el de pasado, el del domingo. Hay voces insustituibles, reconocidas, que uno ansía reencontrar.

Este es, qué tanto, el diario que mantuvo en alto las banderas cuando varios contradecían su pasado, callaban, urdían canjes, hacían real politik mezquina, pactaban impunidades o decretaban indultos. Este es el diario que desde hace miles de días persiste en publicar los recordatorios, la memoria de los seres queridos.

De identidades hablamos porque resistimos, cuando la lucha era de minorías, jamás de sectas. A menudo daba la impresión de estar perdida en muchos aspectos, lo que no llevó a bajar los brazos ni a dejar de amucharse. Ni a privarse de compartir con los lectores los avances, los sinsabores, las semblanzas de los nietos y nietas recuperados, las peripecias de los juicios.

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Apareció el nieto de Estela. La jueza federal María Romilda Servini de Cubría le avisa, ambas lloran. La trayectoria de Servini tiene lunares serios, como es regla entre los jueces federales. En materia de derechos humanos, lo suyo es intachable. Acaso el ejemplo concrete, ayude o incite a pensar cuán compleja es la realidad, cuán impropio tratar de pintarla en blanco o negro.

Estela de Carlotto habla de “reparación”. Le brillan los ojos, da gusto verla. No quería morirse sin ver a ese nieto. Los años pasan, muchas de sus compañeras se despidieron sin lograrlo. Hay 114 jóvenes que recobraron su identidad, distan de ser todos, nada debe detenerse. “Hay que seguir buscando”, se compromete Estela y sobran motivos para creer en su palabra.

Mucho se aprendió en el camino. En el trato dispensado a los primeros pibes hoy adultos, en comprender que cada historia personal es un universo propio. En “capturar” las herramientas de los medios masivos y adecuarlas al servicio de una causa noble. En generar conciencia a cómo hubiera lugar, sea con los recursos convencionales o en el espacio de un teleteatro popular. Congregando a trabajadores de la cultura o a los muchachos de la Selección.

La llama no se apagó con las leyes de la impunidad o los indultos. La creatividad jurídica de los organismos encontró hendijas. Los casos de los nietos apropiados fueron un ejemplo cabal.

La reapertura de los juicios a los genocidas no fue un fenómeno aislado. Su proyección trascendió las paredes de los edificios de los tribunales. Claro que fue en ese escenario institucional donde las víctimas recobraron la voz y la autoestima. Fueron testigos de cargo, sus recuerdos se admitieron como pruebas concluyentes. La sociedad democrática les reconoció entidad y credibilidad.

En el pasado les pesaba o dolía hablar: la culpa los asediaba, eventualmente las sospechas de quienes habían sido sus compañeros. Una prensa despiadada, aliada objetivamente con los represores, cumplió un rol en esa tarea destructiva.

Los años recientes fueron reparadores para los familiares de los compañeros detenidos desaparecidos, para las víctimas sobrevivientes, para los hijos y los nietos.

Testimonios judiciales, películas, obras de teatro, libros, discusiones públicas dan cuenta de un proceso de revisión rico, con escasos precedentes en el mundo, constante e inacabado. Lo que brota es torrentoso, para nada un relato único o lineal. Poder expresarse implicó también revolver la memoria. Cuestionar o pedir explicaciones a los padres, criticar, autocriticar o empacarse, reclamar cada cual desde su lugar y su historia. Tres generaciones toman la palabra, dialogan, se entrelazan, polemizan. Las familias y las naciones albergan debates, tensiones, enojos, homenajes, todo mezclado. La saga de las Abuelas se enhebra en ese contexto histórico.

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Apareció el nieto de Estela. Uno intuye que no tiene con qué darle a esa frase redonda: que no podrá competir con la primera sensación que asaltó ayer a quien ahora está leyendo.

Cada nieto que se recupera concreta y cifra una búsqueda de años. Cada cual y cada trayecto son únicos y forman parte de un todo: son humanos por antonomasia y mágicos al mismo tiempo.

La historia nos toca, por una vez con cariño. El hecho es tangible y también un símbolo. Uno no es quien para descifrarlo plenamente, se conforma con señalarlo. Entre todos iremos comprendiendo según pasen los años.

Apareció el nieto de Estela de Carlotto. Una mujer sencilla e impar, sacada a la calle por la crueldad criminal. Se capacitó andando, aprendió y enseñó como pocos contemporáneos. Tanto amor, tanta templanza y tanta ejemplaridad merecían ese día. Tan generoso es lo tuyo, compañera Estela, que nos enaltece, nos conmueve y nos conforta a muchos. Todos los lectores de este diario te besan, te abrazan y te agradecen. El que firma es uno entre ellos.

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Imagen: Télam
 
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