EL PAíS › OPINION

Vueltas y revueltas

Presidencialismo y ballottage, realidad americana. El precedente de 2007, la táctica de Kirchner. El rechazo versus la adhesión: una pulseada. Gobernabilidad tras la segunda vuelta, un aporte. La estabilidad kirchnerista, las vallas para quien quiera cambiarla. Debates, de acá, allá, antes y hoy.

 Por Mario Wainfeld

En 2007 el entonces presidente Néstor Kirchner se consagró a duplicar los votos obtenidos cuatro años antes. Sabía que Cristina Fernández de Kirchner era favorita en las elecciones pero consideraba forzoso que superara el piso de 45 por ciento para prevenir sobresaltos. Kirchner entendía que se había salido del infierno y se transitaba la etapa del Purgatorio y que para inocularse contra una regresión fatal serían necesarios diez años de gestión consecutivos, por lo menos.

La Concertación con los radicales fue la coalición de partidos gobernantes más ambiciosa de la historia nacional. Apuntaba a muchos objetivos: el de evitar un ballottage no era el único, ni el menor.

El esquema de la oferta opositora se asemejó a la actual aunque con menos atractivo a la hora de congregar votantes. La diputada Elisa Carrió consiguió muchos menos apoyos que el jefe de Gobierno Mauricio Macri el 25 de octubre pasado. El ex ministro Roberto Lavagna (con los colores de la UCR) quedó tercero con menos caudal que el conservado por el diputado Sergio Massa semanas atrás.

Hace ocho años se superó la valla constitucional que permitió respirar tranquilos aunque con el 40 por ciento hubiera alcanzado. Lo que Kirchner avizoraba como estratega era un aspecto clásico del ballottage: el rechazo a uno de los contendientes es uno de sus fundamentos, eventualmente mayor que la adhesión.

El gobernador Daniel Scioli quedó lejos del 45 por ciento y aún del “40 más 10 de diferencia”. El margen estrecho, el avance de atropellada y la mayoría de las encuestas disponibles colocan al jefe de Gobierno Mauricio Macri como favorito. Son los mismos sondeos que pifiaron feo hace un mes lo que los pone en tela de juicio pero no comprueba que ahora reincidan en el error.

El debate de hoy será una de las últimas movidas de campaña. El resto estará en la mente y la decisión de los ciudadanos cuyas preferencias se mostraron móviles, repentizadas, difíciles de predecir.

Una cuestión es qué candidato tiene el techo más bajo. Hace un par de meses era verosímil intuir que sería Macri: por su proveniencia territorial y social, amén de su ideología. Los guarismos disponibles y en particular el sorpresazo en la provincia de Buenos Aires son señales de cambio que no estaban en el menú.

Las predicciones y sondeos más difundidos tienen un sesgo no falaz pero no infalible. Proyectan preferencias políticas y centran la mirada en la territorialidad del voto. Tal vez la estratificación social sea un núcleo subestimado. Por lo pronto, incrementar el apoyo en los estratos más humildes es clave para sostener las chances de Scioli.

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Homogéneo e impreciso: Cambiemos articula una campaña homogénea, con un discurso único balsámico aunque desmentido por irrupciones de referentes económicos.

En el Frente para la Victoria (FpV) se perciben algunas divergencias parciales desaconsejables, irrupciones subjetivas de free riders poco atentos a un criterio general. La militancia y las bases se sacudieron la modorra triunfalista de la primera vuelta en la que muchos oficialistas, sobre todo en las primeras líneas, se almorzaron prematuramente la cena. El activismo popular agrega un factor conmovedor, dinámico e interesante cuyo potencial agrega incertidumbre a la imprevisibilidad. Es lo mejor que pasó, su impacto solo podrá calibrarse cuando se conozca el escrutinio.

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Presidencialistas pero con vueltas: El presidencialismo es el sistema político que vertebra a casi toda América, desde Tierra del Fuego hasta los mismísimos Estados Unidos. Una historia sedimentada explica esa preferencia, diferente a la de tantos países europeos.

En el ciclo ulterior a las dictaduras cívico-militares que asolaron América del Sur y Central, se fue instalando el sistema de doble vuelta para elegir mandatarios. Está vigente en 18 países, incluyendo Brasil, Uruguay, Bolivia, Chile y Uruguay los vecinos más afines.

Aníbal Pérez Liñán, un politólogo argentino que trabaja en la Universidad de Pittsburgh, los estudió rigurosa y empíricamente en un artículo titulado: “La reversión del resultado en la doble vuelta electoral: Una evaluación institucional del balotaje”.

Corrobora que en la mayoría de los comicios venció quien prevaleció en la primera vuelta. Fue también la tendencia en los ballottages provinciales registrados en la Argentina. Las excepciones son minoritarias pero no nimias numéricamente y se incrementan cuando el gap en primera vuelta es estrecho, como sucedió acá y ahora.

El recomendable estudio de Pérez Liñán propone una lectura que llama la atención, fundada en datos duros. Según sus propias palabras y resumen “(El balotaje) resulta innecesario cuando el candidato más votado en la primera vuelta recibe suficientes votos para garantizar su legitimidad y peligroso cuando el presidente electo en la segunda vuelta no obtiene suficiente respaldo para gobernar. El caso extremo de este problema se produce cuando se revierte el resultado de la primera vuelta y el candidato inicialmente perdedor obtiene la presidencia. Un análisis estadístico de 93 elecciones (1979-2006) confirma la relación entre reversión del resultado y crisis de gobernabilidad”. El especialista no saca su conclusión de la galera sino de una frondosa reseña de casos de surtidos países.

Como él mismo señala, la regla no es universal y los peligros se agravan si existen problemas preexistentes: inestabilidad institucional y fragmentación del sistema de partidos.

Un haz de precedentes transcurridos en distintas latitudes y coyunturas no vaticina lo que puede advenir en la Argentina. De todas formas, la gobernabilidad es un eje de cualquier análisis político prospectivo. Se debe centrar en las coordenadas locales y actuales. El kirchnerismo concretó doce años de gobernabilidad cimentada en variables muy novedosas para nuestro país. Crecimiento en los años más prósperos, bajo desempleo siempre, conservación de los puestos de trabajo en las épocas más duras. Al mismo tiempo, una estructura amplia de regulación del conflicto laboral mediante paritarias anuales, con número creciente de trabajadores sindicalizados y de actividades que se sumaron. Una vastísima red de cobertura social e inversión pública. Y una presencia constante de la protesta social de cualquier pelaje o pertenencia: la ocupación del espacio público valiéndose de recursos y lesividad que serían asombrosos (y ferozmente castigados) en otras latitudes. La revuelta y las militancias fueron constantes y no dan la impresión de querer bajar los brazos ni retroceder.

El esquema se mostró eficaz para preservar una (tensa o intensa o las dos cosas) paz social combinada con acciones que generaban mal humor de otros ciudadanos en el día a día. Alterarlo, como predica el macrismo todo el tiempo y Scioli a veces (como cuando abomina de los piquetes y promete combatirlos), es explorar un territorio ignoto: puede resultar o no.

El oficialismo que entre a la Casa Rosada el 10 de diciembre tendrá que vérselas con un Congreso no unánime (mucho más amigable para el FpV que sería primera minoría en Diputados y mayoría en el Senado), “la calle” altiva, jacobina y autoconsciente, organizaciones sociales atentas a los derechos adquiridos y que siempre “van por más”. El movimiento obrero podría a priori parecer más complaciente con mudanzas futuras pero solo podrá conservar un sesgo oficialista (con el que venza) si se conservan el valor adquisitivo del salario y el nivel de ocupación. Cooptar a las cúpulas no alcanzaría para frenar hipotéticas reacciones porque en la larga década han crecido el protagonismo y liderazgo de gremios alternativos y comisiones internas radicalizadas con notable gimnasia de protesta.

La legitimidad de origen del futuro presidente estará garantizada de entrada con el 50 por ciento. La legitimidad de ejercicio en el siglo XXI se mide y se expone cada día. Kirchner lo aprendió muy pronto (en verdad lo habían escarmentado los dos presidentes que lo antecedieron), Cristina siempre vivió con eso. Quien la releve no debería olvidarlo si aspira a la supervivencia y a procurar revalidación, dos objetivos esenciales para un mandatario democrático.

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Miedo, preocupaciones y milagros: En la cuenta regresiva hacia el veredicto popular son superfluos los comentarios a cuenta. Sí se puede colar que Jaime Durán Barba probó que se equivocaban los que tomaban en solfa sus tácticas de campaña y que PRO ya se alzó con más de lo que ambicionaba meses ha. Una campaña es un juego cerrado, resultadista al mango: gobernar es cualitativamente otra cosa.

En dosis alta Macri ha logrado ser creíble con un discurso inverosímil. Falta saber el quantum de adhesiones, que es esencial. La clave es adecuar el discurso a las fluctuaciones de la opinión pública, sin preocuparse mucho por la coherencia. Son pilares el voluntarismo extremo y la promesa de solo mejorar para todos los argentinos que (paradoja para abordajes futuros) tiene su zona de congruencia con el espíritu de época del kirchnerismo.

La devaluación fuerte y súbita altera la uniformidad de lo dicho y de lo mucho que se calla. No hay cómo discernir si las parrafadas sinceras de tantos economistas de pro y de PRO son arrebatos sinceros e inorgánicos o si responden a un plan general. En todo caso esos cuasi anuncios contravienen la idea de suma puramente positiva. Algunos gurúes, que no todos, palian la diferencia preconizando que la devaluación será la primera de la historia económica sin costos, sin beneficiarios ni damnificados, sin alteración en la distribución del ingreso. La ciento y única medida de gobierno sin costos y beneficios, más allá de como resulte su suma algebraica.

La perspectiva de que esa hipótesis asombrosa se ponga en práctica veloz e imprudentemente puede asustar o preocupar, cada quién dirá. Lo cierto es que abriría la puerta a consecuencias veloces, indeseables para cualquier gobierno entrante. Tal vez el entorno “discipline” o racionalice al macrismo arrimándolo a la suerte de programa común, gradualista que promueven economistas afines a Scioli.

Nadie puede querer un inicio brutal de un nuevo gobierno, una crisis inicial. Las crisis de redistribución regresiva son dolorosas en términos sociales, la memoria reciente lo corrobora. Tal vez el voto evite ese dilema, tal vez haya que afrontarlo.

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La violencia: Se equivocaban los kirchneristas que fantaseaban con perder como recurso para un regreso triunfal en 2019. Otro tanto les pasaría a quienes leyeran como triunfo una entrada caótica del rival o una abjuración veloz de Scioli. La paz social es un recurso valioso y difícil. En un fin de semana connotado por los feroces atentados en París ciertas premisas cobran aún más valor. La convivencia interna pacífica es infrecuente en el mundo, la locura bélica espiraliza. La violencia genera respuestas solidarias y compasivas pero también alienta a salvajadas de signo contrario, chauvinismos y discriminaciones.

El terrorismo contra poblaciones civiles contradice principios humanitarios básicos. La expresión “víctimas inocentes” es tan bien intencionada cuan redundante o imperfecta: toda víctima lo es, de por sí.

Dos gobiernos argentinos cercanos se retiraron tras derramar sangre de compatriotas. Una transición exóticamente prolija (si ahorramos detalles costumbristas mínimos en el promedio) contraviene penosas tradiciones autóctonas. Es un avance colectivo, que incluye la posibilidad de un triunfo de una fuerza de derecha en las urnas, conducto que siempre le fue adverso. El soberano lo dirimirá, en ejercicio de su legítimo derecho. Lo que exprese deberá ser escuchado, entendido, respetado. Las promesas generosas de ambos candidatos deberán tener correlato cotidiano en los hechos si quien resulte electo quiere seguir con buena estrella.

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Imagen: Gonzalo Martinez
 
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