EL PAíS › OPINION

Unasur, con foto más débil

 Por Martín Granovsky

La Presidenta definió el acoso al avión de Evo Morales como “una humillación”. Marco Aurélio García, como “una provocación”. El propio Evo, como una forma de “amedrentar a Bolivia”. La verdad es que ante una circunstancia considerada tan grave Unasur funcionó por primera vez con fisuras o malos entendidos.

Desde la muerte de Néstor Kirchner, el 27 de octubre de 2010, Unasur no pudo construir una secretaría ejecutiva de peso político equivalente al del ex presidente argentino, de estrecha relación con el resto de colegas y ex colegas. Pero más allá de esa circunstancia, concentrada en una persona que había reunido la confianza incluso de sus contendientes ideológicos, la pregunta es si América del Sur es hoy más débil que hace tres años y si están cambiando las relaciones de la región y de cada uno de los países con la Casa Blanca.

Sin que nadie pueda quitarles valor a los presidentes que se solidarizaron de inmediato con Evo Morales, la foto de la cumbre de Unasur en Cochabamba registra novedades que sería necio pasar por alto. Las novedades no están en las presencias: Cristina Fernández de Kirchner, Pepe Mujica, Rafael Correa y Nicolás Maduro. Las novedades residen en cuatro ausencias: las de los presidentes de Brasil, Colombia, Chile y Perú. Son todas de origen distinto. Dilma Rousseff no explicó por qué faltaría a la cumbre, pero quizás ni hacía falta. En estos días afronta el debate social y la discusión acerca de la estrategia política para afrontar el momento que vive su país después de las manifestaciones que sorprendieron a propios y extraños en el gobierno y fuera de él, en Brasil y en el exterior. La ausencia de Dilma en la foto no tiene remedio, pero al menos tuvo compensación política por la persona que envió en representación personal: Marco Aurélio García. García no sólo es el consejero especial para asuntos internacionales de Dilma, como lo fue durante ocho años de Luiz Inácio Lula da Silva. Desde el 1o de enero de 2003 fue la persona más involucrada de Brasil en la comprensión de las sucesivas crisis bolivianas. Por lo pronto en 2005, cuando gobernaba Carlos Mesa y la situación institucional boliviana amenazaba con tornarse imposible de solucionar, Lula lo envió como negociador a Bolivia. Se vio con Mesa, con el obispo y con el propio Evo, entonces en la clandestinidad. Por el lado argentino viajaron Raúl Alconada Sempé, ex funcionario de Raúl Alfonsín y viejo conocido de Néstor y Alicia Kirchner en la militancia universitaria de La Plata, y el entonces subsecretario de la Cancillería Roberto García Moritán. Evo asumió a principios de 2006. Cuando nacionalizó el petróleo incluyó a la brasileña Petrobras. Lo hizo con cierto ímpetu. Es decir, con despliegue militar. El gobierno brasileño se irritó por lo que consideró un trato inamistoso y la oposición a Lula quiso castigarlo por supuesta debilidad frente a un país chico. El entonces presidente se quejó en privado ante los bolivianos pero decidió asumir el costo interno e incluso dobló la apuesta. Eligió presentar públicamente el tema como una muestra de solidaridad internacional hacia una nación históricamente castigada y como uno de los paradigmas del cambio de la política exterior brasileña. Luego, ante una crisis política violenta de Bolivia con chances de inestabilidad explosiva y un tendal de muertos, Brasil volvió a intervenir junto con la Argentina con enviados especiales supervisados por los mandatarios. Fue uno de los gérmenes de la transformación de Unasur en un club activo de presidentes, de jefes y jefas políticos con capacidad de presencia y decisión directas, casi en tiempo real como sucedió con la crisis de la policía y de la inteligencia fuera de control en Ecuador. Por eso, aun sin Dilma en la foto, la elección de Marco Aurélio García supuso una apuesta personal de la presidenta que no pudo caer antipática a los bolivianos: Marco Aurélio es un dirigente identificado y querido por Evo y su equipo desde antes del ascenso a la presidencia y las posteriores revalidaciones democráticas, reforma constitucional incluida. En términos personales, además, el viaje relámpago del consejero tuvo un valor adicional. Operado del corazón a principios de año, reinició sus viajes hace dos meses y cuando estuvo en Cochabamba volvió a las cuatro de la mañana. Un esfuerzo para estar presente en Bolivia y a la vez para no estar ausente de Brasil en un momento difícil. Página/12 publicó el martes una columna de García explicando que “Brasil no se aburre” de gobiernos dirigidos por el PT, escrita para medios de comunicación extranjeros y públicos ávidos de conocer la interpretación oficial petista.

Dilma viajará en octubre a Wa-shington en visita de Estado. Se trata de la recepción con todos los honores del protocolo que suelen realizar los presidentes. Es la visita de los 21 cañonazos en los jardines de la Casa Blanca, el homenaje a los muertos en el cementerio de Arlington y el desfile de los soldados de la guerra de la independencia con sus flautines. En el caso argentino no incluyó a Néstor Kirchner, a Cristina en su primer mandato y, hasta ahora, a Cristina en este segundo mandato presidencial. En el caso brasileño las visitas de Estado a Washington tampoco contemplaron a Lula. ¿Fue por el veto de la Argentina y Brasil a la formación de un área de libre comercio de las Américas, proyecto sepultado en la cumbre de Mar del Plata de 2005? Es posible. Pero entonces, ¿Dilma recibió la invitación porque cambió de política respecto de Lula? Parece difícil afirmar que sí (ver en nota central las citas al trabajo del profesor brasileño José Luis Fiori). Nada indica que Brasil esté cambiando en sus políticas de fondo. Incluso Lula reprendió ayer a un diputado que había hablado de su candidatura a presidente. El diputado entonces debió aclarar que estaba hablando de las presidenciales del 2018 y no del 2014. No hay mejor forma de debilitar hoy a Dilma que ningunear su candidatura a la reelección en el 2014. Pero aun sin giros de fondo, y menos todavía de una perspectiva de giro del PT hacia posiciones conservadoras, las protestas masivas obligan al partido de gobierno a una concentración extrema en su política interna durante estos días. Lo quiera o no, Brasil no dejará de marchar hacia convertirse en un actor internacional de mayor peso –ya lo es por PBI, ubicación, demografía, relación con el resto de los Brics y voluntad estratégica– pero cualquier sacudón doméstico le restará la cuota de la energía que antes tenía disponible también para sus vecinos de la región. Así ocurrió con Cochabamba. Sin que en este caso la ausencia de Dilma parezca haber sido voluntaria, la foto de Unasur resultó más débil que otras anteriores.

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