ESPECIALES

Vida de Perro

 Por Monica Müller

Los años de cachorro

–Su papá no está. ¿Qué necesita?
–Tengo que pedirle plata para comprar el Testut.
–¿No le da vergüenza, tan grande, pedirle plata a su papá?
–Es que lo necesito para estudiar, y no tengo plata...
–¿Y por qué no trabaja?
–¿De qué?
–Venga mañana a las tres de la tarde.

Esa tarde de diciembre de 1960, mientras Orlando Daniello, compañero de Bernardo Verbitsky en la redacción de Noticias Gráficas, hacía orientación vocacional a las trompadas y sin saberlo, la Argentina perdía un médico de tantos y ganaba un periodista único en su especie.

Bernardo nunca había presionado a su hijo para que siguiera sus pasos. Apoyó con tanto entusiasmo su decisión de estudiar medicina como la de ser periodista. También él había conocido esa facultad y la de derecho antes de descubrir que además de ser escritor llevaba los genes dominantes de otra condición que años después su hijo llamaría heredoperiodismo.

El chico tenía 18 años vividos y, por delante, la faena de aprenderse de memoria los cuatro tomos de anatomía de Testut, suplicio iniciático de todo aspirante a médico. Llegó a cursar las primeras materias de la carrera que había elegido no por vocación sino por descarte, y aunque la conversión fue brusca, cualquier buen observador podría haberla anticipado. Desde muy chico visitó a su padre en las redacciones donde trabajaba.

A los 11 años fabricaba con papeles encontrados en los canastos unos avioncitos de planeo perfecto. Un redactor que no pasaba los 22 años y compartía sus iniciales le enseñó técnicas de plegado que mejoraban el alcance y la altura del vuelo aunque su vocación no era la aeronáutica. Pero tampoco el periodismo. Escribir poesía era lo único que le interesaba en serio. Muchos años más tarde, Héctor Viel Temperley y el chico de los avioncitos seguían saludándose con un abrazo cada vez que se encontraban.

El mejor día para ir al diario era el lunes. Los jugadores que se habían destacado en el partido del domingo eran invitados a la redacción, donde comentaban las jugadas, tomaban café y fumaban sus buenos negros con los periodistas antes de contestar los reportajes y de repasarse el peinado a la gomina para salir en esas fotos de doble página que eran la exclusividad de Noticias Gráficas. Próceres de la cancha como el Charro Moreno o Angelillo, quien hizo el primer gol del campeonato del ’55, eran visitas frecuentes de los lunes. Cuando no había jugadores lo más entretenido era vagabundear por el edificio del diario y meterse en el taller, donde se podía mirar a los linotipistas que armaban letra por letra el texto del diario y si tenían tiempo le hacían con plomos un sellito con su nombre: Horacio Verbitsky.

Aunque su primer empleo formal en el diario lo obligaba a un horario estricto, siempre que cambiara el clima no era aburrido. Tenía que llamar todos los días por teléfono al Servicio Meteorológico, pedir el pronóstico del tiempo, tomar nota, pasarlo a máquina y mandarlo al taller. El resultado era un cuadradito de autor anónimo de una columna por cuatro. Pero cuántos resfríos debe haber evitado ese trabajo rutinario y concienzudo.

A veces algo inesperado quebraba los días de estudio y trabajo de Horacio. Un día, una voz alarmada requirió por teléfono su presencia periodística en la plazoleta que está frente a la Facultad de Ingeniería. Una piedra inmensa acababa de caer del cielo, y pese a que varias personas estaban tratando de sacarla de allí, era imposible moverla. El colgó, caminó despacio hasta su escritorio, se sentó y siguió escribiendo. Un minuto después levantó la vista y se encontró con la sonrisa expectante de todos sus compañeros que esperaban en vano verlo salir corriendo hacia el monumento al trabajo. Para los veteranos de la redacción era irresistible la ocasión de gastar a un novato, pero no sabían con qué raza de perro se habían metido.

La primera nota no meteorológica que produjo con su Underwood le fue asignada por azar. Algo meteorológica era: hacía frío, era de noche y llovía. No había nadie en el diario para cubrir el desalojo de un grupo de familias que subalquilaban habitaciones de un hotel en Flores, cuyo inquilino legal debía los pagos de varios meses. Varios policías controlaban el operativo. Su función era dirigir la confiscación de utensilios y el apilamiento de colchones, además de cuidar que sus dueños no pudieran recogerlos. Horacio interrogó sobre esta actitud a un oficial y recibió por toda respuesta: “Yo cumplo órdenes”.

De vuelta en el diario describió la experiencia conteniendo con esfuerzo toda la indignación que le había provocado. Estaba escribiendo su primer artículo con información y contenido propios sin saber que la historia le había mostrado un adelanto de lo que quince años más tarde se llamaría obediencia debida.

Semanas después alguien en el diario pensó que el destino atmosférico le quedaba chico y lo ubicó en la página de Espectáculos, donde publicó durante numerosos viernes la crónica de los estrenos cinematográficos de la noche anterior. Ahora relativiza así aquella etapa embrionaria: “Escribí sobre cine cuando era muy joven y presuntuoso” (http://radioam750.com.ar/noticia-424-AM750.html), pero lo cierto es que quienes recuerdan esos textos dicen que tenían un fulgor que ya era inconfundible.

La escuela de Diógenes

Ese primer contacto con la profesión duró un año. En 1961 Horacio ya estaba en busca de un destino más estimulante. Lo buscó en 1963 en El Siglo y en El Mundo al año siguiente. Allí conoció a Jacobo Timerman, que luego lo llevó a Confirmado, donde a los 22 años fue jefe de una redacción donde sólo Carlos Ulanovsky era menor que él. Mientras hacía con el mayor decoro posible ese trabajo profesional cuya línea política no compartía, escribía por vocación en pasquines políticos como Rebelión, que sólo tenían algún punto tangencial de contacto con el periodismo.

En 1968 Rodolfo Walsh lo llamó para organizar la edición del semanario CGT, donde por primera vez pudo hacer coincidir el periodismo con la política, aunque nadie cobraba un peso.

Cuando Timerman viajó a Mendoza a crear un diario que compitiera con Los Andes, Horacio organizó la corresponsalía en Buenos Aires, cuya redacción compartió con sus amigos Paco Urondo y Milton Roberts, con colaboradores de lujo como Lino Palacio y Luis J. Medrano.

Fue allí, en 1970, cuando Paco lo bautizó con su hermoso nombre de cuadrúpedo. No vale la pena preguntarle la causa: gruñe que fue por su buen carácter, sonríe apenas y a veces agrega “con los amigos”. Pero tal vez cabe otra explicación: ¿es posible que Paco conociera la existencia de los filósofos cínicos y haya querido homenajear los rasgos más nobles de su amigo?

La escuela de los cínicos fue fundada por Antístenes de Atenas (444-365 a.C). El nombre kynikos, forma adjetiva de kyon (perro), se explica porque el objetivo de la escuela era exhortar al pensamiento independiente y la vida sencilla y autosuficiente. Una existencia de perro libre y sin dueño.

Diógenes de Sinope fue uno de los representantes más acabados de la escuela de los cínicos: se lo describía como una persona áspera, que subsistía sin pedir ni aceptar nada de nadie para no ceder ni un gramo de su independencia. Quienes lo apodaron El Perro lo hicieron con la intención de insultarlo con un epíteto despectivo. Pero Diógenes lo encontró muy apropiado. Decía de sí mismo que era un perro de los que reciben muchos elogios, pero con el que ninguno de los que lo alaban quiere salir a cazar.

La relación de los cínicos con lo canino está en el principio de sus propósitos: denunciar lo incorrecto, despreciar lo convencional, atacar los modos de vida hipócritas y falsos, desdeñar los lujos de la sociedad. Y lo más importante: desarrollar la capacidad de distinguir sin error amigos de enemigos. Quien conozca a nuestro perro sabe que esta descripción es un retrato preciso de sus características más marcadas, salvo que se consideren lujos de la sociedad a la merluza a la española, los chipirones en su tinta, el salmorejo a la sevillana, las gambas a la plancha, los callos a la madrileña, los camarones al ajo arriero y las berenjenas en escabeche. De postre, membrillos al natural con crema fresca. Y si no hay, tres cucharadas de dulce de leche parado frente a la heladera.

Después vino La Opinión. Algo como nunca se había leído en la Argentina. El diario para la inmensa minoría, como proclamaba el slogan creado por Pedro Orgambide. Recordaba a Le Monde tanto por su estética como por su contenido, y fue desde el primer número el periódico de referencia, como quería Timerman cuando lo fundó en mayo de 1971. Horacio ya era un canino gruñón de opiniones terminantes, pero ahora estaba un poco menos solo. En la gestación del diario trabajó mano a mano con los mellizos Algañaraz (Julio, subdirector y Juan Carlos, secretario de redacción). Pero además estaban Juan Gelman, Osvaldo Soriano, Tomás Eloy Martínez, Hermenegildo Sabat, Roberto Cossa, Paco Urondo, Eduardo Belgrano Rawson, Luis Guagnini, Silvia Rudni, Tununa Mercado, Quito Burgos y otros platos fuertes de una mesa diversa y bien servida. No fue suficiente condimento para su paladar, al que no le supieron bien algunas combinaciones políticas del diario. Un año después Horacio trabajaba en Clarín, desde donde cubrió la campaña de regreso a la Argentina de Juan D. Perón. Se había metido de cabeza en el eje de la historia argentina justo cuando ésta hacía un vuelco de 180 grados. Al mismo tiempo militaba clandestinamente en las FAP. En la foto de entonces con Perón tenía 30 años, pero parecía diez menos.

En 1973 el tiempo se acelera: la actividad política ocupa el primer plano de su vida y de la vida de cientos de miles de jóvenes argentinos. Horacio participa en la creación del diario Noticias, compartiendo con Gelman, Walsh, Urondo, Goyo Levenson, Pablo Piacentini, Zelmar Michelini, Alicia Raboy, Julio Troxler, el Gaucho Eichelbaum, Oscar Smoje, y muchos otros trabajo y militancia.

La noche negra

Para marzo de 1976, cuando comenzó en forma oficial la última dictadura, trabajo y militancia eran una misma y sola cosa imposible de separar en sus dos componentes. Junto a Rodolfo Walsh, Lila Pastoriza, Lucila Pagliai y otros compañeros, Horacio integró la Agencia de Noticias Clandestinas (Ancla) para difundir cables que denunciaban la represión ilegal por parte del Estado terrorista. Al principio sólo imprimía y distribuía los cables. Después también empezó a escribirlos. La primera Historia de la Guerra Sucia, con datos sobre la ESMA y los métodos de tortura y exterminio que allí se aplicaban circuló también en 1976 a través del mismo circuito. Con frecuencia le han atribuido ese texto a Walsh. Horacio nunca lo desmintió en forma explícita, porque las tareas militantes no tenían autor, pero está orgulloso de haber hecho ese trabajo en aquellas condiciones. Tras la desaparición de Walsh en marzo de 1977 y de la detención o el exilio de otros compañeros, Horacio reanudó la publicación y distribución de los cables de denuncia, que imprimía en un hectógrafo y un mimeógrafo escondidos en un placard. Cuando del grupo inicial no quedaba más que él, escribió y difundió una biografía de San Martín en su bicentenario, contraponiéndolo con los generales de la picana.

El agujero negro de la dictadura se lo había tragado casi todo. Refugiado en la invisibilidad de los sobrevivientes que no habían dejado el país amasaba su pan, cultivaba sus plantas y cuidaba a sus dos hijos mientras hacía trabajos esporádicos como traductor, redactor de folletos comerciales y compilador de recetas de cocina. Era vital no sobresalir para no aparecer como objetivo en la mira del terrorismo de Estado.

A partir de 1983 los antiguos compañeros emergieron o volvieron de los países del exilio y reconstruyeron su identidad, que en no pocos casos era jirones. El primer punto de encuentro fue El Periodista de Buenos Aires, donde publicó una semblanza de Walsh, de quien nada se había oído en una década. En 1987 muchos se reagruparon en Página/12. La memoria de los compañeros que no estaban, la pulsión de decir lo silenciado y de continuar la idea que había sido talada casi de raíz, fueron motores de ese proyecto que nació con dieciséis páginas y persiste con muchas más a pesar de los vientos que fueron deshojando a otros periódicos mejor equipados para subsistir. Dos de esas páginas son las que domingo a domingo, con obstinación perruna, Horacio transforma en la fuente de información e interpretación política más reveladora de la semana. Cuando le preguntan cómo hace para llenar cada semana tanto espacio con tal densidad de datos exclusivos y comprobados, responde: “Doce horas culo/silla/día”.

Típica respuesta canina. Aspera y mordiente. Aunque, desde hace dos años, no del todo verdadera: los cuatro nietos que, sin aviso, en catorce meses brotaron como pochoclo son capaces de quebrar la unidad culo/silla para reducirlo al estado de caballito, administrador de papillas o lanzador de pelotas de un extremo al otro del balcón.

La mejor síntesis de su biografía la hizo él mismo en 1992: “He sido peronista desde los 13 años. He sido periodista desde los 18. He sido militante peronista desde los 19. He sido militante montonero. He dejado de ser peronista en 1973 y he dejado de ser montonero en 1977. Sigo siendo periodista”.

Los hitos de esa secuencia cuyo único eje permanente es el periodismo son muy nítidos. El big bang de su peronismo cayó del cielo un mediodía de 1955. Horacio salía de la estación de subte para ir al Colegio Nacional Buenos Aires donde cursaba el primer año de secundaria cuando el bombardeo de la Marina argentina acometió la Plaza de Mayo con fragor y fuego. Aterrado, se tiró al piso con el portafolios sobre la espalda hasta que un hombre lo instó a correr para ponerse a salvo. Ese bautismo de violencia transformó al niño feliz de la primera década peronista en simpatizante primero y militante después, hasta que por decepción y decisión dejó de serlo 18 años más tarde tras otra balacera histórica: Ezeiza.

El oficio de molestar

Otra pregunta que hacen los curiosos es cómo hizo para escribir veinte libros con miles de notas y referencias que le dan a cada título el peso específico del mercurio. ¿En los ratos libres?

La respuesta es: entre una columna y una nota, entre una entrevista y una conferencia, trabaja todo el día. Y cuando entra en el trance que llama “estado de libro”, toda la noche. Consultando archivos, verificando datos, podando lo superfluo, machacando el teclado sin parar. Sólo un emperramiento loco es capaz de producir la historia más completa, interpretada y profunda de la Argentina desovillando los entresijos de la organización más poderosa y antigua de la Humanidad. Develar y difundir los secretos mejor guardados exige detectar el hilito de la información y tirar con paciencia para que no se rompa, confirmar o descartar datos y enhebrar conclusiones. Esa tarea que deja sin respuesta a los dueños de la palabra es lo que, para molestar, Horacio llama molestar en su muy citada definición de periodismo: “Difundir aquello que alguien no quiere que se sepa. El resto es propaganda. Su función es poner a la vista lo que está oculto, dar testimonio y, por lo tanto, molestar. Tiene fuentes, pero no amigos. Lo que los periodistas pueden ejercer, y a través de ellos la sociedad, es el mero derecho al pataleo, lo más equitativa y documentadamente posible. Criticar todo y a todos. Echar sal en la herida y guijarros en el zapato. Ver y decir el lado malo de cada cosa, que del lado bueno se encarga la oficina de prensa; de la neutralidad, los suizos; del justo medio, los filósofos, y de la justicia, los jueces. Y si no se encargan, ¿qué culpa tiene el periodismo?”.

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Buenos Aires, 2010.
Imagen: Verónica Mastrosimone.
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