EL PAíS › OPINION

Las vueltas de Obligado

 Por José Natanson

Al menos habrá que reconocerle al kirchnerismo su capacidad para revitalizar debates dormidos. El acto en Vuelta de Obligado por el Día de la Soberanía Nacional, donde Cristina alertó sobre la vigencia de las cadenas culturales, abrió una interesante discusión acerca de la batalla de 1845, con buenas notas de Luis Alberto Romero y Pacho O’Donnell (en La Nación) y Sergio Wischñevsky (en Página/12).

La polémica reabrió una discusión cerrada, echó algo de luz sobre un acontecimiento cuyos resultados son controversiales (¿fue o no una derrota?) y permitió volver, una vez más, sobre la figura de Rosas. Fue interesante, pero al rato se volvió un poco injusta, sobre todo cuando comenzó a deslizarse en una crítica al Gobierno, al que se acusó se forzar los hechos históricos para encajarlos con fórceps en los contornos de una realidad mucho más esquiva, es decir de poner en función de su vaga ideología nacional y popular sucesos que en realidad fueron mucho más complejos.

Sin profundizar en el tema de la batalla de Obligado, cuyo contenido me excede largamente, vale la pena señalar un primer dato básico: la función del Gobierno no es respetar con rigurosidad las reglas de la investigación historiográfica sino administrar el poder y, si puede, cambiar algunas cosas. Y esto vale para éste pero también para otros gobiernos. Por ejemplo el de Raúl Alfonsín (la elección es deliberada): buena parte del (la expresión es deliberada) relato alfonsinista descansó en La República perdida, cuya particular visión de la historia incluía una diferenciación bastante nítida entre una Eva Perón (buena) y un Juan Perón (malo), una subestimación de la figura de Frondizi y, en fin, un punto de vista tan eficaz como discutible. Pese a ello, La República perdida articuló la formación cívica de los ’80 y reubicó a la democracia, el eje de la película, en el centro del debate público.

Por eso lo interesante hoy quizás no sea tanto discutir qué pasó exactamente en Obligado sino pensar por qué el kirchnerismo apela a este tipo de símbolos; por qué los necesita, o cree que los necesita, para gestionar el día a día: mi impresión es que su utilización excesiva tiende a confundir en cuanto al tipo de gobierno que encarna.

El kirchnerismo tiene un costado nacionalista, por supuesto, pero hasta los más críticos deberían reconocer que no se trata de un nacionalismo antiguo ni destructivo. En primer lugar, no es antiimperialista: más allá de las tensiones y algunos episodios puntuales, como la valija de Antonini Wilson, el kirchnerismo siempre se ha preocupado por mantener una relación de cooperación respetuosa con Estados Unidos, no muy diferente a la que desarrolló Lula, quien también, aunque aquí no se note, protagonizó fuertes cruces con Washington (por la cuestión de las visas, su relación con Irán o sus frecuentes viajes a Cuba). Lejos del antiimperialismo de Hugo Chávez o Evo Morales, que de tanto en tanto expulsan a algún estadounidense, el kirchnerismo ha centrado sus críticas en actores internos (las corporaciones, la Iglesia, los medios) e internacionales (el FMI) antes que en Washington.

Tampoco es un nacionalismo territorialista. Como se sabe, los países de inmigración como el nuestro, como todos aquellos que no tienen una tradición centenaria o milenaria sobre la cual construir sus comunidades nacionales, desarrollan a menudo un tipo de nacionalismo que hace del territorio el eje de la afirmación colectiva: la unidad nacional como estandarte, como señala Vicente Palermo en Sal en las heridas, su estudio sobre Malvinas. Pues bien, el kirchnerismo ha desarrollado un nacionalismo que tiene poco de territorialista: no agita conflictos con los vecinos (como hacen Venezuela o Nicaragua) ni busca recuperar territorios perdidos (como Bolivia). Por motivos cuestionables (el apoyo K a la privatización de YPF en los ’90) y plausibles (la política de derechos humanos), no es un nacionalismo hidrocarburífero ni militarista. Es malvinero, sobre todo durante la gestión de Jorge Taiana, pero no beligerante.

Adicionalmente, el kirchnerismo ha apostado, en particular a partir de la Cumbre de las Américas del 2005, a la integración regional. La presencia de todos los líderes sudamericanos, salvo Alan García, en el entierro del ex presidente da cuenta de la valorización de su figura en el exterior mucho mejor que las metáforas acerca de una Argentina desenganchada del mundo que circularon en estos años. Muy a su estilo, privilegiando el diálogo personal pero poco dispuesto a la construcción de instituciones supranacionales, el kirchnerismo impulsa la integración regional siempre que no implique ceder soberanía: el conflicto por las papeleras y el nulo papel desempeñado por el Mercosur en la negociación con Uruguay así lo demuestran. Por otra parte, desde la asunción de Cristina se nota una atención especial a los foros en los que se discuten las cuestiones globales, sobre todo el G-20. Nacionalismo entonces, pero integracionista, internacionalista y mutilateralista.

¿De qué nacionalismo hablamos? El nacionalismo K descansa sobre todo en la intención de recuperar la confianza luego de lo que se considera fueron los dos momentos más bajos de la historia reciente, la dictadura y el menemismo, respecto de los cuales el kirchnerismo se ve como el gran reparador. Se conforma así un nacionalismo que pone el eje en la autoestima y que se comprueba, por ejemplo, en las frecuentes alusiones de Cristina a los cinco premios Nobel obtenidos por el país (en realidad, de los cinco deberían considerarse sobre todo tres, pues dos de ellos, el de Saavedra Lamas y el de Pérez Esquivel son resultado de los dos genocidios de nuestra historia, la Guerra del Paraguay y el Proceso, como si Argentina necesitara protagonizar masacres para luego obtener los premios).

El nacionalismo kirchnerista confunde tanto como su setentismo. Se han escrito toneladas de análisis acerca de la identificación del Gobierno con la juventud maravillosa, y es cierto que hay un cierto tono generacional y que algunos de los –la expresión es deliberada– cuadros kirchneristas fueron protagonistas de aquellos años. La apuesta a la voluntad como método de acción política también remite a los ’70. Pero mi teoría es que Kirchner fue sobre todo un creador de órdenes y un líder de gestión (un terreno de subóptimos totalmente ajeno al maximalismo revolucionario) adaptado a los nuevos tiempos. De hecho, algunas de las medidas más importantes de todo el ciclo, como la ley de medios o el casamiento igualitario, tienen poco que ver con los reclamos clásicos de la izquierda nacional y mucho más con las demandas de los movimientos contestarios globales. El hecho de que un sector creciente de la juventud se haya acercado al kirchnerismo así lo demuestra.

En una nota publicada el martes en este diario, Horacio González sostiene que las extrapolaciones del pasado deben realizarse con cuidado analítico, respeto documental e imaginación pública, “para que las leyendas nacionales no aprisionen litúrgicamente la rica heterogeneidad del presente”. “Estamos obligados –agrega González– a hacer de la historia transcurrida el alma libertaria de los poderes instituyentes que están en curso.” Asumiendo que tiene razón, vale la pena añadir un señalamiento que no es académico sino político: importa poco si la perspectiva histórica es totalmente rigurosa, pero cabe preguntarse si la forma un poco rudimentaria en la que el kirchnerismo entiende la historia no confunde más de lo que aclara, restándole eficacia política a un gobierno mucho más moderno de lo que habitualmente se piensa.

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Imagen: Pablo Dondero
 
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