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No muerde.
Mientras ladra

 Por Juan Gelman

La vida es ancha y, sin embargo, muy difícil encontrar a un tipo como Horacio. Lo conocí en 1966, él era jefe de redacción del semanario Confirmado, que dirigía Timerman, y le decían El Perro. No entendí el apodo hasta que le entregué una nota mal hecha y en dos ladridos me puso al tanto de lo que debía ser. Siempre le agradeceré esa enseñanza, aunque gratuita no era.

Hace más de medio siglo que intento ser un buen periodista, trabajé en distintas revistas y periódicos y nunca conocí a un jefe de redacción tan joven, tan inteligente y perspicaz, tan inventivo. Proponía escribir sobre temas que sólo a él se le ocurrían, por ejemplo, cuántas conferencias diarias se impartían en Buenos Aires. Estaba lejos de toda burocracia mental y, en consecuencia, de toda burocracia periodística. Quería que sus redactores investigaran una realidad visible pero casi inexistente en diarios y revistas, una realidad que seguramente le creaba dudas y preguntas y ninguna a quienes pasan por ella acostumbrados, como si la realidad se diera por descontada, hecha, inmanente, y por eso invisible. La curiosidad de vida empujaba a Horacio y golpeaba las puertas de la nuestra para despertarla. Es lo que hace un maestro, lo sepa o no lo sepa.

Tuvimos pocos meses de convivencia en esa redacción, Horacio presentó su renuncia y, aunque no me di cuenta entonces, allí nació mi amistad por él. Hay personalidades que dejan marcas de afecto latentes en algún lugar de la sensibilidad del otro que se abren en el reencuentro y todo es como si el tiempo no hubiera transcurrido. Ocurrió cinco años después, en La Opinión de Timerman. Horacio jefe de política ahí, con su olfato infalible descubría los filos de una actualidad compleja y engañosa. Fue cuando Timerman pensaba que Lanusse era otro Che Guevara. Recuerdo una discusión del equipo periodístico fundador del diario con Jacobo, que nos quería vender el apoyo a un golpe fracasado. Las razones de Horacio terminaron con esa pretensión. Sus muestras de lucidez llenarían un gordo catálogo.

Estábamos entonces no sólo en el mismo diario, sino en el mismo lado de la lucha. Horacio venía de las Fuerza Armadas Peronistas, como Rodolfo Walsh, con quien creó la agencia clandestina ANCLA bajo la dictadura; yo, como Paco Urondo, de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, dos organizaciones que a poco andar se unirían a Montoneros. Formábamos parte de un frente de prensa que, por iniciativa de Rodolfo, no tardó en convertirse en padre del proyecto de un diario, se llamó Noticias y alcanzó tiradas impensables para un medio impreso que se redactaba en un lugar, se componía en otro y se imprimía en un tercero. Horacio estaba al frente de la sección política.

No voy a insistir en sus muestras de sagacidad para abordar las complejidades de la situación imperante entonces. Corría el último trimestre de 1974 y estaba en pleno despliegue la primera etapa del golpe, esa que vino de civil con la AAA antes de ponerse el uniforme el 24 de marzo del ‘76. El rigor y la claridad de Horacio, tanto en el frente de prensa como en el diario, sólo eran comparables a los de Rodolfo Walsh. Y luego: cada domingo uno de nosotros quedaba a cargo del diario y en un par de ocasiones en que le tocó a Horacio, tituló la primera con letras catástrofe “El Eternauta regresó”, convirtiendo en noticia la historieta de Oesterheld que publicaba el diario. O: “Ganamos 7 en La Plata”, para subrayar el acierto de quien hacía hípicas. Es un hecho que atinar siete ganadores en La Plata es más difícil que cagar en un frasquito.

La capacidad de Horacio para desvestir por completo al poder es notoria en los planos nacional e internacional y esto le trajo y le trae persecuciones judiciales y de las otras. Nunca afloja y me consta que su valentía intelectual es gemela de su coraje individual. Pero lo público, como sucede, le tapa la persona: este Perro tiene un corazón grande como una casa, una ternura insospechada para con los de abajo, una solidaridad con el compañero que da brillo a su mirada y esto bien que lo sé. Entre otras cosas: un juez que hizo carrera bajo la dictadura me bajó la prisión preventiva y no pude volver cuando los militares se fueron. Horacio venció esa barrera. El me incorporó a Página/12 cuando estaba yo exiliado en París y así conozco el privilegio de haber colaborado en el primer número que salió a la calle. Cuando, ya en Buenos Aires, tuve la curiosa idea de sufrir cuatro paros cardíacos seguidos, ahí estuvo Horacio arreglando todo lo referente a mi atención médica. Horacio es un hermano para mí, como lo es para los muchos otros que lo leen.

Querido Perro, te debo también algo más que esas gauchadas. Tu ejemplo me acompaña todos los días y te tengo a mi lado aunque la geografía insista en estarnos lejos. Lejoscerca, más bien.

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