CONTRATAPA

El hombre que comía demasiado

 Por Rodrigo Fresán

Desde Barcelona

UNO Pocas cosas aparecen más que una desaparición, pocas cosas más visibles que un hombre invisible. Lo que me lleva al caso del gastrónomo belga Pascal Henry. Pongámosle nombre de misterio antiguo pero clásico. De receta inmemorial pero jamás rancia: el hombre que comía demasiado. Título perfecto para uno de esos thrillers de modales impecables que abundaron antes que la brutal serie negra llegara para patear la mesa y romper los platos. Uno de esos casos para Auguste Dupin o Sherlock Holmes o Hércules Poirot o –más cerca, por territorio y paladar– o para ese detective moderno de apetito eterno que fue Pepe Carvalho. Pasen y siéntense y buen provecho.

DOS En lo que a mí respecta, siempre me interesó el mundo de las grandes cocinas como pequeño microcosmos. Tal vez porque empecé escribiendo en una revista gastronómica, tal vez porque nada me preocupa menos que la gastronomía, siempre me interesaron esas personas dispuestas a matar por una botella, clavar tenedores por la espalda, suicidarse por la pérdida de una estrella Michelin, abofetearse con menús (poco tiempo atrás se batieron a punto yema un puñado de cocineros españoles acusándose de utilizar ingredientes foráneos o biónicos descartando los nobles elementos ibéricos; hace unos días dos cocineros ingleses salieron a insultarse en la prensa tabloide con pasión y léxico de drugos) o entender la idea del viaje como una sucesión de manteles a manchar.

Pascal Henry, por ejemplo. Leí la noticia de su misteriosa desaparición mientras él comía en el prestigioso y publicitado restaurante El Bulli (creación del top-chef Ferrán Adrià, considerado por muchos como el mejor comedero del mundo) y comencé a guardar recortes en mi carpetita de temas pendientes. Y aquí estoy ahora: sirviéndoles a ustedes este menú raro.

TRES Pascal Henry: suizo de 46 años, oriundo de Ginebra, puntual courier independiente de profesión al servicio de empresas de relojería, separado de esposa magrebí, aficionado a la buena cocina. De pronto, Pascal Henry se propuso dar una vuelta al mundo –como el Phileas Fogg de Julio Verne pero en plan gastronómico– por los 68 restaurantes del mundo poseedores de tres estrellas Michelin en tres continentes (a razón de uno por noche) con el apoyo del célebre Paul Bocuse quien, encantado con el personaje y su aventura, lo dotó de numerosas cartas de presentación y le confeccionó los menús y eligió los vinos. Para ello, Pascal Henry invertiría los ahorros de toda una vida (el periplo le costaría unos 20.000 euros sin incluir desplazamientos) y la idea era escribir un libro sobre la experiencia. Así, Pascal Henry, montando su motocicleta, llegó a España –luego de masticar en Francia, Bélgica, Alemania, Holanda y Mónaco– para visitar a los seis estrellados del país. Entró por Cataluña y el pasado 12 de junio –cuadragésima etapa– se presentó y sentó a comer en El Bulli. En un momento dijo que iba a buscar unas tarjetas personales y nunca volvió. Sobre la mesa quedaron un sombrero, algunas fotografías y su libreta rebosante de apuntes y dedicatorias de sus ídolos y una cuenta de 240 euros. La familia denunció su ausencia, los Mossos d’Esquadra se pusieron a investigar, pero no se hallaban rastros ni restos. Y Pascal Henry no hizo uso de las siguientes reservas de su recorrido. Ni en España ni en Inglaterra ni en Estados Unidos ni en Japón. Misterio...

CUATRO Los siguientes recortes –cronológicamente recalentados– no agregan mucho: la internacionalización del enigma, testimonios de quienes lo vieron y le sirvieron y le cobraron (todos coinciden en que Pascal Henry no era un gourmet improvisado, tenía conocimientos amplios que iban desde la porcelana de los platos hasta la ingeniería de los hornos), el desconcierto de los investigadores, el recuerdo de aquel misterioso náufrago amnésico y supuesto pianista genial y de otros freaks del abracadabra, comentarios de conocidos que no entendían cómo hacía Pascal Henry para darse una vida tan buena, el desmentido de la Editorial Glenat diciendo que jamás había contratado el libro de Pascal Henry, la “novedad” de que Pascal Henry había cancelado el tramo nipón de su expedición, Bocuse rogando un “Hagan algo, ¡Encuéntrenlo!”... Pequeños aperitivos sin demasiada sustancia cuya única misión –se sabe– es la de fomentar las ansias por platillos más contundentes. Lo más interesante de todo –más allá de la revelación de que el tour alimenticio estaba patrocinado en un 50 por ciento por un anónimo empresario ginebrino– fueron las declaraciones de un inspector de policía suizo llamado Patrick Puhl que, por sus palabras, merecería protagonizar alguno de esos thrillers gélidos tan de moda: “Un adulto tiene el derecho de desaparecer”.

CINCO Ahora ya (casi) pasó. Ahora la curiosidad no es tanto gastronómica como siderúrgica y la gente anda más preocupada por oros, platas y bronces y medallas. Ahora ya ha sido develado el tonto misterio de cómo se encendería el pebetero olímpico (confieso que en algún momento imaginé y me preocupó que los chinos inauguraran los Juegos Olímpicos con la ayuda de un monje tibetano bonzo-flambé). Ahora el caso está (casi) cerrado. Pero en la sencillez e inocurrencia de su resolución hay algo que a mí no me convence del todo.

Porque hace unos días encontraron a Pascal Henry. O, al menos, las cámaras de video de un cajero automático de Ginebra registraron su existencia. Y ya está. Eso es todo y el asunto deja de interesar cuando, para mí, se vuelve más interesante. Busco en Google declaraciones de Pascal Henry y no encuentro nada porque, aparentemente, nadie le pregunta nada en Suiza. Así son por allá y recordar el monólogo de Orson Welles sobre los relojes cucú en El tercer hombre. Gente disciplinada pero plácida y poco imaginativa y, ya saben, “un adulto tiene el derecho a desaparecer”. De acuerdo. Pero reaparecer, pienso yo, obliga a ciertas responsabilidades narrativas. El aparecido tiene la obligación de explicar por qué se levantó de la mesa y nos dejó pagando.

Días atrás, en el periódico ABC, el escritor Juan Manuel de Prada –un poco en broma pero con la irritada seriedad de otro lector frustrado– se preguntaba: “¿Podemos afirmar sin dubitación que ese individuo sea el mismo Henry que entró en El Bulli? Sabemos que los menús de Ferrán Adrià incorporan platos que han sido sometidos a procesos de liofilización, alteración molecular y no sé cuántos experimentos químicos más. ¿Y si tales alteraciones moleculares tuviesen efectos secundarios, provocando en el incauto que se las zampa extrañas mutaciones genéticas o siquiera delirios esquizoides? Esta metamorfosis secreta podría explicar la desaparición misteriosa de Henry y su posterior aparición en Ginebra, convertido en una especie de zombi desmemoriado”.

Puede ser, quién sabe, pero por el momento y en lo que a mí respecta, a la comida de esta historia todavía le falta el postre. Y no quiero irme a la cama sin postre.

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