CONTRATAPA

¡Santo terror, Batman!

 Por José Pablo Feinmann

Aunque Obama ordene que no se llame más “Guerra contra el terror” a la “Guerra contra el terror”, hay hechos más importantes que ocurren en su país y que decidirán algo distinto a sus aspiraciones de hombre bueno del Imperio. Frank Miller, el gran creador de comics, hombre de trascendencia en las masas, leído por millones de norteamericanos que son fieles a sus ideas y a su modo de expresarlas, ha decidido que esa guerra (la que enfrenta al terror) habrá de continuar y con ese nombre. Ha puesto a su frente a alguien más importante que Bush y Obama, pues es difícil que alguno de estos dos políticos logre la creabilidad de un superhéroe como Batman. Miller argumenta que los superhéroes de hoy carecen del patriotismo de los de ayer, los de la Segunda Guerra Mundial, tal como vimos en la nota anterior (Las historietas van a la guerra). Si Superman, Capitán Marvel y Capitán América lucharon contra nazis y japoneses –a los que llamaban japonazis–, ¿por qué no habría hoy Batman de enfrentar al terrorismo, de formar parte de la guerra contra el terror que libra toda “America”? En los viejos tiempos hasta personajes positivos como el detective oriental Mr. Moto, que interpretaba Peter Lorre en films de breve duración pero con títulos tan ingeniosos como “¡Piense rápido, Mr. Moto!”, eran dados vuelta por los soldados norteamericanos en batalla que veían en cada “japo” a un Mr. Moto. Así, cuando clavaban su bayoneta victoriosa en medio de algún pecho nipo-jap-nazi exclamaban: “¡Muere, Mr. Moto, muere!”. ¿Qué pasó? ¿Qué hace Superman? ¿Qué hace El Hombre Araña? ¿Le tienen miedo a Al Qaida? Pues si es así serán llamados como lo merecen: Miserables cobardes traidores a la causa americana en su cruzada contra el terror. No pasará semejante cosa con el Caballero de la Noche. Batman se prepara a ser lo que Frank Miller quiere que sea: la encarnación lapidaria de un guerrero espartano en el siglo XXI. Se refiere –con esto– a su película 300, brillante relato de la gesta de los hombres de Leónidas contra el ejército persa, abominablemente superior en número, pero no en coraje. No en vano Leónidas le dice a Jerjes: “Tú gobiernas sobre esclavos, yo sobre héroes”. Miller no tiene vueltas para calificar su obra: “No se confundan. Es lo que debe ser: una obra de propaganda”. Si la gente y los superhéroes han olvidado “contra quién estamos peleando”, él se los recordará. Es absurdo –dice– ponerlo a Batman a pelear contra el Joker cuando lo tenemos ahí a Bin Laden. Hay una jerarquía en los villanos. Esta vez la realidad ha entregado los peores. El Joker, el Acertijo, el Pingüino han quedado reducido a meros colegiales al lado del perverso hombre del Islam. El choque de civilizaciones está aquí para quedarse, y en ese choque Batman sabe mejor que nadie qué civilización es la suya y cómo defenderla. El Caballero de la Noche da paso al Caballero de Occidente. Habrá que ver cuáles son sus recursos: si pertenecen a la noche o al día. No es arduo suponer que pertenecerán a lo que sea necesario, que los recursos serán todos los que se requieran. Si en Dark Knight Batman cierra una puerta atrancando su manija con una puerta para quedarse a solas con el Joker y poder golpearlo con toda la brutalidad que se requiera, es sencillo imaginar qué hará con Bin Laden en una situación similar. Esa situación, además, es necesaria. No se puede demorar, pues la Guerra contra el Terror no ha sido bien manejada. En ¡Santo terror, Batman! el encapuchado, según palabras de Miller, se propone patearle el culo a Al Qaida (kick Al Qaida’s ass). Es el único modo de tratar a esos malditos que se han quedado atrancados en el siglo VI, siempre según Miller. Que, el 24 de enero de 2007, se presentó en un importante programa para hacer declaraciones explosivas: Después del nine eleven Bush debió llamar a una guerra total. A una guerra nacional. Debió poner a toda la nación en estado de guerra. Permitió además que una parte de la opinión pública arrojara sobre la escena nacional su temperamento derrotista. “Como si fueran un puñado de romanos.” Y en esta frase reside una clave de la cultura yanqui. Para tipos como Miller “romanos” no se usa para referirse a las invencibles legiones de César en las Galias, sino para señalar la decadencia, la putrición interna del Imperio. “No seamos romanos” significa “Que Estados Unidos no decaiga como lo hicieron los hombres de ese lejano gran Imperio que terminó conquistado por los bárbaros”. Hoy, ellos, los bárbaros, están a nuestras puertas, han golpeado incluso nuestro corazón al destruir las Torres, no les demos paz ni sosiego, vayamos detrás de ellos hasta hacerlos papilla. Frank Miller es un hombre belicoso de un Imperio que necesariamente tiene que serlo si quiere sobrevivir. Si hablo de él (en una contratapa de domingo en un diario que apoya una causa brutalmente atacada desde todas partes) es porque hablo de ese peligro. La mayor usina de líneas políticas de la derecha argentina reside en la Embajada Norteamericana. Tienen ahí su elaboración o su aceptación o su amparo o su financiación. Todo se consulta con Colombia, donde la banda de Frank Miller ha apoyado poderosamente su bota guerrera. Donde ya funciona una Escuela de las Américas. Donde el narcotráfico es un desmadre jubiloso. ¡Sesenta millones de drogadictos hay en USA y USA se presenta como la gran batalladora en la guerra contra ese complejo problema mundial! Como pocas veces el Imperio no quiere enemigos. Sencillamente porque tiene uno muy poderoso contra el que centralmente luchar. ¡Demonios, que les controlen a los de su periferia! ¡Pongan de una buena vez a un presidente colombiano en ese país del lejano sur! Denle la ciudadanía. Invéntenle un ADN argentino. Tíñanle ese maldito pelo de zanahoria de negro y encájenle unos mostachos del mismo color. Háganlo o Frank Miller enviará a Batman contra ustedes. (Aunque, ¿merecen tanto esos sudacas irredentos?) Sigo con Miller. Furioso contra sus compatriotas, les pregunta si saben o no lo que están enfrentando: “Estos tipos no han salido del siglo VI, esclavizan salvajemente a sus mujeres, les mutilan los genitales, nada nos une a ellos”. Son –concluye– peor que los nazis de Hitler, a quienes al menos podíamos comprender, ya que eran occidentales.

En Dark Knight ya se deja ver la estética guerrera de Miller. Batman es más sombrío que nunca, su voz es sólo un ronquido inhumano, su odio no cesa nunca. Todo es macabro o lo macabro incurre con talento en lo sombrío-grotesco. Si el Joker sonríe para siempre, si esa sonrisa satánica no se borra de su cara, es porque, con una navaja, se ha cortado las comisuras de la boca. Ese rojo sangre que vemos alrededor de sus labios es precisamente rojo sangre. La idea es brillante. Tanto, que se le había ocurrido antes al Conde de Lautréamont y la recuerdo porque –cuando éramos jóvenes– me leyó el poema Aquiles Ferrario, poeta que amaba a los surrealistas. Todos leíamos la Antología de Aldo Pellegrini en esos años. Lautréamont, que muere en 1870, es un antecedente poderoso del surrealismo y su obra más célebre es Los cantos de Maldoror. En uno de sus poemas alguien que desea reír se corta la boca desde las comisuras de los labios para lograrlo. Así lo hace el Joker, al que genialmente interpreta ese muchacho que se aniquiló a sí mismo con sobredosis y otras intoxicaciones. Hollywood es así: algunos aguantan, otros no. “Tengo que encontrar a ese hombre”, dice Batman. Morgan Freeman le pregunta: “¿A qué costo?”. He aquí la pregunta de la Guerra contra el Terror y de toda guerra de contrainsurgencia: ¿A qué costo? ¿Qué dejan de sí los guerreros, aun los triunfadores, en las batallas que culminan en matanzas? ¿Hasta dónde, cuál es el costo? ¿La locura? El Joker tiene una definición escalofriante de la locura: “La locura –como tú sabes– es como la gravedad. Sólo necesitas un pequeño empujón”. Y, por fin, Batman, en su momento más hondo y sombrío, se confiesa: “O mueres siendo el héroe o vives lo suficiente para convertirte en el villano”. ¿No es lo que ha sucedido con él? ¿No ha vivido demasiado? Si ahora Frank Miller lo enfrenta a Bin Laden, lo opone al terror de Al Qaida, ¿en qué tendrá que convertirse Batman para derrotarlo? ¿No empezará a parecérsele demasiado? ¿No se verá tentado a usar sus propios métodos u otros aún peores? ¿No deberá torturar cada vez más? ¿Será entonces Batman o será –por haber vivido demasiado– el villano? ¿O no adivina cualquiera –sin haber leído aún el comic de Frank Miller– que sólo un Batman cuya impiedad, cuya crueldad supere a la de Bin Laden podría vencerlo? ¿Qué habrá quedado del héroe de Bob Kane? Un encapuchado solitario, un héroe cansado que, en medio de la noche, en algún charco al que la luna torna un espejo, mira su cara y no la reconoce, es la del Otro, la del enemigo, ese ser al que tuvo que identificarse para derrotarlo. America, ahora, no pedirá más su ayuda. No con esa cara que asustará a todos los buenos americanos. Nunca más el inspector Gordón proyectará en el cielo la señal que lo reclamaba para las causas justas y limpias, que no sólo murieron, sino que también lo mataron.

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