DEPORTES › PORMENORES DE LA GESTION QUE LLEVO A RIVER AL LUGAR MENOS PENSADO

Yo, Aguilar, el peor de todos

Paralelos trazados entre la conducción del club y su oscuro presente futbolístico. Las locas ocurrencias para sacar al equipo del pozo y los problemas económicos que afectarán tanto a la institución como a sus jugadores.

 Por Gustavo Veiga

“No podemos terminar últimos.” Jamás, a un dirigente de River se le habia ocurrido pedir algo semejante. Ni siquiera durante el torneo Metropolitano de 1983, cuando el equipo salió decimooctavo, apenas por encima de Racing de Córdoba. José María Aguilar, un servidor, el peor presidente en la historia de River para una creciente cantidad de socios e hinchas, se atrevió a decírselo a los jugadores el martes pasado, cuando presentó a Gabriel Rodríguez como reemplazante provisorio de Diego Simeone. Es el mismo que llegó a la presidencia del club en diciembre de 2001 rodeado de un país en ruinas. Siete años después, se topa con una escenografía parecida. Con la diferencia de que, ahora, las ruinas son internas. Su cuestionada gestión deja un paisaje como ése.

Aguilar y su reducido séquito de cortesanos, al menos son líderes en un par de rubros: los sofismas y las ideas singulares. En el primero, no hay quien supere al presidente. Sus frases afectadas, grandilocuentes, al simpatizante de River promedio lo deprimen o le provocan hilaridad. “Aguilar, sos un infiltrado, sos el mejor dirigente que tiene Boca”, escribió Sergio en un foro riverplatense, el 15 de mayo de este año, con la eliminación en la Copa Libertadores todavía fresca. Dos días antes, el presidente había dicho: “Se la agarran conmigo pero desde el ’60 River ganó dos copas”. Cada vez que el directivo aclara algo, oscurece. Como oscureció en Núñez desde que su imagen se derrumbó.

Levantarla puede que ahora resulte un ejercicio para intrépidos. Aunque debe reconocerse que Aguilar es afecto a los saltos sin red. Como cuando se sacó de encima a Ramón Díaz, flamante campeón en el torneo Clausura 2002, para contratar a Manuel Pellegrini, o lo fue a buscar al riojano cuando dirigía a San Lorenzo. Da la sensación –también– de que al presidente le gusta remar contra la corriente, complicarse solo, asumir riesgos sin medir los costos.

La última ubicación del equipo en la tabla de posiciones es como una parábola de su gobierno. La gestión institucional y económica se mimetizó con la campaña futbolística. En rigor, los graves problemas de la comisión directiva precedieron –desde bastante antes– a los más recientes traspiés deportivos de Diego Simeone y sus jugadores. Aunque hoy son como dos partes de una misma pieza. Y Aguilar, que parece inconmovible ante las adversidades, que suele mostrarse con su proverbial cara de póquer, tuvo la ocurrencia típica de quien da un salto hacia adelante intentando esquivar el campo minado que contribuyó a sembrar.

El presidente invitó el martes –el mismo día en que casi rogó “no terminar últimos”– a una conferencia que brindaron en el salón Auditorio del estadio Monumental tres sobrevivientes de la tragedia de Los Andes. Vale recordarlo: el 13 de octubre de 1972, el avión que llevaba a un plantel de rugby uruguayo se estrelló en la cordillera. Sobrevivieron dieciséis de esos deportistas y, tres décadas después, algunos de ellos salen a recorrer el mundo contando su experiencia de supervivencia. Los hermanos Eduardo y Adolfo Strauch y Daniel Fernández les hablaron durante casi dos horas a los dirigentes oficialistas con el objeto de “situar a la audiencia frente a una circunstancia impredecible y a generar expectativas sobre las instancias que de ella pueden derivarse”, publicó el diario Olé. La situación impredecible es obvia. River está último, la campaña es la peor de su historia y Aguilar pretende ahora que los especialistas uruguayos en coaching le hablen al plantel. Es el mismo plantel que se desvalorizó por la insólita campaña en el actual torneo y cuyos profesionales, en la mayoría de los casos, se vendieron por distintos porcentajes a grupos empresarios de dudosos antecedentes o directamente no le pertenecen al club: Augusto Fernández por el ciento por ciento, Paulo Ferrari por el 80 por ciento, Gustavo Cabral, Radamel Falcao y Santiago Salcedo por el 50 por ciento, entre otros.

Mientras el presidente busca salidas a la crisis y trata de llegar en muletas hasta diciembre de 2009 cuando vence su mandato, una contradicción surge con nitidez. Se sugiere levantarle el ánimo al equipo con los sobrevivientes de Los Andes, pero al mismo tiempo se comienza a discutir una poda en el monto de las primas del plantel. La idea es reducirlas hasta un 50 por ciento, ya que promedian unos 400 mil dólares anuales, entre lo que, por ejemplo, cobra Oscar Ahumada (550 mil) y los que perciben alrededor de la mitad de esa cifra.

El vapuleado gobierno de Aguilar muestra tantas fisuras que la campaña electoral se adelantó casi un año. Si River tuviera expectativas de ganar algún título en esta segunda parte del año, no habría afiches en las proximidades del Monumental con el rostro de Antonio Caselli; Horacio Roncagliolo, el más crítico de los opositores, no enviaría correos todos los días con sus denuncias; Carlos Avila, el ex todopoderoso dueño de Torneos y Competencias (TyC) no diría que “River está viviendo una crisis infernal”, lanzado a presentarse en las elecciones del año que viene; ni el presidente de la Caja de Ahorro y Seguro, Raúl D’Onofrio (vocal de la directiva como Caselli), se perfilaría ya como candidato.

El 28 de este mes, dos asambleas de representantes pueden resultar cruciales para medir la estabilidad de Aguilar en su cargo. Una tendría que aprobar o desaprobar el balance del último ejercicio (ver aparte) y la restante –que el oficialismo intentó sortear–, se hará por una resolución de la Inspección General de Justicia que avaló un pedido opositor para tratar la presunta falsificación de presupuestos en obras y la sobrefacturación de un sistema de cámaras de seguridad.

Hace ya unos años, cuando el presidente lucía bastante más delgado y menos agobiado por problemas como la barra brava adicta, las malas campañas y las denuncias de corrupción, abrevaba en gloriosas etapas del club para aventurar un futuro que, sin dudas, no fue éste: “River es el club más grande de nuestro país, el más importante, el de más cosechas de éxitos a lo largo de su historia y que indudablemente tiene un destino de grandeza, porque así lo han inculcado sus fundadores, porque así lo han hecho todos aquellos que lo forjaron...”.

¿Cuál es el aporte de Aguilar y sus fieles a esa grandeza? Por pudor, no deberían decirlo. A la institución le hicieron demasiado daño.

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Aguilar, la cara visible de un club en crisis.
Imagen: Télam
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