ECONOMíA › OPINION

Inconsistencia por dos

 Por Alfredo Zaiat

Pocos temas tienen la cualidad de reunir tantas posiciones políticamente correctas de diferentes corrientes del pensamiento económico como el de la pobreza. Es difícil encontrar grupos sociales que no manifiesten la exigencia de políticas públicas para enfrentar ese problema. Este interés extendido plantea el desafío de distinguir en esa preocupación entre motivaciones indiscutibles y oportunistas. No deja de ser una peculiaridad de estos tiempos políticos mediáticos que representantes del poder económico sean los que con más énfasis dicen que se inquietan por la pobreza. El fallido documento de la cúpula política de la Iglesia Católica señalando, además de consideraciones generales, que el actual modelo económico es generador de pobres es el más reciente de los capítulos de esa hipocresía. Los conglomerados empresarios que, pese a la deserción de la UIA, Adeba y la CGT y CTA, mantienen la firma a esa proclama frustrada resisten la aplicación de retenciones, culpan a los salarios de la inflación, promueven el desplazamiento del Estado en la economía y creen en el dios mercado para repartir los panes entre los menesterosos.

El nivel, la profundidad y la extensión en el tiempo de elevados porcentajes de la población en situación de pobreza es un problema indudable. Pese a un inédito ciclo de crecimiento sostenido la cantidad de hogares en estado de exclusión social, que no sólo se mide por ingresos sino por la carencia de condiciones materiales, sigue en umbrales intolerables si lo que se pretende es construir una sociedad integrada y dinámica. Frente a este complejo panorama, que reconoce la herencia de un modelo de valorización financiera inaugurado en 1976 y que estalló en 2001, se requiere precisar los diferentes contextos para evitar confusiones:

- Hoy no hay un porcentaje mayor de pobres que el existente en la década del ’90.

- La tendencia es inversa: antes, la curva era ascendente, y ahora fue descendente hasta su estancamiento por el alza de precios de la canasta básica y del impacto de la crisis internacional.

- La Asignación Universal por Hijo permitirá recuperar la dirección positiva de esa tendencia.

- Las condiciones de ingresos y materiales en la actualidad son mejores que en la década pasada, como también las expectativas favorables para seguir progresando.

- La brecha de ingresos para salir de la pobreza, o sea la cercanía a la línea de ingresos que rescata a las personas de esa situación, es más reducida.

- La permanencia en situación de pobreza provoca deterioro social, cultural y personal que por el transcurso del tiempo hoy es más grave que en las décadas pasadas.

En esa instancia aparece el principal factor perturbador para una comprensión más limpia de este proceso complejo, que tan bien sabe capitalizar el establishment y sus voceros bien dispuestos: la pérdida de credibilidad del Indec. El investigador Gerardo De Santis ha sabido resumir esa anomalía con claridad: “No se puede convivir con un Indec poco creíble. El esfuerzo es doble y costoso, sobre todo contra los que pretenden erigirse como apropiadores de la verdad”. El economista y director del Centro de Investigación en Economía Política y Comunicación, de la Universidad Nacional de La Plata explica que “se está perdiendo una oportunidad para mostrar los datos positivos de un cambio de esquema macroeconómico sustantivo, que ahora permite aislar los efectos negativos de los shocks externos por la desconexión del mundo, más profundamente afectado que la Argentina y la región”.

En el reciente documento “Producto para todos”, De Santis se lamenta que “la pérdida de credibilidad del Indec nos obliga a un doble trabajo: tratar de reconstruir los datos macroeconómicos y, por otro lado, luchar contra los pronósticos privados amparados en intereses ideológicos”. En relación con la evaluación sobre el comportamiento de la economía en 2009, señala que esos sectores intentan mostrar que existió una profunda recesión en Argentina, incluso más profunda que la crisis del Tequila cuando la desocupación alcanzó casi el 20 por ciento. En cambio, De Santis informa que “a través de un ejercicio de consistencia del comportamiento de las variables macroeconómicas de la demanda agregada, se evidencia que un Indec creíble podría estar mostrando las virtudes de este esquema macroeconómico para enfrentar las situaciones de crisis”.

Con los datos de pobreza e indigencia que difunde el Indec sucede algo similar. Para fines de 2009, la tasa de pobreza se ubicó en 13,2 por ciento, 2,1 puntos inferior a la correspondiente a igual período del año anterior, y la de indigencia, en 3,5 por ciento, según el Instituto. El sociólogo Artemio López explica en su blog rambletamble que “la incongruencia de los datos sobre pobreza e indigencia son evidentes al analizar la serie histórica” de esos indicadores sociales. Señala que el porcentaje de población en estado de indigencia (ingresos por debajo de los necesarios para garantizar la alimentación del grupo familiar) informado por el Indec se corresponde a los mismos niveles existentes en 1974, antes del desembarco neoliberal con la última dictadura. Agrega también que en 1974 existía 2,8 por ciento de desempleo y hoy asciende al 8,4 por ciento, entre otras comparaciones que muestran la inconsistencia de esos datos oficiales. Más allá de números, el argumento más fuerte que expone Artemio López se define por el absurdo: “Para qué implementar el plan de transferencia de ingresos a menores de 18 años (la AUH) que puede llevar la indigencia a valores marginales, si ya antes del plan la carencia se ubica en los 3,5 puntos”.

Este desvarío estadístico obliga a emprender el desafío que plantea De Santis para eludir las inconsistencias de las fuentes donde abreva el establishment. Los porcentajes que ubican a la pobreza en el rango que va del 30 al 40 por ciento, siendo ese último porcentaje el que en un momento difundió la Iglesia a partir de un extenso documento preparado por el Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina. Ese trabajo resulta relevante porque es la base estadística desde donde la Iglesia luego interviene en el debate político sobre la pobreza. El trabajo de ese centro de investigación de la UCA es sólo una encuesta a un limitado universo poblacional. Las mediciones anuales empezaron en 2004 ampliando cada uno de los años siguientes los casos relevados: fueron 1100 en las tres primeras mediciones hasta alcanzar los 4400 en la última. Los autores de esa investigación explican que en términos de los hogares alcanzados, esa encuesta permite dar información acerca de 4,5 millones, en un alarde de amplitud. Este tipo de estudio también merece una discusión acerca de la metodología o el alcance de la interpretación de sus resultados, tarea que probablemente será de mucho interés a los políticos y especialistas preocupados por el Indec.

Con más rigor analítico, el Centro de Investigación y Formación de la República Argentina (Cifra), vinculado con la CTA, elaboró una estimación alternativa debido a que “los datos presentados por el Instituto desde principios de 2007 no resultan confiables”. En ese estudio se informa que desde 2007 la incidencia de la pobreza fue re-estimada, a partir de la Encuesta Permanente de Hogares de Indec, pero corrigiendo la canasta básica de acuerdo con la evolución del IPC en siete provincias. En el último informe de coyuntura del Cifra se explica que, hasta fines de 2006, la pobreza tuvo una trayectoria de fuerte descenso, para ubicarse en el 17,8 por ciento de los hogares. Se estima que desde entonces y hasta el 2º trimestre de 2009, la pobreza no ha vuelto a mostrar caídas significativas. “Más aún, en el marco de la situación recesiva habría mostrado un leve incremento”, se señala. Se calcula que a mitad del año pasado se ubicaba en el 24,9 por ciento de las personas y el 17,6 por ciento de los hogares en situación de pobreza. El documento de Cifra concluye que la implementación de la asignación universal por hijo “implicaría la reducción del porcentaje de personas bajo la línea de pobreza en alrededor de 5 puntos”, evaluación más equilibrada que el desatino estadístico oficial o la fantasía de desborde social que expresa el establishment a través de divinos representantes.

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