EL MUNDO › FERNANDO BARRAL HIJO REPARA AUTOS EN LA HABANA, ESOS MODELOS FABRICADOS POR EL “ENEMIGO” ENTRE LOS AÑOS 20 Y 50

Mantener la Revolución sobre cuatro ruedas

La historia de la resistencia al embargo y a las maniobras de Washington es también una historia de autos, de motores y de mecánica.

 Por Eduardo Febbro

Desde La Habana

En la familia cuentan que cuando el nieto le preguntó a su abuelo “qué es ser ateo”, el doctor Fernando Barral le respondió: “alguien como yo”. El nieto lo miró incrédulo y le dijo “cómo vas a ser ateo si tienes tu altar con el Che Guevara”. Un fusil de los años ‘60, espléndidas fotos del Che y recortes de diarios configuran eso que el nieto llama “un altar”. Pero en la familia Barral, que llegó a Cuba cuando el abuelo era joven porque lo llamó el Che, hay más de una religión. La del abuelo es el Che, la del hijo, también llamado Fernando, son los autos. Fernando Barral hijo ha mantenido como pocos la Revolución sobre cuatro ruedas. Porque la historia de la Revolución Cubana, su persistencia y su resistencia a los embistes del embargo y de las maniobras de Washington para derrocarla, es también una historia de autos, de motores y de mecánica. Esos coches Mercury, Ford, Chevrolet, Dodge, Buick Super Dinaflow, Pontiac, Plymouth o Cadillac fabricados en Estados Unidos mucho antes de que entrara en vigor el embargo decretado en los años ‘60, todavía funcionan a fuerza de imaginación, de torneros que fabricaron piezas que ya no existen, de mecánicos como Barral que les dan vida con tratamientos inéditos, o de obsecuentes cirujanos de motor abierto que allí donde faltaba una pieza y no podía fabricarse pusieron piezas sacadas de heladeras y lavarropas.

Cuba plasmó un doble milagro de cuya dinastía Fernando Barral hijo forma parte: de un mal, de un objeto fabricado por el “enemigo” entre los años 20 y 50, hizo un emblema nacional que todo el mundo conoce con el apodo de “almendrón”. “Lo hemos llamado almendrón porque a veces parece un carro y a veces no lo parece, pero el nombre popular de esos autos se refiere a los almendros cuando se secan y la superficie queda irregular. Cuando los carros están muy golpeados dan la sensación de que es una almendra”, cuenta Fernando Barral. El Almendrón es un museo rodante que cuenta todo la historia más reciente de Cuba. En la isla hay unos 75.000 en circulación, 10.000 de los cuales circulan por la capital. Por un dólar por persona si se los toma con otros pasajeros, por unos 6 si se va sólo y según la distancia, esos autos hacen las delicias de los turistas. Pero sus motores roncos y potentes cuentan una historia más íntima y gloriosa. Cuba posee sin dudas la colección de coches más importante del mundo, pero no son para nada un museo sino para el uso diario, como taxi o desplazamiento familiar. Son una suerte de monstruo anacrónico que resistió a todos las inclemencias de la vida. “Su permanencia en el tiempo es una consecuencia de la situación a la que hemos estado sometidos. Ante las dificultades nos crecimos y logramos mantener el parque automotor. Poseemos un verdadero museo rodante. No hay que olvidar que son autos de y para la familia, no están guardados así como objetos de colección”, señala Fernando Barral.

Cuando Cuba se convirtió en el patio trasero de los banquetes de Estados Unidos, la Isla ya era, en los años 20 del Siglo pasado, el primer importador de autos en América Latina. El famoso Ford T llegó a convertirse en un signo nacional al cual los cubanos apodaron “fotingo” porque la publicidad decía “Foot it and go”. De los 143.000 autos que circulaban en Cuba a principios de los años 50, la mitad sigue funcionando hoy. Las anécdotas fluyen en la boca de cada chofer que los maneja, desde el secuestro de Fangio en 1958 por el movimiento castrista del 26 de julio, hasta la célebre Macorina, la prostituta y primera mujer que fue propietaria de un auto en la Isla. La victoria de la Revolución, el embargo norteamericano, la Guerra Fría, el derrumbe del comunismo, los huracanes o las penurias por las cuales atravesó Cuba, nada pudo con estos autos de colores vivos y andar desvencijado. “Pienso que el almendrón es un sello de la identidad cubana. No nos ha quedado más remedio que el de conservar estos autos durante el tiempo. Han pasado generaciones y generaciones y los hemos mantenido. Por pura necesidad se recrearon y se mantuvieron en funcionamiento esos autos. Fíjese, en el año 59 entraron a Cuba los últimos automóviles norteamericanos. Después vinieron modelos de Polonia, de la Unión Soviética, de Argentina, de Gran Bretaña pero estos persisten. A hay de todas las marcas norteamericanas”, cuenta Fernando Barral.

Cuando en el año 59 dejaron de ingresar suministros, el mantenimiento de los autos se volvió un asunto crítico. Barral se acuerda de que una de las primeras cosas que faltaron fueron “las zapatillas para los frenos”. Pero uno mecánicos ingeniosos convirtieron las viejas gomas de camiones y tractores en zapatillas para los frenos. “Esa gente copiaba la forma del freno original en una goma y te entregaban un freno nuevo, reinventado”, dice Fernando Barral. Así como hay gente que copia cuadros o hace joyas falsas, los torneros cubanos “copiaron las piezas faltantes. Fue como un arte mecánico para tratar de resolver estos problemas. Los aros de los autos y otros elementos claves fueron reproducidos así. Nosotros las llamamos piezas criollas. No tienen la calidad del original, pero solucionan el asunto por un tiempo”. Barral salta sin dudar a la lectura política de este “arte mecánico” nacido de la privación:”al no tener consumo capitalista teníamos que crear un consumo socialista, para llamarlo de alguna manera. Y la forma de suplir la escasez de repuestos consistió en crear toda esa serie de artistas, inventores o artesanos capaces de recrear muchas de las piezas que nos hacían falta. Aquí se fabrican las juntas de los motores, los pistones, las bielas y hasta los cigüeñales. Cuando los cigüeñales no sirvieron más, apareció una persona a la que se le ocurrió rellenarlos y volverlos a metalizar. En Cuba tenemos mecánicos que son capaces de coser los motores cuando se rajan. En una situación normal, esos motores hubiesen sido desechados”.

Mucho más que una mera atracción turística, los almendrones son una prueba de ingenio, de resistencia y hasta de cómo una sociedad se puede apropiar y transformar aquello con la que se la quiere castigar. Sin las innumerables privaciones, los almendrones no existirían. Hoy los hay de todo tipo, con los motores originales, o cambiados. Algunos llevan motores soviéticos o motores reconfigurados por torneros en un 80%. Estos autos tienen, además, la historia de sus propios dueños. Jesús, un mecánico que sólo repara Chrysler, posee un modelo de los años 50 que, antes de que lo arreglara, pasó “5 años bajo el agua”. Aunque estos autos cuestan entre 5 y 10. 000 dólares, Jesús dice que “no lo vendería ni por todo el oro del mundo”. Cuando lo enciende, tiembla la tierra, la carrocería se sacude como si la atravesara un terremoto hasta que se estabiliza, con un ronroneo potente y masculino.

Los almendrones respiran, cantan, hablan, son como las leyendas, no tienen fin. Fernando Barral confiesa que para él “es un orgullo haber podido restaurar esos autos. Siempre trato de que las piezas sean las originales de esos autos, pero bueno, a veces hay que reconstruir el carburados, el alternador. Trato de que por lo menos el 90 por ciento del auto tenga piezas originales”. La paulatina apertura de la isla puede llevar a que esos autos desaparezcan poco a poco. Barral mira ya con nostalgia ese horizonte: “llagará un momento en que eso suceda. La gente se cansará de tener carros viejos y querrá uno nuevo. Pero yo espero que aquí todavía pase un tiempo antes de que esto suceda. Vamos a seguir luchando durante largo tiempo por nuestros almendrones. Aún no es viable venderle a cada familia un auto nuevo. Yo siempre trataré de tener un almendrón en mi casa”. Fidel Castro supo tener un Oldsmobile con fusiles en el asiento de atrás. El Che Guevara circulaba al volante de un Studebaker con un enorme habano entre los labios. Poco a poco, las autoridades dejaron esos puros productos del capitalismo por autos más acordes con la Revolución, como el ya famoso todoterreno ruso GAZ 69. Entre los años 60 y 70, con los Skoda checos, los Lada soviéticos o los Peugeot 404 fabricados en la Argentina, Cuba quiso renovar su parque automotriz. Luego, entre la década de los 90 y el año 2000, llegaron nuevos Peugeot y autor chinos. Nada, sin embargo, venció a los antiguos Mercury, Ford, Chevrolet, Dodge, Pontiac, Plymouth o Cadillac fabricados en Estados Unidos y mantenidos con vida por los cubanos gracias a un trabajo único de mecánica artística.

Al prolongarles la vida, Cuba les cambió la identidad a esos autos productos del capitalismo. Fueron los autos en los que se podía y se puede circular en el castigado país de la Revolución. Fernando Barral hijo está en el corazón de esa dinastía. Su padre tiene otra historia, es médico y no mecánico, se escapó de la España franquista, llegó a Cuba gracias al Che y aún cuenta como si fuera el inmediato ayer aquella epopeya. La huida de España, la llegada a la Argentina, su encuentro con el Che, su expulsión a Hungría decidida por Perón, otra vez el Che y su viaje a Cuba. Pero esta es otra historia. A veces, cuando algún almendrón pasa por su calle rugiendo como un dinosaurio enojado, los retratos del Che tiemblan en las paredes. Su hijo les alargó la vida.

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“Poseemos un verdadero museo rodante. No hay que olvidar que son autos de y para la familia”, señala Fernando Barral.
 
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