EL MUNDO

Una campaña con escaso debate y mucho patriotismo

A una semana de las elecciones en Francia, el electorado todavía espera discusiones sustanciales sobre los temas que le interesan, como el déficit y el desempleo. De América latina, ni noticias.

 Por Eduardo Febbro

Desde París

Quienes esperaban que la campaña electoral fuera un gran momento de aclaración de los temas nacionales y de diseño de una perspectiva global para el futuro se han quedado con un sabor de plato sin sal. Recién esta semana la candidata socialista Ségolène Royal empezó a poner en el centro de la temática la cuestión social. Fuera de esta escaramuza sin muchos ecos, casi todo el clima de la campaña de la primera vuelta de la consulta presidencial giró en torno de metáforas de la nación, el patriotismo, los emblemas de la República. El déficit público, el endeudamiento de Francia, la seguridad social, el desempleo, Europa, las relaciones con las otras regiones del mundo... parecen horizontes que no conciernen al electorado.

Se ha producido una derechización a la vieja usanza cuya responsabilidad no se le puede imputar al conservador liberal Nicolas Sarkozy. Si bien es cierto que el candidato de la UMP no se privó de declinar en cuanto tono fuera posible la melodía nacionalista y de extraer de los manuales en desuso algunas recetas anacrónicas, la representante socialista no se quedó atrás: fue ella quien protagonizó una de las más curiosas incursiones en el campo del patriotismo de escaso vuelo: Ségolène Royal recomendó que cada ciudadano tuviera una bandera francesa en su casa. Nicolas Sarkozy, en otros registros, hizo lo suyo.

En la última semana vale retener su interpretación del suicidio de los jóvenes y de la pedofilia: según Sarkozy, ambas cosas pertenecen a lo innato, es decir, se trata de un problema genético. La última contribución a esta confusión de géneros la aportó un ex primer ministro socialista. Michel Rocard propuso ayer una alianza entre Ségolène Royal y el centrista François Bayrou, cuya progresión en los sondeos amenaza la presencia de Royal en la segunda vuelta. Pese a que Bayrou sea claramente un hombre de la derecha que siempre gobernó con las mayorías conservadoras, el ex dirigente socialista dijo: “Dentro de algunos días los franceses decidirán quién, entre François Bayrou y Ségolène Royal, es el mejor para derrotar a Nicolas Sarkozy. Seguramente elegirán mejor si saben que, en los dos casos, una alianza sincera y constructiva defenderá en la segunda vuelta y luego en las legislativas un proyecto común de esperanza para Francia”.

Una buena parte de los temas que circulan en la campaña fueron sacados del armario de la extrema derecha: autoridad, seguridad, identidad nacional, respeto de los signos patrios, inmigración, orden, desviaciones genéticas. El mundo parece haberse reducido al espacio nacional y éste a un territorio que es preciso proteger. Los observadores nacionales aseguran que la sociedad se siente a la vez incomprendida y abandonada por la clase política y que ésta, a fin de acercarse a la gente, busca hablar el lenguaje del pueblo. La sociedad francesa tiene una pésima imagen de sus líderes políticos. Un sondeo hecho público esta semana reveló que el 63 por ciento de los ciudadanos siente que sus dirigentes están alejados de las preocupaciones reales de la gente.

“Uno tiene la impresión de que la nación está en decadencia, de que el sistema político está agotado y que la sociedad es un purgatorio que puede transformarse en un infierno”, escribió el analista político Alain Duhamel. A ello se le agrega una desaparición discursiva de las fronteras entre la izquierda y la derecha. No es común que un socialista se ponga a defender la bandera y el himno nacional.

El ensayista Eric Dupin explica este fenómeno por una suerte de abdicación ideológica de la izquierda: “Muchas ideas de la derecha penetraron a sus adversarios políticos. Las izquierdas occidentales están comprometidas en un recentraje espectacular. La izquierda inscribe su acción en el marco mental de su adversario”.

Frédéric Dabi, jefe del departamento de opinión de la encuestadora IFOP, constata además que la cuestión de la necesidad del orden, antes específica a los electores de la derecha, ahora se amplió: “Los electores dan prioridad a los valores de orden y de autoridad y esa expectativa de un orden no emana exclusivamente de la derecha: también es un anhelo de los electores de izquierda”.

El desplazamiento a la derecha del electorado es tan espectacular que, hace unas semanas, el mismo Nicolas Sarkozy reconocía: “Francia está verdaderamente a la derecha”. Pero el giro conservador de electores y políticos no hace sino reflejar una actitud de encierro. En un mundo cada vez más integrado, Francia va a las urnas como si el resto del mundo no existiera. Lejos, muy lejos parecen las campañas en las que la política exterior de Francia, sea hacia Europa, Africa, los Estados Unidos o América latina, era un tema, uno de los sentidos de la elección. Hoy ya no. En el caso concreto de América latina los candidatos presidenciales superan todos los niveles de ignorancia o indiferencia que se puedan imaginar.

América latina no suscita casi ninguna mención en las plataformas electorales de los candidatos. Casi, es decir, con una notable exclusión: la de la extrema derecha. “La política exterior está ausente porque todo lo extranjero es visto como una amenaza por los franceses y los políticos lo evitan”, comentó Jean Jacques Kourliansky, miembro del IFRI (Instituto francés de relaciones internacionales y estratégicas). Y si un ojo curioso se interesa en ver lo que dicen los programas presidenciales sobre América latina... la primera reacción es una carcajada.

El del candidato favorito de los sondeos, Nicolas Sarkozy, pone por los cielos la organización de procesos electorales en América latina y luego se preocupa por: “la fragilidad de la democracia” y “las derivas autoritarias y populistas”. Seguramente, los consejeros de Sarkozy se equivocaron de época al consultar los manuales de historia.

Peor aún, el programa de la candidata socialista no ofrece una perspectiva mejor. América latina no existe. Quedó limitada a un par de frases de circunstancia pronunciadas por Ségolène Royal en el curso de un encuentro con los embajadores latinoamericanos en París. “Si queremos construir un mundo más justo necesitamos una América latina fuerte y unida.” La extrema izquierda francesa incurre en igual olvido. Desde luego, habla de América latina con lágrimas de emoción en los ojos, pero sus programas están secos de toda idea, de toda propuesta, de todo esquema de política exterior hacia América latina.

Y como todo va y viene hacia y de la derecha, el único que se explayó en el tema fue Jean Marie Le Pen. El candidato del ultraderechista Frente Nacional hizo el elogio del presidente colombiano Alvaro Uribe y se dio el lujo de prometer: “Mi presidencia colmará el vacío diplomático que ha presidido nuestras relaciones con América latina. Francia ha fallado todas sus citas con esta región”.

Ni siquiera los partidos surgidos de los movimientos antiglobalización, que tanto se frecuentan en los foros como el de Porto Alegre, le han dedicado unas líneas a una región con la que Francia mantiene relaciones económicas de alto nivel. Dentro de la Unión Europea, París es uno de los principales inversores en América latina. Pero los doce candidatos presentes en esta cita presidencial 2007 tienen los ojos cerrados al mundo. Mundo hiperconectado, megarrelacionado, y una Francia cuyos candidatos –así lo declaran– aspiran a encarnar un modelo universal, pero se quedan en los estrechos lazos de la bandera, el himno, la seguridad y la restauración de la autoridad dentro del espacio nacional.

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Poster de la candidata socialista Ségolène Royal, con el agregado de una nariz de payaso.
Imagen: AFP
 
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