SOCIEDAD › MARTA LAMAS, DIRIGENTE FEMINISTA MEXICANA

“Necesitamos mujeres en la calle pero también funcionarias y académicas”

Con más de treinta años de militancia en el feminismo, la antropóloga Marta Lamas puede ver concretado en unos días uno de los objetivos de su lucha: la casi segura sanción de una ley que despenaliza el aborto en el Distrito Federal. Hija de argentinos, porteña por adopción, se convirtió en la principal referente de las luchas por los derechos de la mujer en México.

 Por Mariana Carbajal

Marta Lamas es la principal activista feminista de México. Hija de padres argentinos, lúcida, inquieta, profunda, esta antropóloga, que orilla los 60 años, luce sus canas sin pudor y con gran elegancia. En sus más de treinta años de militancia ha desarrollado una particular forma de plasmar su feminismo: a través de la creación de diversas instituciones que promueven la equidad, la paridad, los derechos sexuales y reproductivos, la autonomía de las mujeres y también su incorporación en la política. Una de ellas, el Grupo de Información en Reproducción Elegida (GIRE), se dedica a la lucha por la despenalización del aborto y, en pocos días, verá coronado su trabajo de años en una reforma legislativa inédita que permitirá en el Distrito Federal interrumpir un embarazo durante las primeras 12 semanas de gestación, sin otros motivos que la decisión personal de la mujer. En una extenso reportaje con Página/12 analiza el debate que desembocará en una virtual legalización del aborto en la capital mexicana, recuerda cómo descubrió primero el marxismo y después el feminismo y repasa la situación de feminismos latinoamericanos. “A mí el feminismo me cambió la vida”, afirma, durante una de sus periódicas visitas a la Argentina.

Lamas adora Buenos Aires. La conoce tanto como si fuera porteña. Y en cierta medida lo es. A los 40 días de vida hacía el primero de un sinfín de viajes al país de sus padres, de sus tíos y primos. “Estuve unos meses aquí y luego regresé al DF. Pero veníamos todos los años de vacaciones. Siempre Argentina fue una referencia”, asegura.

Su niña mimada es la revista Debate Feminista, que fundó y dirige hace 17 años. Se edita cada seis meses con formato de libro y es un puente entre el trabajo teórico y el activismo a nivel latinoamericano. Además, encabeza el Instituto de Liderazgo Simone de Beauvoir y la Sociedad Mexicana Pro Derechos de la Mujer, una asociación civil que se encarga de recaudar fondos y financiar proyectos exclusivamente de mujeres mexicanas: ya ha beneficiado directamente a más de 350 mil mujeres e indirectamente a otras 500 mil adultas y niñas.

–¿Se siente un poquito argentina?

–Mi madre era una mujer muy porteña. Siempre el paradigma de todo era Buenos Aires. Mi padre también argentino, en cambio, se mexicanizó mucho. El se enamoró de México, y mi madre vivía con nostalgia por Buenos Aires. Yo crecí con esa dualidad. Para muchos mexicanos yo soy muy poco mexicana: tengo un estilo más directo, más agresivo, más gritón, más el estilo argentinudo y aquí, para los argentinos soy muy poco argentina, soy muy mexicana. Entonces soy un híbrido. Pero Argentina ha sido una referencia básica y fundamental en mi vida.

–¿Por qué sus padres fueron a vivir a México?

–A mi padre lo invita en 1945 el gobierno mexicano a desarrollar un modelo de préstamo y ahorro para la vivienda popular y le empieza a ir muy bien económicamente. Era un proyecto de pocos años, pero se termina quedando. Era un hombre muy talentoso para los negocios, aunque no tenía estudios y tenía un origen humilde.

–¿Y cómo una hija de un banquero llegó a la izquierda?

–Como mi madre pertenecía a una familia muy progre, me mandan a un bachillerato en una de las zonas caras de México, en Polanco, pero era una escuela laica, donde los maestros eran republicanos de la Guerra Civil Española. En el último año teníamos una materia que se llamaba Doctrina Filosófica. Y tuve un profesor que nos dio marxismo. Para mí fue como que me corrieran una cortina, y que yo pudiera entender, entre otras cosas, el contraste brutal que había en ese momento entre Argentina y México. Eran los años ’50, ’60. En la Argentina no había gente pidiendo dinero en la calle, mientras que en México había cantidad de indígenas y pobres en las condiciones más espantosas. Yo en Buenos Aires era muy libre, me subía al subte, andaba por la calle, iba a la plaza, jugaba con los chicos, y en México era todo control: el chofer, la nana, el miedo a que me secuestraran, la gente pobre, la violencia. Eran dos modelos de país. Ultimamente con la crisis, Buenos Aires se mexicanizó mucho. Y de pronto, a los 16 años, un maestro absolutamente de izquierda nos enseñó marxismo en una escuela de gente hija de ricos. Eso nos alcanzó bastante a varios. Y además, al año siguiente tuve mi primer novio, que era un muchacho trotskista. A partir de ahí me metí en ese mundo, me salí muy chica de la casa de mis padres, me casé muy joven, tuve un hijo, me separé y demás...

–¿Cómo fue su encuentro con el feminismo?

–En 1971 va a México un trotskista muy famoso, Ernest Mandel, y en el ciclo de conferencias en las que participa también está Susan Sontag. Voy a escuchar a Mandel y a curiosear a ella. Habla del feminismo del momento, la segunda ola feminista en Estados Unidos. Así como sentí que se me descorría un telón cuando descubrí el marxismo, sentí que se corría otro telón al escucharla. De repente, una tipa empezó a hablar de cómo el poder no solamente definía las relaciones de producción y estaba en la lucha de clases, sino también en las relaciones de las mujeres, en la sexualidad, en el orgasmo. Y tocó una fibra, que yo estaba viviendo muy duramente, y era la relación con el hombre: yo estaba separada y mi hijo tenía un año. Termina la conferencia con Susan Sontag y un grupo de cincuenta mujeres salimos atrás de ella y nos sentamos en el césped en la Ciudad Universitaria para hacerle preguntas. Y una mujer –que es ahora una de mis mejores amigas– pasa con una libretita diciendo “si quieres asistir a una reunión de feministas pon aquí tu nombre y el teléfono”. A la semana me hablaron y empecé a asistir a lo que en ese entonces eran los pequeños grupos de autoconciencia.

–Y ahora usted es la activista feminista más importante de México.

–Hay varias referentes, pero es cierto que yo soy una de las caras públicas más conocidas y cuando hay un tema, los medios me buscan. A mí el feminismo me cambió la vida. Encontré además en el feminismo algo que no había encontrado en mi anterior militancia, donde era por los otros: por los pobres, por los campesinos, por los indígenas. El feminismo me permitió hablar desde mí: en el sentido de que si yo, siendo una mujer privilegiada, universitaria, etc., etc., vivía ciertos tipos de opresiones y discriminaciones, poderlas asumir y desde ahí hacer una batalla que incluya a todos los demás. A mí me parecía que era muy importante que el feminismo pasara de esa cuestión tan espontánea de grupos de mujeres que se reunían a hablar, a armar cierto tipo de instituciones e instrumentos de transmisión de información y de línea política. Por eso creé una serie de instituciones: en 1976 fundé Fem, la primera revista feminista de México, luego en 1990, Debate Feminista. También abrí un instituto de capacitación en liderazgo para cuadros políticos que es el Simone de Beauvoir, creé una organización para conseguir la legalización del aborto en México, en defensa de derechos sexuales y reproductivos (GIRE), y otra que se llama Equidad de Género que se dedica a trabajo, ciudadanía y familia.

–Quizá sea el hecho de haber salido de la academia, de la teoría, para trabajar en la práctica lo que ha marcado la diferencia.

–Sucede que yo nunca estuve en la academia. Siempre me interesó mucho el trabajo intelectual y tuve una patita ahí, pero creo que apenas ahorita estoy ingresando: estoy haciendo un doctorado en Antropología. Durante muchísimo tiempo dejé la universidad y me dediqué solamente al activismo. Y en los últimos tres o cuatro años me dije: voy a terminar la carrera. He sido muy activista, pero una activista que leía mucho, que viajaba, que tenía amigos intelectuales, que iba a reuniones a aprender, y al valorar eso me invitaron a dar clases hace siete años en el Departamento de Ciencia Política, la materia Género y Política, y a partir de ahí entré en un proceso de empezar a sistematizar todo mi trabajo anterior.

–¿Cómo se dio el debate por la despenalización del aborto que se está por votar en el DF?

–En México, cada estado tiene su Código Penal y aparte hay uno federal. El aborto está en los dos códigos que rigen en el DF: el del estado y el federal. La votación está prevista para el 24 de abril. Va a ser interesante porque si se despenaliza en la Ciudad de México habrá una contradicción con el Código federal y probablemente llegue el tema a la Suprema Corte. En la Ciudad de México hay algunos hospitales y clínicas que dependen de la Secretaría de Salud del gobierno del Distrito Federal, donde los médicos están totalmente dispuestos, si cambia la ley, a hacer los abortos. Pero también hay clínicas del seguro social, que es una instancia federal, y del Instituto de Seguridad Social para los trabajadores del Estado, que van a poder ampararse en la ley federal para evadir la ley local. Yo estoy muy contenta con el proceso, pero no creo que vaya a ser fácil la implementación de los cambios que se voten.

–¿Qué plantea esta reforma?

–En el 2000 ya logramos cambiar una parte del código local. El aborto sólo estaba permitido si el embarazo provenía de una violación o si había peligro de muerte para la mujer. Nosotros conseguimos que se cambiara este último supuesto por “grave daño a la salud”, que no es lo mismo. E introdujimos la despenalización en los casos de malformaciones del producto. Ahora se planteó una cuarta causal que es “por obstrucción del proyecto de vida de la mujer”...

–Un concepto muy amplio.

–Caben razones económicas, psicológicas... Pero hace unas semanas se modificó porque ese concepto irrita mucho y parece que va a quedar por “causas amplias psicológicas”. De todas maneras, creo que de facto va a ser una despenalización. El Distrito Federal tiene un gobierno de izquierda, el PRD, que tiene la mayoría total legislativa. Pero lo curioso es que esta iniciativa no la presentó el PRD, sino un diputado del PRI. En este momento hay 10 o 12 estados gobernados por el PRI, donde tienen mayoría y ahí no proponen la despenalización del aborto. Donde son minoría, sí lo hacen, un poco para hacer escándalo, otro poco para forzar al PRD a oponerse, pero en este caso el PRD se lo tomó en serio. Originalmente, el proyecto estaba muy mal hecho: castigaba a los médicos que no quisieran hacer los abortos y ése no es el punto: las instituciones deben garantizar que se brinde el servicio. Un partido chiquito nuevo de una feminista, Patricia Mercado, tomó la iniciativa, le cambió cosas muy burdas que tenía, la mejoró y buscó alianza con el PRD.

–¿Qué cambió en México para que la despenalización del aborto dejara de ser un tema tabú?

–El conflicto post-electoral. El año pasado una de las cosas que más irritó a un sector grande de la población fue la negativa de Felipe Calderón y del PAN de volver a contar los votos. En una elección tan reñida, donde la diferencia fue tan pequeña, de alrededor de doscientos mil votos, donde además hubo una campaña sucia, uno hubiese esperado la actitud de Oscar Arias, en Costa Rica, que dijo: vamos a contar los votos. Esa negativa agudizó la polarización y el enfrentamiento. Entonces, aunque no fue una iniciativa del PRD, se pensó que así les sacarán roncha a la derecha, al PRI, a la Iglesia Católica. Si se hubiera dicho que se vuelvan a contar los votos, las cosas hubieran sido distintas.

–¿Cómo ve el movimiento feminista en América latina?

–Hay muchos feminismos, hay distintos grupos. Yo pertenezco a una tendencia que ha insistido mucho en la necesidad de institucionalizarse, de entrar en la real politik, de trabajar con hombres. Muchas feministas nos ven como unas pervertidas, como que hubiéramos perdido esa espontaneidad y esa cuestión de hacer las cosas entre mujeres. Hay grupos muy sectarios, muy intransigentes, para mí muy atrasados. Hay feministas y grupos que han logrado hacer intervenciones muy interesantes en sus sociedades, con políticas públicas y presencia en el gobierno. Para mí, con ser feminista no basta: hay que ser feminista y tener además otro tipo de definición para poder realmente transformar e incidir. El feminismo es como un primer momento de entender y descubrir que la diferencia sexual se traduce en desigualdad social, pero es algo que necesita aparte de ese nombre distintos apellidos. Puedes encontrar feministas más conservadoras, más progresistas, más de izquierda, más de derecha. Hay un feminismo más cultural, cuya apuesta es transformar lo simbólico, que me parece muy necesario. En este momento hay muchas feministas en América latina que ya están insertas en los aparatos de los propios partidos o en los gobiernos y desde allí están teniendo una influencia muy importante. Cada una en su lugar: necesitamos mujeres en la calle, gritando, con pancartas, que estén presionando, pero también necesitamos juezas, funcionarias, académicas que estén investigando.

–¿Y por qué cree que el feminismo tiene tan mala prensa?

–Porque simbólicamente vivimos en un orden patriarcal y el feminismo está atentando contra una situación de privilegio de los hombres. A los hombres no les interesa para nada compartir el trabajo doméstico y la vida privada. Viven como una amenaza el reclamo feminista de paridad. También hay muchas mujeres feministas que llegan a situaciones de poder, que son jodidas, son competitivas, sectarias, que no han podido superar la bronca. Y la gente generaliza: en vez de decir Juana es resentida, dice las feministas son resentidas. Yo no veo más que en chicas jóvenes de menos de 40 años un feminismo lúdico, erotizado, divertido, que no esté teñido de reclamo victimista ni de resentimiento. El feminismo tiene mala fama en parte porque tenemos grandes enemigos, los medios, los hombres que están en el poder, la Iglesia Católica se dedica a darnos con caña cada vez que puede y nos considera su principal enemigo.

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Imagen: Gustavo Mujica
 
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