EL PAíS

Lanusse contra la Junta Militar

 Por José Pablo Feinmann

El 13 de mayo de 1985, el teniente general Lanusse se presentó a dar testimonio en el Juicio a las Juntas de la sombría dictadura que se instaló en 1976 con el apoyo total del establishment, de las clases medias y con la complicidad, el silencio o la aceptación pasiva de toda la prensa del país. Lo que dijo en esa oportunidad está olvidado. Nadie lo cita. No ha tenido relevancia. Y es de lamentar, sobre todo, que sea ignorado por las nuevas generaciones de oficiales de un Ejército que –es nuestra opinión y, creemos, se desprenderá de los dichos de Lanusse– él se negó, con fuertes razones, a hundir en el lodo en que lo hundieron los que aplicaron en nuestro país las crueles doctrinas de contrainsurgencia que el ejército francés había elaborado a partir de sus experiencias (fracasadas) en Indochina y Argelia.

Para quienes en 1976 y 1977 estábamos en el país sometidos a una incertidumbre lacerante acerca de nuestras vidas, la noticia (cuidadosamente pasada, susurrada de boca en boca) que se dio sobre la actuación de Lanusse durante ese tiempo fue alentadora. Ya a mediados de 1976 nos llegó la siguiente versión: Lanusse se había entrevistado con Videla y le había hecho saber su oposición a lo que estaba ocurriendo, al método con que los militares de la doctrina francesa de contrainsurgencia (me permitiré llamarlos así) estaban actuando. “Basta de secuestros, general”, le habría dicho a Videla. “Detenciones, pero no secuestros.” Sólo esa frase nos llegó y es difícil olvidarla. Fue, durante un tiempo, lo único que tuvimos. Muchos no nos podíamos ir del país (no importa analizar aquí los motivos) y nos reuníamos con cierta frecuencia para analizar la situación de la seguridad. Esta palabra (tan de moda en estos días, otra vez) no se refería a la seguridad de la que hoy se habla. No la había lanzado a la escena política una diva de la farándula, ni había sido recibida clamorosamente por los medios. No, hoy los medios buscan por ese camino (ya ensayado con el célebre y patético cuasi ingeniero Blumberg) abrir un frente de ataque a un gobierno al que se le abren sin cesar esos frentes. Se pasa de uno a otro. Antonini, “el campo”, la seguridad, las instituciones, el republicanismo, etc. En fin, es un dato de los tiempos. Nadie, ninguna persona, ningún medio reclamaba por la “seguridad” durante esos años.

La mayoría, no obstante, tenía miedo, no se sentía segura. Creyeron que la Junta Militar había llegado para acabar con los subversivos y –limpio el país de ese problema– harían algunas obras de infraestructura (como el célebre Chocón-Cerros Colorados de Onganía) y luego se irían, como siempre, mal o bien, lo habían hecho. No fue así. Estos militares habían llegado para quedarse y los que desaparecían no eran sólo subversivos, a veces no se sabía por qué alguien desaparecía. Subversivo podía ser cualquiera. Se vivieron dos terribles años de terror. En el país existía la pena de muerte. Ese sueño que muchos hoy exigen. Pero era una pena secreta, clandestina. En Córdoba, en el lago San Roque, los buenos vecinos descubrían aterrorizados decenas de cadáveres que flotaban en su lecho: nadie sabía quiénes habían sido, qué habían hecho, por qué merecían una muerte tan cruel, tan anónima. Frente a mi casa había un almacén, lo atendía un español con aire de cansado o aburrido. Cierto día, con terror, me contó algo que le habían, a su vez, contado: en Avellaneda había aparecido un camión frigorífico que no llevaba reses, sino, colgados de los ganchos, jóvenes desnudos, casi desangrados. El, que no era joven y sólo había atendido su pequeño negocio a lo largo de los años, se sentía ahora inseguro, desprotegido en una jungla de muerte.

En el último número de la revista Barcelona aparecen, en la tapa, los personajes de la farándula que han reclamado durante estos días la pena de muerte para fortalecer la seguridad de los ciudadanos. Los farándulos se ven como monstruos sedientos de sangre, alguno lleva un hacha, otro un puñal, otra una metralleta, no recuerdo qué lleva la diva, acaso tiene a su cargo la conducción del tropel exterminador. Si uno da vuelta la revista la contratapa lo sacude. A mí, al menos, me estremeció como pocas cosas podrían hoy conseguirlo. Ahí están Videla y Massera y se lee: “24 de marzo de 1976, Día de la Inseguridad Nacional”. Ese día, es cierto, fue el del inicio incontenible de la Inseguridad Nacional. De la terrible inseguridad que duraría desde 1976 hasta 1983. Inmersos en ella vivíamos.

Así, nos llega un día la frase de Lanusse: “Detenciones, no secuestros”. También supimos que lo habían arrestado y que no era la primera vez. Lanusse (militar no exento de sombras, de errores o de culpas) había sido, hacia fines de 1973, absuelto por la militancia de la Jotapé. Ante la evidente predilección del general Perón por la derecha del movimiento, ante la publicación en el diario La Opinión de un documento reservado de increíble agresividad, una clara declaración de guerra y exterminio a la “infiltración marxista en el peronismo”, aparecieron en muchas paredes de Buenos Aires y el interior pintadas que decían: “Volvé, Lanusse, te perdonamos”. La elección de Perón sólo podía ser la de la represión clandestina. El Ejército jamás le haría ese trabajo. Habría sido risible. “¿Cómo, nos toma por idiotas? Usted llegó al gobierno respaldándolos sin cesar, santificando todo lo que hacían y, ahora que tiene problemas con ellos, ¿nos pide a nosotros que se los solucionemos? Hágase cargo del monstruo que usted creó, Perón.” Lanusse, en cambio, habría tenido el Ejército. Y el Ejército de Lanusse no habría sido clandestino ni sanguinario como la Triple A ni como el Ejército de Videla. La tortura, el asesinato masivo, los campos de concentración requieren de la clandestinidad. Los procedimientos “a la luz del día” los eliminan en un grado tan considerable que (ante el triunfo de las guerras de tortura y exterminio: Irak, por ejemplo) han concluido por ser juzgados inocuos, poco efectivos.

En el Juicio a las Juntas, el abogado defensor le pregunta a Lanusse cuál considera él que habría sido, comparándolos, el plan más efectivo para derrotar a la guerrilla: ¿el suyo o el del general Videla? Una intervención de Gil Lavedra impide la respuesta de Lanusse. Pero ya veremos que habría sido la siguiente: “No estoy dispuesto a enlodar el honor de mi Ejército por conseguir eso que usted llama una mayor efectividad en la lucha contra la guerrilla”. Porque Lanusse quería a su Ejército. Incluso llegaba a considerarlo suyo. “Mi Ejército”, decía. Fue precisamente ese amor al oficio de militar, al oficio que había elegido en su vida, el que lo llevó a cuestionar a la Junta que, según él (¡y vaya si tenía razón!), lo estaba manchando de sangre, educando a los nuevos oficiales (que veían noche a noche salir a los “oficiales ejecutores” con capuchas) para formar parte de una concepción “ilegal”, “clandestina”, de la lucha que un Ejército debe sostener, sea cual fuere la situación en que lo haga, o el enemigo que tenga enfrente.

Como dijimos, el 13 de mayo de 1985 Lanusse se presenta a declarar en el Juicio a las Juntas. El doctor Gil Lavedra le pregunta acerca de la desaparición de Edgardo Sajón, amigo y estrecho colaborador del general cascarrabias, antiperonista de larga trayectoria, creador del GAN y, por último, el hombre que le entregó el bastón y la banda presidencial a Héctor Cámpora y sonrió cuando lo hizo, al que todos llamaban el Cano por su pelo plateado. Tipo imponente, de alta estatura, ojeras, capacidad de mando y no mal político. Lanusse responde: “He prestado declaración (la pregunta concisa de Gil Lavedra se refería a cuándo había prestado testimonio sobre la desaparición de su colaborador secuestrado, JPF) primero en manifestaciones públicas, después de tener conversaciones formales y responsables con quienes entonces eran autoridades del Ejército y de la Nación, en el año ’77, horas después de la desaparición de Edgardo Sajón. Con posterioridad he prestado declaración ante el juez Olivieri, también he prestado declaración ante otros dos jueces con motivo de las querellas que me presentaran el general Camps y el comisario general Etchecolatz. También en diciembre del ’77 fui sancionado por el comandante en jefe; en agosto del ’76 ya fui sancionado por el comandante en jefe, aunque no tiene relación con el caso, sí tiene relación con mi permanente repudio a los procedimientos entonces llamados por izquierda, fue con motivo de una extraña y absurda manifestación pública del general Adel Vilas en Bahía Blanca, que cuestionaba el honor, la integridad moral de un ex colaborador mío, el doctor Malek, eso me implicó una sanción de parte del Presidente y comandante en jefe del Ejército; posteriormente en diciembre del ’77, recibí otra sanción del comandante en jefe del Ejército, previa una intervención de un Tribunal Superior de Honor, que no me sancionó ese Tribunal de Honor, pero sí me sancionó el comandante en jefe del Ejército; posteriormente en agosto del ’84 y en noviembre del ’84, he vuelto a recibir sanciones después de prestar amplia y total declaración delante de Tribunales de Honor del Ejército”.

Gil Lavedra le pregunta qué entiende por procedimientos por izquierda. La respuesta de Lanusse es incómoda. Dice que todos saben qué es eso. Que él se alegra de que ahora todos estén tan preocupados por esos procedimientos, y hasta “fastidiados”, que es, dice, una expresión de moda como es también “una moda” manifestarse indignados por los procedimientos militares, pero que, cuando él lo estaba, no había muchos con esa actitud. Cierto: ni el periodismo ni la Iglesia manifestaron preocupación por esos medios. La noticia de la muerte de Dardo Cabo fue dada de este modo en los medios: “Murió en un enfrentamiento el cabecilla subversivo Dardo Cabo”. ¿Era necesario dar la noticia según el repugnante lenguaje del poder concentracionario, como lo llama Pilar Calveiro? Caramba, ¿tanto se les pedía? ¿O los medios ofrecían más de lo exigido, vaya uno a saber por qué, pero sin duda no por economizar vidas humanas? ¿Y la Iglesia? Ni hablemos. Puso a sus pastores a tranquilizar las conciencias de quienes conducían los “vuelos de la muerte”. “Has cumplido con tu deber, hijo mío. No te atormentes. Es lo que Nuestro Señor te pide en esta hora difícil de nuestra patria.” Nada de eso les dijo Lanusse. Que no era periodista ni cura. Un solo gesto del Vaticano, claro, firme, habría detenido la matanza. Pero ahí donde se matan “marxistas” siempre hay un cura que bendice y ofrece consuelo divino. Lanusse no lo pidió. Porque enfrentó a los asesinos. En nombre de la pureza, del honor del Ejército. De aquí la vigencia permanente de sus palabras.

Lanusse dice que tuvo más de una entrevista con Videla. Le insiste en que esa lucha no se puede librar al margen de la ley, con oficiales encapuchados. Videla le dice que él conoce las órdenes escritas, las órdenes concretas y que no incluyen “esas cosas”. Lanusse, encrespado, le dice que él, Videla, no puede “ignorar lo que sucede”. Gil Lavedra le pregunta si ha enviado un “telegrama público”. Lanusse responde que sí. Gil Lavedra pregunta: “¿El 7 de abril de 1977?”. Lanusse confirma y aclara que se debió a versiones falsas, generadas no “por los propios periodistas, en términos generales”, sino “de algunos centros que generaban ese tipo de versiones particularmente en el ámbito de la provincia de Buenos Aires, por medio de una agencia de noticias que se llamaba, creo, Prensa Argentina (...) y que particularmente recogía con mucha amplitud, prolijidad y oportunidad el diario La Nueva Provincia”. Envía, entonces, ese telegrama público en el que exige se le diga dónde está Edgardo Sajón, cómo fue que desapareció y a manos de quién o quiénes.

Resultan clarificadores de todo el andamiaje criminal, los nombres que van apareciendo en las declaraciones de Lanusse. Los nombres de quienes lo enfrentaron, persiguieron e hicieron asesinar o asesinaron a sus colaboradores. Tenemos: Suárez Mason, Etchecolatz, Adel Vilas, Saint Jean, Bignone, Camps (algunos serán mencionados más adelante) y al diario La Nueva Provincia, dirigida por el civil Vicente Massot, que no formaba parte orgánica del gobierno de Saint Jean y Camps, como Jaime Smart, pero trabajaba codo a codo con ellos. Como lo hizo la revista Gente en el caso de la fraguada muerte de Norma Arrostito. La noticia se da a conocer en diciembre de 1976. Gente, instruida directamente por la ESMA, publica las fotos que le entregan los hombres de Massera y, en la tapa, exhibe una foto de Arrostito con un sello burocrático que dice “muerta”. Alguna vez haré un análisis detallado de esta tapa que tiene el sombrío honor de ser estudiada por gran parte de los organismos de derechos humanos internacionales como un ejemplo de la banalidad del mal, el concepto que Hannah Arendt crea a partir del juicio a Eichmann en la ciudad de Jerusalén. Era mentira: Arrostito no había muerto. La ESMA quería dar esa noticia y llamó a sus medios predilectos para echarla a correr. Sobre todo a Gente, que hizo un despliegue digno del genio de su director, Samuel “Chiche” Gelblung. No se sabe qué fue de él: se dice que, con la llegada de la democracia y la certeza de carecer de trabajo a causa de sus antecedentes, se exilió en algún país europeo o asiático.

Lo cierto fue que Norma Arrostito, luego de ser vejada durante 410 días en el espacio concentracionario del almirante Massera, “fue asesinada con una inyección de pentotal el 15 de enero de 1978” (Gabriela Saidón, La montonera, biografía de Norma Arrostito, Sudamericana, Buenos Aires, 2005, texto al pie de la fotografía anterior a la p. 96). La orden de aplicar esa inyección final fue dada por el llamado Tigre Acosta. Pero Gente (y La Prensa y La Razón) da la noticia en diciembre de 1976, con más de un año de anterioridad. ¿Gente no formaba parte del gobierno de Videla, de la estructura de la ESMA? Falso. Massot trabajó junto a Vilas en la cacería de brujas de Bahía Blanca, por medio de la que algunos profesores sufrieron tortura, cárcel o muerte por poner en su bibliografía un libro de Paulo Freire o –el colmo, la pena de muerte sin atenuantes– de Marx. Massot ha sido un hombre obsesionado por la “subversión”, que él encontraba en todas partes. Y sigue encontrando: hoy la ve enquistada en un gobierno al que sueña aniquilar. Padece (diría Theodor Adorno) de la “insaciabilidad propia del principio persecutorio”, pero a Massot no le importaría por tratarse del juicio miserable de un judío que se escondía, para colmo, bajo su apellido materno. En suma, sería un error ver diferencia alguna entre la participación con las políticas de exterminio gubernamentales de los civiles Massot y Gelblung y las del civil Jaime Smart, ex ministro de Justicia de Saint Jean, hoy preso por delitos en una celda común por delitos reiterados, por crímenes masivos como la masacre de Pilar, en cuya planificación no sería difícil probar que participó y a cuya ejecución sin duda dio vía libre.

Desde Bahía Blanca se acusa a Lanusse por apoyar la subversión cultural. Y a su ministro Malek. La revista Cabildo (a la vez que publica unas “Reflexiones sobre la subversión cultural” del general Vilas, texto, esperemos, que no se lea en ningún ámbito militar de hoy) exhibe en su tapa una foto de Lanusse abrazándose con el presidente de Chile, Salvador Allende. O sea, Lanusse es comunista. No lo era, pero en 1972, en Washington, se negó a colaborar con el plan de la CIA para destituir a Allende. Luego, en su libro de memorias Mi testimonio, afirma que, en Lima, declaró: “Si yo tengo que calificar a mi gobierno lo ubico como de centroizquierda” (Alejandro Agustín Lanusse, Mi testimonio, Laserre, Buenos Aires, p. 251). Y era, en efecto, un soldado que respetaba al civil y marxista Allende: “La vinculación que existió en todo momento entre Allende y yo jamás me llevó a disimular diferencias filosóficas. El 24, cuando recibí la más alta condecoración que otorga el país trasandino, la Orden al Mérito Bernardo O’Higgins dije: ‘Me resulta particularmente grato que el presidente actual de Chile le entregue esta condecoración a un soldado argentino’” (Lanusse, ob. cit., p. 243). Perón, que también era un soldado argentino, actuó de otro modo. No se vio con Allende, sino con Pinochet: “En mayo de 1974 (escribe Sergio Bufano, en un texto abiertamente incómodo para el “Padre Eterno”), en ejercicio de la Presidencia, Perón recibió al dictador Pinochet y se convirtió en el único presidente constitucional de América que se encontró con el tirano” (Sergio Bufano, Revista Lucha Armada, “Perón y la Triple A”, Buenos Aires, 2005). Todo lo demás que dice Bufano (que nadie podía ignorar que, en ese momento, el Estadio Nacional de Chile era un campo de concentración o que el encuentro Perón-Pinochet fue el primer antecedente del Plan Cóndor) lo analizaremos en otro momento, seguramente en nuestro trabajo sobre el peronismo, que este diario gentilmente publica. También ahí haremos una interpretación más extensa y, si no definitiva, sin duda más ajustada y totalizadora de la figura de Lanusse. Que, en el Juicio a las Juntas, a propósito de la desaparición y asesinato de Elena Holmberg, narra que Enrique Holmberg, hermano de Elena, le cuenta que fue a la Unidad de Tigre con Suárez Mason. Que el jefe de la unidad le reconoce a su superior que –en un río de Tigre– encontraron un cadáver con un anillo que tenía las iniciales E.H. Suárez Mason enfurece y le pide le entregue ese cadáver. El jefe de la unidad dice que no lo tiene. Y Lanusse, en el Juicio, ante todos, claramente, dice: “El jefe de la unidad del Tigre le dijo entonces a Suárez Mason que él tenía razón en recriminarle, pero él se olvidaba que si han tirado más de ocho mil cuerpos al río, cómo reconocer cada uno”. ¡Ocho mil cuerpos sólo en un río de Tigre! Y el general Díaz Bessone, en el documental de Marie-Monique Robin Escuadrones de la muerte, dice muy seguro: “No habrán sido más de 7000. Pero, ¿cómo se puede pretender que fusiláramos a la luz del día a 7000 personas?”.

Actuar a la luz del día era la propuesta de Lanusse. “Hace un año yo pensaba igual que usted”, le dice Bignone en 1977. “Entonces –responde Lanusse–, hace un año yo pensaba una cosa de usted y ahora pienso otra.” Y le dice algo que ya citamos: “¿Cómo educar a los nuevos oficiales si ven todas las noches salir a sus compañeros o superiores encapuchados para cumplir tareas clandestinas?”. He aquí la cuestión: ¿cómo educar a los nuevos oficiales? Y aquí radica el punto débil de Lanusse: ¿no sabía él (comandante en jefe del Ejército, Presidente de la República) que los oficiales argentinos eran educados en tácticas de contrainsurgencia según la teoría de la escuela francesa? ¿No sabía que esa metodología incluye la tortura como herramienta central de la lucha? ¿No sabía que la tortura –para poder extenderse en el tiempo– exige la clandestinidad? ¿No sabía que el torturado suele morir y lo que aconsejaban los derrotados de Dien Bien-Phu y Argelia era hacerlos desaparecer? Es imposible que no lo supiera. ¿Por qué no intervino en los planes de estudio? ¿Por qué no los cambió por una teoría de la represión del terrorismo según la juridicidad del Estado? ¿Cómo era posible que López Aufranc –un cruzado del exterminio– fuera su amigo? Ese fue su error. Eso llevó a la muerte a Edgardo Sajón y a Elena Holmberg. Se trata de no seguir cometiendo ese error. No sé qué diría Lanusse en su defensa. Sin embargo, ese error no debe anular su valentía en medio de la Argentina de la masacre y el valor que hoy tienen sus palabras. Fue un militar que no quiso ver deshonrado a su ejército. Con él, la Argentina no hubiera padecido la catástrofe humanitaria que la desangró. Pero estaba muy solo y lo derrotaron.

Escribí estas líneas para los jóvenes cuadros del Ejército, para traer al presente la voz de un militar contradictorio pero esencialmente honorable, al que respeto, al que, a veces, he llegado a admirar. ¿Lo de Trelew? Se lo hizo la Marina. ¿Que no lo condenó? No podía quebrar su frente interno. Era Lanusse. No dije que fuera Dios. Fue, nada más, nada menos, un militar decente que enfrentó a los militares clandestinos, a los asesinos de civiles y a los asesinos de la honra de su Ejército.

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