EL PAíS › OPINIóN

Puros globos

 Por Luisa Valenzuela

Tengo miedo. En tanto porteña, tengo miedo. ¿Cómo se puede vivir en una gran ciudad donde la mayoría de sus habitantes adultos se resiste a escuchar los datos concretos de la realidad? A los escritores se nos acusa de dejarnos llevar por la ficción, pero no es cierto, más bien todo lo contrario: puesto que habitamos ambos mundos sabemos muy bien diferenciarlos. En cambio, ahora, acá, triunfaron los espejitos de colores. A saber: cuando los canales abiertos nos daban las imágenes simultáneas del bunker de Macri y el de Filmus, no hay duda de que dadas muy distintas circunstancias yo habría preferido estar en el de los globos y la música. Me encanta el Carnaval, sí, pero sé leer entrelíneas y además veo toda la película y, como muchos, por suerte, comprendo que esto no es un Carnaval, esto es en serio. La mayoría de los porteños parece no verlo así.

Aquella vieja tendencia argentina de deslumbrarse por espejismos imposibles, de dejarse engatusar por reiteradas e incumplidas promesas, esa necesidad de gratificación inmediata y la atención puesta en la mera expresión de deseos, parece haberse concentrado en la antigua Capital Federal. La hoy Ciudad Autónoma de Buenos Aires, que para marcar a fuego su autonomía decide por el momento nadar contra la corriente. Lo cual sería una actitud positiva si no tuviéramos conciencia de que esta particular corriente nos lleva cuanto menos al garete, con amenaza de posible naufragio. No viene al caso nombrar las falencias de un hombre que está procesado por escuchas ilegales, a quien le llevó numerosos graves desaciertos encontrar adecuados ministro de Cultura y jefe de la Policía Metropolitana, que desatendió escuelas y hospitales invirtiendo tan sólo una magra porción del presupuesto.

Mi miedo por lo tanto no se debe al tan inflado tema de la inseguridad. Pero inflado es la palabra en más de un sentido. Globos de colores, es eso lo que en este momento está circulando por el aire capitalino. Y nos dejamos arrastrar por ellos como quien quisiera elevarse en el aire y emprender un vuelo triunfal remedando la tan mentada águila guerrera de nuestra infancia y de la siempre por nosotros desafinada canción “Aurora”. Hay otros temas para revivir en este caso, o mejor dicho otros términos. Un globo, ¿recuerdan?, solía ser sinónimo de mentira. El mentiroso era un “globero”. El concepto es claro, alude al puro aire. De eso se trata y no lo entendemos, pobre Buenos Aires; por hacer honor a su nombre se la puede llevar el viento.

Ya vivimos los tiempos de dejarnos hechizar por la farándula. ¿A qué repetirlos? Pero pareceríamos destinados al eterno retorno desde otro lugar, por suerte más acotado. Las visiones del bunker de Macri me traen también a la memoria al inefable Landrú!, el nuestro, el que escribe su nombre con signo de admiración sólo al final, cosa que tiene su lógica interna porque es desaconsejable admirar a ciegas. No es el caso. Porque están ahí, esos miembros de la GCU, la “Gente Como Uno” de la que tanto se burlaba el humorista. Y están los miles de cholulos que quieren acercarse a ese dorado sueño hecho de globos de colores y de baile para participar también ellos y ellas de la fiesta, sin pensar que las fiestas suelen ser para pocos y nunca son en exceso duraderas. Y lo digo con dolor porque me encantan las fiestas, pero de otro tipo, esas donde no se juega el destino de los que quedan fuera.

Eso sí, conviene escuchar las señales. No es el cínico síndrome “si no hay pan démosles pasteles”, todo lo contrario, porque pan parecería haber, pero los pasteles, si bien no alcanzan para todos, resultan mucho más vistosos. Y puesto que estamos en un momento de cierta holgura y despreocupación (digamos) debemos reconocer que la alegría vende, lo cual no está del todo mal. La familiaridad también. Así, invito a los contrincantes a sacar las serpentinas. Piensen en eso de Mauricio, o Pino, todos como compañeros no del peronismo, sino de la escuela. Amigos. Aleluya. Ya no serás más mi Filmus, ahora te llamaremos Dani.

A ella la seguiremos llamando CABA, cuidándola a conciencia en medio de la fiesta. Cuidándola para que no termine con una letra A delante de su nombre. Ciudad Autónoma, sí, cabeza de Goliat, pero sólidamente adherida al cuerpo que es el país y también piensa. Es cierto que en Manhattan, cuando ganaban los republicanos, sus habitantes más esclarecidos proponían cortar todos los puentes para que esa pequeña isla superpoblada, brillante, iconoclasta e internacional pudiera salir navegando por su cuenta. Un destino que no le cabe a nuestra gigantesca y bella urbe. Por lo cual, y dadas las breves consideraciones aquí planteadas, sería dable proponer que si el presente jefe de Gobierno gana el ballottage (o balotaje) con lágrimas en los ojos mudemos no más la capital a Viedma.

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