EL PAíS › OPINION

El Modelo y las modelos

 Por José Natanson*

Hay diferentes formas de analizar el rol de la mujer en la política. La más habitual consiste en calcular la cantidad de mujeres que acceden a cargos de alta responsabilidad pública, cuáles son las herramientas más adecuadas para propiciarlo (por ejemplo la ley de cupo) y cómo impacta eso en el despliegue de ciertas políticas (por ejemplo, de salud reproductiva). Otra forma, menos cuantitativa y un poco fantasmagórica pero igual interesante, busca entender el aporte específico de la mujer, si hay un modo típicamente femenino de relacionarse con el poder –un modo más sensible y abierto, más atento a las necesidades terrenales– o si, por el contrario, la mujer se masculiniza en la dura carrera hasta la cima y, cuando llega, actúa como una líder de hierro estilo Thatcher o Merkel.

Voy a intentar aquí una aproximación diferente: la participación de la mujer en la política no desde un punto de vista del peso institucional ni del ejercicio del poder, sino en función de sus maridos, es decir de la mujer en tanto esposa. Pero antes una aclaración: como siempre, conviene ser cuidadoso, por lo que señalemos que el ángulo elegido no pretende circunscribir a las mujeres a ese lugar (ni mucho menos cosificarlas, sea eso lo que fuere) sino simplemente considerarlas en uno de los tantos roles que desempeñan en una sociedad, que es el de pareja de un hombre. ¿Por qué una nota sobre las esposas y no sobre los maridos? Pues porque muchas de ellas así llegaron a la política, de ese modo se presentan ante la opinión pública y porque, en fin, vivimos en una sociedad patriarcal y machista, con la que por supuesto no estamos de acuerdo.

Dicho esto, señalemos que la primera generación de esposas de la recuperación democrática eran simplemente eso: esposas. Nacidas y criadas en las décadas previas a la revolución cultural de los ’60/’70, antes de que los movimientos de liberación femenina comenzaran a alterar los roles tradicionales y antes de que la píldora anticonceptiva les permitiera por primera vez controlar la concepción, esta camada de mujeres estaba confinada al ámbito doméstico y el cuidado de los hijos: su patria en la heladera, el planchado y la crianza. ¿Alguien recuerda hoy el nombre de las mujeres de Alfonsín, Cafiero o De la Rúa? Seguramente no, aunque probablemente sí tenga en la cabeza a Ricardo Alfonsín, Juan Pablo Cafiero o Fernando de la Rúa, lo que en todo caso contribuye a reforzar su lugar de madres abnegadas y sensatas: el éxito por vía de la descendencia.

Sin romper nunca el cerco del hogar, cumplieron con silenciosa eficacia el rol que el protocolo les asignaba, que es el de primeras damas (la única excepción, Zulema Yoma, se hizo visible no porque haya desempeñado un cargo político, sino por dos episodios relacionados con su vida privada: el divorcio de Menem y la muerte de su hijo). Pero no hay que subestimarlas: el hecho de que ninguna de ellas haya accedido a cargos públicos no implica que no hayan incidido en la política de su tiempo, pues una cosa es el lugar institucional y otra muy diferente la influencia, que seguramente ejercían sobre sus extenuados maridos cuando finalmente se cerraba la puerta del dormitorio.

La generación que hoy se encuentra en el poder no es una generación de esposas sino de mujeres que llegaron adonde llegaron por sus propios méritos, por más que estén o hayan estado casadas con hombres poderosos: es la generación de la Presidenta, por supuesto, pero también la de Nilda Garré y Patricia Bullrich, por mencionar sólo algunos ejemplos. Lanzadas a la militancia desde muy jóvenes, en la universidad o incluso el secundario, suelen contar con diplomas que muchas veces les permitieron desarrollar carreras académicas o profesionales exitosas. Se formaron políticamente en un contexto de utopía revolucionaria, contracultura y ascenso de los movimientos de liberación (femenina, del Tercer Mundo), de hippies y –cuenta la leyenda– sexo libre. Aunque son o fueron esposas, no le deben nada a nadie, y en muchos casos lucen lo que el inolvidable periodista Sergio Moreno llamaba “corte de pelo Frepaso”. Si las mujeres de la primera generación democrática eran acompañantes, ellas son compañeras.

Entre una y otra generación aparece el caso singular de Chiche Duhalde. Típica ama de casa del conurbano, con estudios de maestra de escuela primaria y cinco hijos, no es difícil imaginarle la ucronía de una “vida normal”, de ravioles domingueros mientras el marido lleva a lavar el auto (o lo manguerea en ojotas). Pero Chiche se animó a salir de la casa para ocupar cargos públicos: fue jefa de manzaneras, diputada, virtual ministra de Desarrollo Social y luego senadora. Más allá de sus éxitos o fracasos, resulta interesante comprobar que el rol de “esposa de transición” que jugó no es muy diferente al que desempeñó su marido durante su breve presidencia, como puente entre los ’90 y el nuevo siglo, entre convertibilidad y modelo, y entre menemismo y kirchnerismo (hasta que Kirchner dinamitó el puente).

Quisiera detenerme ahora en una tercera generación de esposas que recién se está asomando a la vida pública y que creo merece un poco de atención: me refiero a las mujeres de lo que podría llamarse la generación de los ’90, esa camada de líderes formados durante el menemismo, flexibles y desideologizados, que son la expresión de tres potentes tradiciones políticas: el conservadurismo típico de los caudillos territoriales del PJ, el liberalismo propio de la era del mercado y la globalización, y el peronismo que provee flexibilidad, estructura y aliados. Hablo de Agustina Ayllón, esposa de Francisco de Narváez y candidata a diputada bonaerense; Malena Galmarini, mujer de Sergio Massa, ex concejal y actual secretaria de Política Sanitaria y Desarrollo Humano de Tigre; Delfina Frers, pareja de Alberto Rodríguez Saá y candidata a diputada nacional en la Ciudad; y Karina Rabolini, esposa de Scioli, titular de la Fundación Banco Provincia y eterna candidata a un cargo electivo que por ahora se niega a disputar.

Hay, por supuesto, más ejemplos, como la situación, única en el mundo, de Felipe Solá, que es candidato por el mismo frente que su actual pareja y en disputa con su ex. Pero conviene ser cuidadoso y señalar que no todos los casos son iguales: Malena Galmarini, por ejemplo, es hija de dos dirigentes peronistas de trayectoria, Fernando “Pato” Galmarini y Marcela Durrié, y milita desde joven, aunque siempre de la mano de su marido. Por otra parte, como señaló en su momento el propio Solá, es muy probable que los políticos profesionales, que contra lo que suele creerse tienden más al workaholic que a la pereza, conozcan a sus parejas en una unidad básica que en un boliche o una concesionaria de autos. Así como los médicos suelen casarse con médicas, a quienes se acercan en ese mundo de emociones que dicen son las guardias nocturnas, los políticos tienden naturalmente a emparejarse con colegas.

Pero lo que me interesa señalar aquí es que esta nueva generación de esposas es diferente a la primera, en la medida en que se animan a combinar los deberes familiares con la actividad pública, pero también a la segunda, porque lo hacen en función de las necesidades, casi siempre electorales, de sus maridos. Y es diferente sobre todo porque expresan, igual que ellos, la cruza entre política, negocios y espectáculo típica de los ’90: no es casual que Rabolini, Ayllón y Frers hayan sido modelos, al igual que Isabel Menditeguy, ex esposa de otro exponente de esa generación, Mauricio Macri (su actual mujer, Juliana Awada, es empresaria de la moda). Las modelos de un nuevo modelo son por ahora un proyecto y de todas ellas la que sin duda merece especial atención es Karina Rabolini, por la buena imagen pública que le atribuyen las encuestas, por la impactante elegancia de su belleza y por la discreta empatía con la que desempeña su rol. Y también, claro, por la leyenda urbana que dice que el Indio Solari, naturalmente obnubilado por sus encantos, pensaba en ella cuando escribió “Tarea fina”:

“Sobrio no te puedo ni hablar
estoy perdido sin mi estupidez
un auto guapo va a venir por vos
y nada va a cambiar
vas a vivir
en el delta en un lanchón
buscando de qué reír”.

Pero no nos desviemos. Mi argumento es que estamos ante una tercera generación de esposas de la democracia y que, contra los comentarios más o menos burlones que se escuchan en estos días, merecen una oportunidad. En principio porque, ¿quién dice que un corredor de Fórmula Uno, un cantor popular, un profesor de la Flacso o un empresario son a priori mejores políticos que una modelo? ¿Por qué debería ser así? ¿Cuáles son los prerrequisitos para ingresar a los asuntos públicos? Por supuesto, siempre será conveniente que el ministro de Justicia maneje los rudimentos del derecho, que el encargado de la obra pública entienda de hormigón y que el embajador en Wa-shington pronuncie bien el inglés. Pero más allá de ciertas áreas puntuales, quienes creemos que la política no es una cuestión técnica, sino un arte complejo que incluye conocimientos, pero sobre todo sensibilidad e intuición –como dicen que decía Evita—, no podemos descartar a nadie por el lugar del cual proviene o el rol social que ocupó antes de aspirar a un cargo.

Desde un punto de vista más general, la costumbre del matrimonio como trampolín puede ser considerada, en una primera mirada, como un resabio dinástico que es necesario dejar atrás. Pero también puede ser vista como un signo más del imperio de la videopolítica, una era en la que las tradiciones partidarias clásicas se debilitan y los partidos dejan lugar a las personalidades. En el contexto de lo que el sociólogo francés Pierre Rosanvallon llama “democracia de audiencia”, son los líderes de popularidad quienes definen el juego político y quienes, ante la urgencia de ocupar más espacios, se desdoblan mediante el recurso a la candidatura clónica de su mujer. En este sentido, la proliferación de parejas en las listas puede ser considerada tanto una herencia monárquica como una necesidad de los tiempos modernos (lo cual no implica que sea positiva).

Concluyamos entonces insistiendo con que hay que sacudirse los prejuicios y no prejuzgar a esta tercera generación de esposas, pues sólo el tiempo dirá si pueden formular algún aporte valioso o si se apagan como los años apagan la belleza, aunque hay algunas bellezas que de tan perfectas parece que van a durar para siempre.

* Director de Le Monde Diplomatique, Edición Cono Sur, www.eldiplo.org

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