EL PAIS › OPINION

La fábula del escorpión

 Por Marta Dillon

Fue la primera en hablar. La primera en admitir una derrota de las propias, magras, expectativas de lo que queda de su partido. Habló cuando todavía no sabía cuánto importa el tamaño. Habló antes de que los primeros datos oficiales sentenciaran que su derrota es tan grande que no habrá ni una banca más en el Congreso de la Nación para la Coalición Cívica y el último lugar que ocupa la lista que ella encabezó ni siquiera iba a estar peleado: el penúltimo, Jorge Altamira, histórico viajante en el vagón de cola, le lleva un punto de ventaja. Elisa Carrió habló, indiferente a la indiferencia general. Habló como quien pasa una vuelta de truco para sacar la mejor carta al final. Y su mejor carta, no podía ser de otra manera, fue una amenaza: “La verdad empieza mañana, con el dólar y el súper”. Subrayada por cierto desprecio tácito por los responsables de esa verdad que se va a revelar entre góndolas y corridas por las calles de la city porteña: “Y no nos vamos a hacer cargo de lo que pase, que se haga responsable el 53 por ciento que votó al oficialismo. Y la Presidente”. Es que ella no puede con su naturaleza, no importa si, como al escorpión en aquella fábula que se le atribuye a Esopo, esa naturaleza la lleva a la destrucción completa de su fuerza. Una manera muy a la Carrió de llamar a la muerte, a la muerte política. Dice esa fábula que el escorpión le pidió a una rana que lo ayude a cruzar el río; ella se negó, claro, ¿quién aceptaría llevar un bicho venenoso en la espalda? “Si te pico en el medio del río, morimos los dos”, sedujo el escorpión y el argumento la convenció. A mitad de la corriente, sin embargo, el aguijón se clavó en la piel viscosa de la rana, que alcanzó a preguntar por qué. ¿Le estará preguntando ahora Patricia Bullrich por qué a Carrió? ¿Carrió le estará contestando como el escorpión “porque está en mi naturaleza”? Destruir lo construido es la marca en el orillo de la mujer que una vez se comparó con quien parió en un pesebre a quien cambiaría el mundo, sólo que ella estaba preñada pero de su propio futuro como presidenta. Como un niño que apila bloques sólo para ver cómo caen después de una patada bien dada, Carrió sumó y se deshizo de todos y todas sus aliados, de casi todas sus personas de confianza. Si hasta su última espada mediática y política, la incorporación que le valió uno de los últimos éxodos masivos de su partido, Patricia Bullrich, se distanció de su ex líder en el último tramo del tobogán de esta campaña que terminó ayer con el último puesto. Pero Lilita nunca dio el brazo a torcer, la verdad siempre estuvo de su lado y es fiel a su misión de entregarla en pequeñas cuotas, en escalofriantes avances propios de trailers de películas de terror, advirtiendo que no hay otra como ella, que ella y sólo ella podría ser la garante de la paz y la prosperidad. Ya verán mañana cuando el súper y el dólar le den la razón. Y si no se la dan, en fin, siempre le queda otra de sus habilidades: la de guiñar un ojo a cámara y mostrarse tan satisfecha de sí misma que qué más podría pedir, “un marido joven como la duquesa de Alba”, que a eso se va a dedicar, dijo, ahora que ya no habrá más política para ella; aunque por qué hay que creerle, si dijo que no se iba a presentar a estas elecciones y aquí está, con menos votantes que el voto en blanco que a última hora les robaba a las huestes de Carrió al menos cinco décimas.

Cualquier cosa que se diga sobre este árbol caído es hacer leña. Pero lo peor es que el calor que da ese combustible no sirve ni para alimentar la hoguera de las vanidades. Tal vez entre las cenizas se pueda advertir la oportunidad perdida de su alianza con Hermes Binner –que le dio más del 14 por ciento en las elecciones de 2003– y la manera brutal en que perdió votos, espacio y representación entre el electorado porteño, tan gustoso de líderes de clase media, de fe confesa y obviamente católica que había sumado una buena cantidad de sufragios al 27 por ciento que consiguió en 2007.

Sobre su futuro político, Carrió dijo antes de conocer el tamaño de su apocalipsis que se iría a un rancho en Corrientes que le gusta mucho. Si así fuera, los programas de escritorio, esos que la suelen tener entre sus filas como panelista, como opinadora, como autora de grandes gags, como la carta que escribió a distintas embajadas advirtiendo sobre la violencia política que se iba a desatar en el país si no se escuchaban con atención sus pronósticos de tempestades que nunca suceden, la van a extrañar. A juzgar por la cantidad de votos que cosechó ayer, no serán muchos más quienes noten su ausencia, salvo, tal vez, quienes la ayudaron a cruzar el río hasta la mitad, personajes como Mario Llambías, que alguna vez se creyó príncipe y que terminó en sapo sin pensar que había un escalón más bajo que ése. Hay, Carrió puede dar fe, esa palabra tan cara a su carrera, aunque intente maquillarla como se maquilla ella ahora, con palabras expropiadas de otras experiencias como “resistencia”, que en su boca rima tan bien con decadencia.

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