SOCIEDAD › OPINION

Adiós a la sensatez en medicina

 Por Mónica Müller *

La bandera nacional debería estar a media asta en todos los hospitales y ministerios de Salud del país. Hemos perdido al último de los grandes médicos argentinos.

El fallecimiento del doctor Alberto Agrest no mereció espacio en los medios donde aparecieron centenares de entrevistas y notas obscenas sobre los detalles mórbidos de la muerte de una modelo.

El lo hubiera comentado divertido con una frase cortita y agridulce. Decía que había llegado a un escepticismo total sobre la capacidad de los humanos para reconocer y desandar el camino del error. Después de luchar durante toda su vida profesional para enderezar el rumbo de desastre que sigue la medicina desde hace décadas, declaraba que la complejidad del sistema hace muy improbable que un día se lleguen a desmontar los desatinos que tienen maniatados a médicos y pacientes. “La dificultad radica en que al complejo médico-industrial se le hace imprescindible un aumento en el consumo de sus productos, sean o no necesarios, mientras que el consumo innecesario deteriora los recursos de la red de salud y provoca conflictos entre pacientes, médicos y empresarios”, reflexionaba en su último libro, En busca de la sensatez en medicina.

Lo decía y lo escribía con una firmeza que debe haber caído en el mundo de los negocios como una mosca en un vaso de leche.

Agrest se obstinaba en que la práctica médica volviera a la sobriedad. En colisión con el precepto presuntamente científico y moderno de pesquisar, anular y prevenir cada síntoma, defendía la racionalidad de reducir los estudios, las prescripciones, los tratamientos y los medicamentos a un mínimo indispensable. Su independencia de cualquier interés económico le permitió decir que “prevenir es mejor que curar en la mayoría de las enfermedades infecciosas, pero debe tenerse en cuenta la gravedad de la enfermedad que se pretende prevenir y los riesgos de los recursos preventivos como las vacunas o el uso de profilaxis antibiótica”, frase que a un médico de planta le costaría la reputación en el mejor de los casos y seguramente su empleo en el hospital.

Sobre el abuso de análisis y tratamientos que encarece a la medicina y en consecuencia pone sus recursos al alcance de muy pocos, explicó en un editorial que “se venden mejor beneficios que riesgos, y así estamos vendiendo beneficios con grandes y atractivos caracteres y ocultando riesgos en letra chica que nadie lee. No me parece mal que la medicina se venda, el problema es saber si lo que se vende es legítimo. Legítimo es que el conocimiento en que se basa sea verdadero y útil para quien lo compra. Legítimo es que sea necesario y no superfluo, y si es verdadero, útil y necesario, el principio de equidad exige que esté al alcance de todos”.

Su pensamiento científico se encrespaba frente a la pretensión de eficacia y exactitud de las disciplinas médicas que se basan en la estadística: “Es probable que hoy las verdades cuantitativas estén ocultando falsedades cualitativas. La dificultad con los números es que generan una sensación de certeza; la realidad médica no admite esa certeza y debe aprenderse a tolerar la incertidumbre. En medicina, la certeza es un certificado de ignorancia o insensatez”, publicó en un editorial de la revista Medicina en 2011.

“La manipulación estadística permite no mentir en las conclusiones estadísticas, pero también permite no decir la verdad de su irrelevancia y también ocultar que las estadísticas carecen de sentido cuando se aplican a un individuo único. Las estadísticas se desarrollan burocráticamente en un escritorio; en medicina, la realidad se desarrolla en el contacto del médico con su paciente y esto es creativo, no burocrático.”

“Beneficios estadísticos ocultan daños cualitativos orgánicos, psicológicos, sociales y económicos en los pacientes”, se atrevía a expresar en público. Y en privado comentaba: “Bueno, tengo 88 años y a esta edad se nos perdona todo”.

Hoy, el vacío de información sobre su muerte me hace pensar que ese perdón era sólo aparente.

El doctor Agrest era doctor en Medicina por la UBA y completó su formación en la Universidad de Michigan, en el Hospital Universitario de Ann Arbor y en el Hospital Claude Bernard de París. En Buenos Aires se desempeñó en el Hospital de Clínicas y en el Instituto Modelo de Clínica Médica del Hospital Rawson. Fue docente en la UBA y durante veintidós años en el Instituto de Investigaciones Médicas bajo la dirección del doctor Alfredo Lanari. Desde 1995 fue miembro titular de la Academia Nacional de Medicina de Buenos Aires. Publicó varios libros con sus reflexiones y propuestas para volver a humanizar la práctica médica y mejorar la salud pública.

A pesar de su inmenso prestigio, no era un especialista. Más que los órganos le interesaban las personas. Afirmaba que en la consulta el paciente cuenta el cuento de su vida, y hay que saber escuchar y entender ese cuento para poder curar.

Pienso que los textos de Alberto Agrest debieran integrar la bibliografía obligatoria para los estudiantes de Medicina de todo el país. El me hizo llegar los que no había leído y le aseguré que me acompañarían siempre, porque estimulan una reflexión independiente y original sobre cuestiones esenciales como ética médica, bioética, salud pública y la relación entre médicos y pacientes.

Siento su ausencia como una aguda pérdida personal. Desde septiembre del año pasado tuve el privilegio precioso de ser su corresponsal por correo electrónico y de recibir sus mails llenos de gracia y agudeza día a día. Tuvo la generosidad de leer mis libros en profundidad y de devolverme su crítica paternal pero dura y clara como un diamante. Del intercambio de opiniones sobre textos y temas médicos pasamos a la literatura y al cine. Nos cruzamos recomendaciones y coincidimos en Philip Roth y Woody Allen para nuestra lista de favoritos. Aunque estaba enfermo y cansado, tenía energía para lanzar elogios y anatemas sobre autores, directores, películas y libros con furor juvenil. Un día me mandó por sorpresa una pila de libros y un cuento suyo nostálgico, fantasioso y autobiográfico. Me hizo llorar contándome recuerdos de sus seis años cuando comparamos sucesos tristes de nuestra infancia. Un día me escribió que “la combinación de los genes de la obsesividad y los de la paranoia pueden hacer a este mundo exento de alegría. Le confieso que creo que sólo el humor puede desactivar esos genes”.

Me mostró sin reservas su alma alegre y despreocupada que se estaba despidiendo de un mundo un poco absurdo y sin sentido. Saber que su final no mereció ni una mención para el periodismo de su país le hubiera confirmado que era mejor retirarse por un tiempo.

Me consuela pensar que esperaba con curiosidad la experiencia de la muerte, o que por lo menos no le tenía ningún temor. Eso creí entender cuando en uno de sus últimos mails me dijo: “No logro ponerle unidades temporales al futuro; mientras tanto carpe diem”.

* Médica.

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