SOCIEDAD › LA HISTORIA DE LIBERATA

Regreso a casa

Liberata Silva volvió a su casa de la calle 520, entre 19 y 20, de la localidad de Tolosa, La Plata, tras estar evacuada en la escuela número 76 y en la casa de uno de sus hijos en Arturo Seguí. Había perdido electrodomésticos, ropa, dinero y muebles. Pero ella sólo quería volver a su hogar y encontrarse con sus nietas y el resto de sus hijos.

La postal al llegar a la localidad de Tolosa, en La Plata, fue más que esperanzadora. Después del temporal que dejó muertos, desaparecidos y evacuados, cadenas humanas pasaban mano a mano todas las donaciones que iban llegando en camiones y autos por la calle número 7. Pañales, ropa en bolsas de residuos, almohadas y acolchados se encaminaban al Club Infantil Juvenil General San Martín, la base de la Cruz Roja en el lugar, en la calle 7 y 523.

Mientras tanto, las familias se dividían en distintas colas para recibir mercadería, colchones o medicamentos. Cuando conseguían algo se hacían a un costado y usaban algún arbolito como depósito con, por lo menos, un familiar a cargo. En este caso, Liberata Silva, de 53 años.

Silva es madre de siete hijos y abuela de ocho nietos. A pesar de que es una mujer joven, hace seis años tuvo un ACV, tiene presión alta, sufre de asma y le cuesta mucho movilizarse. El regreso a su casa fue en el remís que usaba este diario para recorrer la zona del desastre.

Las dos cuadras que había que caminar hasta el auto le costaron mucho ya que no podía respirar bien y, sin embargo, quería cargar igual con el acolchado, las botellas de lavandina, las bolsas de residuos con mercadería y los bidones de agua que llevaba con su hija Sofía Figueroa, de 18 años, y esta cronista. Finalmente, cuando se sentó, tuvo que usar el inhalador que le habían dado en los puestos del Ministerio de Salud de la Provincia de Buenos Aires. También había recibido medicamentos para evitar un desmayo por un pico de presión.

Durante el viaje hasta su casa, contó su odisea. “El martes a las 21 empezó a llover pero mi hija y yo, que estábamos tomando mate, no le dimos ni bola a la lluvia. Después vimos que se había llenado la zanja afuera y el agua subía a la vereda. Ahí le dije a mi hija que se fuera a fijar a la casa de mi hijo y mi nuera, atrás, para ver cómo estaba todo”, relató.

“Unos 20 minutos más tarde, el agua ya llegaba a la altura de la rueda del auto y mi hijo no lo pudo sacar, no arrancó. En menos de media hora se inundó todo. Pusimos una madera en la entrada pero el agua entraba igual y hasta salía por el inodoro. A mi hijo le empezó a entrar agua por la ventana y se vino con la mujer y las cuatro nenas para adelante. Pusimos la cama de dos plazas sobre las seis sillas y la cama de mi hija sobre la mesa y nos subimos. El freezer que usaba para vender gaseosas y cervezas lo dejamos sobre unos cajones pero se cayó. La televisión quedó arriba de la heladera”, agregó.

La familia resistió hasta que el agua llegó al colchón de la cama grande y ahí el hijo de Silva decidió salir. El joven agarró la otra cama y llevó a sus hijas de 3, 4, 5 y 7 años al camión de su padre, y ex de Silva, al lado de la casa. El improvisado fuerte se completó con una pileta de lona como techo. Sin embargo, Liberata no quería irse. “No quería salir porque tenía miedo de morirme ahogada. El agua me llegaba al pecho y estaba contaminada con gasoil”, aseguró.

De allí, fueron finalmente rescatados por otro hijo y otra nuera de la mujer, que los dejaron en el centro de evacuados de la escuela 76. Pero el miércoles la volvieron a buscar para llevarla a su casa de la localidad platense de Arturo Seguí. Sin embargo, ella quería regresar a su vivienda y así lo hizo con su nuera, previa parada en el Club General San Martín para buscar colchones, ropa de cama y provisiones.

“¡Abuela, abuela!”, la recibieron las nenas subidas al camión que les salvó la vida. “Estamos todos bien, que es lo importante”, reflexionó Silva, que se alegró mucho por la calurosa bienvenida. El interior de la casa, sin embargo, era más hosco. Todo quedó en muy mal estado, lleno de barro y ropa en el suelo. La cama de dos plazas, en tanto, seguía estoica en el aire gracias a las sillas desvencijadas que lucharon contra el agua. En tanto, el penetrante olor a humedad conducía hasta el fondo de la tierra, donde las otras tres casas de la familia ahora tenían una pileta natural en el medio.

Pero los sobrevivientes del Titanic estaban intactos. Las fotos colgadas en la pared y los peluches habían burlado al temporal; los perros, el gato, el conejo y el gallo transitaban como si no hubiera pasado nada. Los familiares se volvían a reunir.

Informe: María Julieta Rumi.

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Imagen: Pablo Piovano
 
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