SOCIEDAD › COMO SE PREPARA CADA TEMPORADA

Programa de verano

 Por Soledad Vallejos

Tener olfato no es poco cuando se trata de adivinar a tientas, quizá tres meses antes de que todo comience, qué cosas sí, qué cosas definitivamente no, y qué cosas tal vez podrían animar las extensas veladas al sol en los paradores. Gran parte de la decisión reside, dicen los consultados por este diario, en algo tan intransferible y experiencial como “los años”. “Vos sabés”, dice Fernández; “te das cuenta, así nomás”, explica Fressone; aunque, acota Churrupit, “a veces no podés saber hasta el mismo día qué funciona”. Programar la diversión de los otros, más cuando suelen ser ilustres desconocidos y de ellos dependerá parte del éxito económico de la temporada, podría ser un poco estresante.

Algunos paradores, como Popeye, empiezan a barajar posibles ofertas en octubre. “Muchos vienen y se ofrecen”, cuenta Fernández, ex guardavidas que cada año sólo es inflexible en una cosa: reservarse la mañana temprano para liderar una salida a nado, para grandes y chicos, un poco mar adentro. “Te dicen que quieren traer desde barras de cerveza para poner en la playa hasta bungee jumping, camas elásticas. De todo. Pero a veces te ofrecen cosas que no tienen que ver con el perifl del balneario, como bandas de rock. En cambio, en otros paradores menos familiares y más dedicados a adolescentes y posadolescentes, como Las Almas, las bandas, literalmente, la rockean y arman el after beach, tiempo entre el fin de la tarde, la cena y la previa de la salida al boliche. No importan edades, modas o preferencias: “Novedades y actividades siempre tenés que tener: la gente te lo exige”, acota Fernández.

Claro que en ocasiones, como en la Playa Deportiva municipal, la programación es fruto de un instinto que se pone en juego casi día a día, porque, explica Churrupit, “como no tenemos ya turismo de todo el mes sino de semana a semana, vamos viendo”. Las decisiones, sin ser científicas, ponen en juego un ajedrez: “Tenemos que ver la cantidad de gente, la calidad, qué preferencias tienen, según eso vamos programando, le ponemos más entusiasmo a una cosa o a otra”.

En otra época, antes de las disposiciones que obligaron a derrumbar las construcciones de cemento en la playa para reemplazarlas por los paradores de madera en sintonía con la rambla, el Club Fredda tenía una oferta que resultaba curiosamente irresistible para el público playero: una pileta a metros del mar. “Yo no creía que funcionara –recuerda Fressone–, pero era venir para ver que la misma gente que alquilaba las carpas prefería meterse a la pileta. Estaba siempre llena, eh. Todos ahí metidos. Todavía hoy algunos, que se ve que no vienen hace años, llaman y preguntan ‘¿todavía tienen pileta?’.”

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