DEPORTES › OPINION

Sobre la pena máxima

 Por Juan Sasturain

Hace poco más de un año, hace tanto tiempo en realidad que parecen décadas, Huracán jugó, peleando por el ascenso, como casi siempre, un día de entresemana –era el martes 16 de mayo de 2006–, contra San Martín de San Juan en la capital sarmientina. Era el partido de ida por el Reducido de la B Nacional y el Globo perdió 3 a 2. El sábado 20 fue el de vuelta en Parque Patricios y esa vez Huracán ganó 3-0 y pasó. Después jugó la final del Reducido con Chacarita, se ilusionó un poco más. Y finalmente se quedó ahí, casi en la puerta, como le ha venido sucediendo en los últimos años hasta ahora, que vuelve a buscar el ascenso, que va a San Juan otra vez, que juega hoy de nuevo con San Martín, pero ya en instancias de definición y le alcanza con el empate para subir. Es una historia repetida. Tal vez esta vez se le dé.

Mi amigo Luis –nos conocemos desde hace treinta años y es bastante más chico que yo– está casado con Mabel y viven en Villa Celina. Son dos muy lindas y buenas personas. El sigue a Huracán y supongo que estará pendiente del resultado de hoy. Ella, no sé. Lo que sí sé es que si todos los días son complicados de vivir para ellos desde hace un año largo ya, el de hoy va a ser más difícil que de costumbre. Por todo lo que se vuelve a poner ahí adelante, por todo lo que no tiene remedio ni consuelo. Después de que terminó el partido de aquel martes 16 de mayo de 2006 en San Juan –hace poco más de un año apenas, mucho más en los días lentos e interminables–, los hinchas del Globo que habían ido a acompañar al equipo pegaron la vuelta. San Juan queda lejos de Buenos Aires, hay que atravesar el país entero de Oeste a Este. Y si uno quiere volver sin perder el tiempo que sólo vale –parece– para uno, si uno es un laburante precarizado sostenido por el fervor y las ganas personales y poco más, si uno trabaja fuera de toda regla y protección de cualquier tipo, entonces hay que meterle pata suicida por esas largas rutas adormecedoras, cruzar las soledades de esa travesía que ya describió y contó Sarmiento en el Facundo, escenarios para la epopeya o el espanto.

Según testigos, según el parte policial, eran las cuatro y media de la mañana del miércoles 17 cuando en el Peugeot 405, que venía muy fuerte por la Ruta 7, el conductor se durmió, perdió el control, se cruzó de contramano y terminó estrellándose contra un árbol a la altura del kilómetro 697, entre Villa Mercedes y la capital de San Luis. Eran cuatro hombres. Tres, los mayores, murieron en el acto. El más joven fue llevado en grave estado al Policlínico Juan Domingo Perón de Villa Mercedes y murió allí poco después del mediodía sin que sus padres, advertidos, pudiesen acompañarlo. Los cuatro hombres eran periodistas de A puro Globo, un programa futbolero partidario de la FM Patricios 95.5, y se llamaban Carlos “Charly” Fernández, el relator, “La Voz del Globo”, de 43 años; Walter Ariel González, de 42; Carlos Alberto Sigüenza, de 59, y Miguel Facundo Durán, de 27, el que hacía entrenamientos, el que hacía vestuarios, el hijo de mi amigo Luis.

Si uno, con estos pocos datos, se mete en Internet o se mete en el barrio, encontrará algunas precisiones más sobre todos ellos, los cuatro periodistas radiales que hace un año y pico, tras un partido como el que se va a jugar hoy en San Juan, no volvieron a soplar el humito solidario de la Quema: sufrieron en colores propios el martes en la cancha, cayeron ese miércoles helado a la orilla de la ruta y fueron velados aquel jueves en la sede del Globo. Y se acabó. ¿Se acabó? No. Hubo homenajes y negligencias, afecto sincero y desprolijidades inadmisibles. Todavía hoy –y hasta cuándo– los padres siguen buscando respuestas, algún gesto o sanción o reparación por el hijo escamoteado.

Yo no voy a hacer el elogio de la clase de pibe que era Miguel Durán. Los amigos, los que lo conocían más o apenas, esos padres devastados por la pena, el hermano, la novia, todos saben quién y cómo era el pibe. Y no hay consuelo. Y no hay cómo consolar. Precisamente de eso se trata, de esta pena máxima que se ha apoderado de mi amigo y que sólo podemos contemplar con estúpida impotencia, gestos sinceros y tontos, culposas evasivas.

Que hoy gane el Globo, si le toca ganar. O no, si no le toca. Pero que afloje el dolor, que mi amigo pueda descansar, que al volver sobre el recuerdo de lo inevitable encuentre cómo estar en paz. Nadie merece esa pena.

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